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| 1/18/2014 1:00:00 AM

Robert Gates no resultó tan 'amigo' de Obama

El secretario de Defensa de Bush y de Obama, causa sensación con sus memorias por la forma descarnada como critica a sus antiguos jefes.

Robert Gates ha sido uno de los cuatro secretarios de Defensa que más tiempo ha durado en ese cargo en la historia de Estados Unidos. Ocupó esa silla tanto en el gobierno de George W. Bush como en el de Barack Obama, quien para sorpresa de muchos decidió no cambiarlo cuando llegó a la Presidencia. En esa posición le correspondió manejar las guerras de Irak y de Afganistán. Y antes había supervisado otras tantas guerras con ocho presidentes de Estados Unidos. Entró a la Casa Blanca en el gobierno de Richard Nixon en el equipo del entonces Consejero de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, y luego fue el director de la CIA de Ronald Reagan y George H. Bush. Gates siempre se había caracterizado como un burócrata competente, discreto y leal. Por eso fue recibido como una bomba su libro Duty: Memoirs of a Secretary at War (Servicio: memorias de un secretario en guerra) publicado la semana pasada y del que no se deja de hablar en Washington.

“Yo no disfrutaba ser el secretario de Defensa… la gente no tiene idea de lo mucho que yo detesto este trabajo”, confiesa Gates en sus memorias. El exsecretario de Defensa tenía razones para hacer esa afirmación. Estas son la nuez de sus críticas a la Casa Blanca y especialmente a su último jefe: el presidente Barack Obama. “A pesar de que todo el mundo era amable conmigo, ver que nada era consecuente era terriblemente difícil. No solo tuve que hacer la guerra en Afganistán e Irak y contra Al Qaeda; también tuve que luchar contra la inercia burocrática del Pentágono… y resistir la atracción magnética ejercida por la Casa Blanca, especialmente en la administración Obama, de tener todo bajo control y microgestión”.

Gates acusa a Obama de no creer en la guerra que estaban luchando. “El presidente simplemente quería acabar la ‘mala’ guerra en Irak y limitar el rol de Estados Unidos a la ‘buena’ guerra en Afganistán”, dice en el libro. Afirma que a pesar de que envió 30.000 soldados estadounidenses a este último país, no confiaba en sus jefes militares allí, dudaba de la estrategia que estaban realizando y, como nunca consideró que esa guerra fuera suya, “su única preocupación era salirse”.

Gates –que trabajó tanto con Bush, quien empezó esa guerra, como con Obama, quien quiso terminarla– hace un paralelo interesante entre ambos presidentes. “Es difícil imaginar dos hombres más diferentes que George W. Bush y Barack Obama. Evidentemente tuve menos problemas con Bush”. Para él, mientras el primero tomó las grandes decisiones de seguridad mundial en los dos últimos años de su gobierno, el segundo era un “nuevo presidente, inexperto, decidido a cambiar el rumbo e igualmente decidido desde el primer día a ganar la reelección”. Ese afán por mantener su popularidad para ser reelegido es el otro talón de Aquiles que le señala Gates al actual presidente de Estados Unidos. En sus memorias critica que Obama tomaba decisiones pensando en tener réditos políticos y no en el éxito de la política de seguridad.

Otro elemento que ha levantado ampolla es la forma como Gates destroza al vicepresidente Joe Biden. “Se equivocó en todos los temas importantes de política exterior y seguridad nacional en las últimas cuatro décadas”, dice en el libro. Biden se opuso como senador a la intervención en Vietnam del Sur, estuvo en desacuerdo con casi todas las políticas de defensa y estrategias adoptadas por el presidente Ronald Reagan frente a la Unión Soviética y durante la Presidencia de George H. Bush se opuso a la primera guerra del Golfo. En una entrevista con el Sunday Morning, Gates aseguró que Biden estaba siempre tan equivocado que lo hacía dudar de sus decisiones cuando coincidía con él. Agregó que si bien durante el gobierno Obama estuvieron de acuerdo con el manejo de la caída de Mubarak en Egipto y se opusieron a una posible intervención de los Estados Unidos en Libia, en la guerra de Afganistán siempre tuvieron profundos desacuerdos.

De inmediato, la Casa Blanca emitió un comunicado en el que asegura que el vicepresidente es “uno de los estadistas más importantes de su generación”. Aunque en posteriores entrevistas Gates ha matizado lo que dijo sobre Obama, respecto a sus opiniones sobre Biden se ha ratificado. “Él alimentaba las sospechas del presidente sobre los militares”, dijo Gates en una entrevista a la cadena pública radial NPR.

La secretaria de Estado, Hillary Clinton, tampoco se salva del escrutinio de Gates. Este afirma que Clinton se opuso cuando era senadora en 2007 a un aumento de las fuerzas militares contra Irak por razones políticas y no por convicción. Para Gates, ella tomó esa posición pues sabía que el año siguiente se enfrentaría en las elecciones primarias con Barack Obama. Finalmente, los demócratas eligieron a Obama para ser su candidato presidencial.

Pero quizá lo que más irritaba a Gates no eran el presidente ni su cúpula, sino los arrogantes funcionarios de la Casa Blanca que, según él, no solo eran los reyes de la microgestión sino que pretendían saber más que los generales. “La Casa Blanca de Obama es de lejos la más centralizada y controladora en seguridad nacional de todas las que he visto desde que Richard Nixon y Henry Kissinger llevaban el timón”, asegura en sus memorias. “Una parte de esos jóvenes que ocupan cargos relevantes en la Casa Blanca y en el Consejo de Seguridad Nacional estaba en la universidad, o incluso en el liceo, cuando yo era director de la CIA a principios de los años noventa”, dijo Gates en una entrevista radial hace unos días.

Lo que más se le critica es haber roto una tradición según la cual las memorias de los funcionarios no se publican hasta que el presidente de turno esté por fuera de la Presidencia. La Casa Blanca de Obama, para no acusar el golpe abiertamente, se ha abstenido de criticar a Gates y se ha limitado a decir que todo el mundo tiene derecho a publicar lo que quiera y cuando quiera. Pero esa prudencia no cambia el hecho de que por todas partes haya no solo mucha sorpresa sino mucha indignación. Los críticos agudos señalan que había una frase del libro del exsecretario de Defensa que él debió seguir y no lo hizo: “Una de las máximas que he aplicado en mi vida es la de que uno no debe nunca perder la oportunidad de quedarse callado”.
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