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| 8/21/2016 12:00:00 AM

Rusia y Ucrania: en zona roja

Las tensiones vuelven en Crimea y en la frontera entre Ucrania y Rusia, a dos años del estallido del conflicto armado que colocó al mundo al borde de un nuevo y grave enfrentamiento entre Rusia y Occidente.

Acomienzos de agosto, el Kremlin acusó a Kiev de enviar grupos terroristas de sabotaje a la península de Crimea, hecho que habría costado la vida de dos militares rusos. El gobierno ucraniano de Petro Poroshenko, quien rechazó las acusaciones, declaró la alerta máxima de las tropas en la frontera de Crimea y de las provincias rebeldes prorrusas de Donetsk y Lugansk.

A pesar de los dos años transcurridos desde que Crimea se reincorporó a Rusia y de la guerra que se desató en el oriente de Ucrania, el país sigue viviendo una constante tensión, con incidentes y muertos entre las fuerzas prorrusas y ucranianas. Según distintos informes, más de 9.000 personas habrían perecido en los dos últimos años.

En marzo de 2014, tras la destitución del presidente ucraniano prorruso Víctor Yanukovich, y las amenazas armadas de Moscú contra la incorporación del país a la Unión Europea, Crimea decidió en un referéndum separarse de facto de Ucrania y reincorporarse a la Federación Rusa. A renglón seguido, las regiones ucranianas de Donetsk y Lugansk, de mayoría prorrusa, aprobaron su independencia con el beneplácito del Kremlin.

Poroshenko decidió impedirlo apelando a batallones paramilitares de derecha que reivindicaban a los líderes nacionalistas pronazis de la Segunda Guerra Mundial. Durante meses, los tranquilos pueblos de girasoles y de minas de carbón del oriente ucraniano fueron reducidos a escombros, así como modernos aeropuertos y estadios, dejando a cientos de miles de personas sin casa, sin luz ni agua, entre las bombas de una nueva guerra.

El conflicto se frenó gracias a los acuerdos de Minsk I y II, en 2014 y 2015, en los cuales Rusia, Ucrania, Francia y Alemania adoptaron una serie de medidas que reconocían la autonomía de las regiones prorrusas y la integridad de Ucrania. Si bien los acuerdos lograron evitar una guerra frontal entre los dos países, dejaron una situación congelada, una tierra de nadie donde la tensión está siempre en el aire.

Al día de hoy, los acuerdos están estancados. El clavo en el zapato es el reconocimiento de los gobiernos autónomos de la República Popular de Donetsk y la República Popular de Lugansk. El gobierno de Ucrania insiste en restablecer primero el control de la frontera con Rusia e imponer sus tropas en ese lugar, mientras que las repúblicas esperan que Kiev reconozca primero su autonomía, pues temen quedar cercadas militarmente antes de que se llegue a un acuerdo político.

“El resultado de los acuerdos de Minsk, según los cuales Ucrania deberá aceptar la autonomía de Lugansk y Donetsk, aunque sea en el estado de destrucción en el que se encuentran, es algo que ni la sociedad ucraniana ni sus políticos quieren”, señaló a SEMANA Alexandr Baunov, del Centro Carnegie de Moscú. El mismo presidente Poroshenko reconoció hace pocos días que no podía cumplir los acuerdos de Minsk porque el Parlamento ucraniano, la Rada, no se lo permitía.

Si los acuerdos de Minsk fracasan, se abre un amplio espacio de posibilidades e incertidumbres, como la proclamación de la independencia de Lugansk y Donetsk, y el reconocimiento de estas nuevas repúblicas por Rusia, paso que hasta ahora nunca se ha dado. “Si antes Rusia consideraba que los acuerdos de Minsk eran la salida, ahora da a entender que, si no se cumplen, esto le dará derecho a buscar otro plan alternativo”, analiza Baunov.

“La situación de las relaciones ucraniano – rusas ha ingresado en un nuevo y peligroso nivel”, dijo a SEMANA Mijail Pogrebinsky, experto analista ucraniano. “Yo no espero que se reanimen las conversaciones del ‘formato normando’ (Rusia, Ucrania, Alemania y Francia), porque Rusia solo está interesada en que se cumplan los acuerdos de Minsk, aunque por ahora no parece posible”, agregó.

Así las cosas, las variantes son las de un largo conflicto congelado en el tiempo, como el de Chipre, donde la disputa entre las comunidades turca y griega lleva medio siglo, o el de Nagorno Karabaj, el enclave de minoría armenia en Azerbaiyán, que estalló en 1989 y sigue sin resolver. O una guerra abierta, un escenario que significaría un nuevo peligro para la paz mundial.

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