Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1987/01/05 00:00

SACANDO PATA

Después de la semana más difícil de su administración, Reagan trata de recuperar la confianza perdida

SACANDO PATA

La semana había terminado mal. Antes de irse a disfrutar de la fiesta de Acción de Gracias en su rancho en Santa Bárbara, California, el presidente Reagan había con cedido una entrevista a la revista Time que, lejos de calmar los ánimos inquietos de la opinión pública norteamericana, pareció revolverlos aún más.
En ella, el Presidente no sólo se reafirmó en cuanto había hecho sino que además tuvo la osadía de culpar a la prensa norteamericana por haberlo descubierto. "La prensa tiene que hacerse responsable por lo que ha hecho (...) Yo les dije cuando esto empezó que había gran cantidad de preguntas que no podía responder, que no lo arruinaran todo", dijo, queriendo dejar caer sobre ella todo el peso de su fracaso al no lograr la liberación de más rehenes en el Libano, aun cuando había asegurado en un comienzo que no se trataba de ninguna manera de un trato de armas por rehenes.
Las encuestas reflejaron inmediatamente el creciente descontento por la actitud del Presidente. En el mayor descenso de popularidad registrado por mandatario alguno en la historia, la cadena de televisión CBS y el New York Times pusieron en boca de su público las consecuencias de la osadía presidencial. Del 67% hace apenas un mes, la aceptación del Presidente habia descendido al 46%.
Pero Reagan podía ser un Presidente maltratado, pero no vencido.
Y haciendo gala una vez más de la habilidad que lo ha caracterizado siempre, pareció entender el mensaje que por todos los medios -la opinión, el Congreso, sus asesores, la misma prensa- le estaba llegando: había que cambiar de actitud.
¿NO MAS IRANGATE?
Al hacerlo, había ante todo que desvirtuar todo tipo de semejanza con el tristemente célebre Watergate, tan recordado en todos los círculos en los ultimos días. Y para ello, qué mejor que, antes de que las cosas se tornaran peor, acceder al nombramiento de un investigador especial y dar con ello una imagen que jamás logró Nixon: la de que la administración misma está interesada en descubrir hasta el último de los hechos. Y, para completar el cuadro, nombrar al frente del controvertido Consejo de Seguridad Nacional a un hombre que por sus reconocidos méritos tuviera por sí mismo la capacidad de generar un hálito de confianza en todos los medios, como Frank Carlucci.
A diferencia de Nixon, de quien los norteamericanos pensaron siempre que era la clase de hombre incapaz de convencer a alguien de comprar un carro usado, Reagan sigue teniendo a su favor la gran imagen de comunicador que no gratuitamente se ha ganado a través de seis años de utilizar su increíble habilidad para convencer a la gente de su sinceridad. Y en esta oportunidad, sincera o no, lo cierto es que la actitud de la administración parecía al fin de la semana estar dando sus primeros resultados. "Ronald Reagan ha empezado a actuar otra vez como Presidente", editorializó el crítico New York Times. "Reagan ha cambiado de tono", añadió el no menos crítico columnista James Reston.
LOS CAMBIOS
El martes, en una nueva alocución presidencial, Reagan buscó encantar de nuevo a su público. "Entiendo -dijo- que muchas de estas cosas sean difíciles de comprender. Pero ustedes tienen el derecho a obtener respuestas a sus preguntas". Y acto seguido, anunció su decisión de apoyar al procurador general Edwin Meese en su solicitud a la Corte Suprema de nombrar una comisión especial independiente para que investigue el caso.
"Todos los hechos concernientes a Irán y la transferencia de fondos para ayudar a las fuerzas antisandinistas serán hechos públicos muy pronto. Entonces el pueblo norteamericano, ustedes, serán los árbitros finales de esta controversia", añadió, para finalizar con el anuncio del nombramiento de Carlucci en el Consejo Nacional de Seguridad.
Minutos más tarde, el procurador general dio una rueda de prensa en Washington en la que reiteró las intenciones de Reagan: "El Presidente desea que el público pueda estar seguro de que todos los hechos en este caso serán investigados y se actuará consecuentemente con los resultados". Las investigaciones realizadas hasta entonces, según Meese, indicaban una eventual violación de las leyes federales y por tanto, lo más conveniente era solicitar el nombramiento de una comisión especial, independiente de las comisiones del Congreso para la investigación.
No obstante, aseguró el procurador, el Presidente "cooperará en todo con el Congreso y las investigaciones que allí se realisen", queriendo con ello establecer una vez más la diferencia entre la actitud de Reagan y la de Nixon, quien en su momento fuera visto como el principal obstaculizador de las pesquisas del Congreso.
EL ABIERTO CARLUCCI
Si la actitud por lo menos convincente del Presidente fue bien recibida en los círculos políticos, no lo fue menos el nombramiento de Frank Carlucci. Ex director adjunto de la CIA durante la administración Carter y cabeza del Departamento de Defensa al inicio de la administración Reagan, además de los cargos que tuvo en los tiempos de Nixon, Carlucci reúne dos cualidades que nadie le atribuía a su antecesor, el vicealmirante John Poindexter: una gran habilidad política y la aquiescencia tanto de republicanos como de demócratas, valor de vital importancia en momentos de turbulencia política como el actual.
"Entiende el proceso político y sabe trabajar en el Congreso", dijo de él el almirante Stansfield Turner, ex director de la CIA y antiguo jefe de Carlucci. Además, es conocido por su independencia aun frente a figuras como el ex secretario de Estado Henry Kissinger y el mismo presidente Reagan, a quienes se enfrentó en anteriores oportunidades defendiendo sus propios puntos de vista, actitud que ni la opinión pública ni los políticos parecen haber olvidado.
Con él, y con la prohibición pública de toda operación militar, diplomática o de inteligencia que pueda ser considerada "delicada", Reagan aspira a recuperar la maltratada credibilidad en su administración y ante todo en sus inmediatos asesores.
LOS PEROS
No obstante los innegables esfuerzos del Presidente, desandar lo mal andado no parece tarea fácil. Durante la semana, los rumores sobre la estrecha relación de Reagan con el destituido coronel North se acrecentaron. No sólo North insistió en que el secretario general de la Presidencia Donald Regan estaba enterado de sus movimientos, sino que además otras fuentes como un grupo de metodistas ante quienes North pronunció una conferencia a comienzos del año, aseguraron que el controvertido coronel les había dicho que venía de Beirut de cumplir para el Presidente con una misión especial concerniente a la liberación de los rehenes en el Líbano. Un oficial de la Casa Blanca aseguró también al New YorK Times sobre las relaciones entre North y el Presidente que "hablaban con frecuencia e incluso le ayudaba (a Reagan) en algunos de sus discursos. Ollie era muy cercano al Presidente... Reagan lo veía como a un hijo". Apreciación que así no sea totalmente acertada, no le hace ningún bien a la ya bien fundamentada duda acerca del conocimiento que tenía el Presidente de la desviación de dinero a los "contras".
Y tampoco le hace bien a otros miembros de su gabinete como Donald T. Regan cuya renuncia, junto con la del director de la CIA, William Casey, ha sido pedida por los distintos medios en todos los tonos.
Tanto Regan como Casey son vistos como los más pesados lastres de la administración, con cuya presencia no será posible lograr restablecer la credibilidad ni la confianza del público. Para la mayoría sigue resultando a todas luces imposible de creer que Regan no supiera nada de lo que sucedía, cuando si por algo lo han caracterizado siempre es precisamenie por seguir de cerca todos y cada uno de los pasos de cuanto pasa en la Casa Blanca.
En cuanto a Casey, a pesar de la declaración poco usual dada a conocer por el vocero oficial de la CIA a mediados de la semana, negando toda participación de la agencia en el traspaso del dinero a los "contras" y en el manejo de fondos "para cualquier otra acción encubierta", en el Washington Post investigadores del Congreso aseguraron haber encontrado que una cuenta abierta por la CIA sirvió no sólo para financiar a los "contras", sino también para dar dinero a los rebeldes afganos y a los de Angola.
Otro aspecto que parecía dificultar la mencionada intención del Presidente de colaborar al máximo con la investigación, era la negativa tanto de North como de Poindexter a declarar ante las comisiones especiales del Congreso, invocando para ello la 5a Enmienda según la cual un funcionario público puede callar si considera que su testimonio puede incriminarlo.
Reagan ha dicho que están en su derecho, en lo cual nadie puede contradecirlo, pero aun así, el que los dos principales testigos y, según el gobierno, únicos culpables en el caso se nieguen a declarar, da por el traste con las tan publicitadas pretensiones del Presidente de dar a conocer en un corto tiempo todos los hechos.
Aunque el Congreso puede obtener una orden de la Corte para obligarlos a declarar, sólo podrá hacerlo cuando hayan suficientes pruebas para incriminarlos formalmente, y sin declaraciones es difícil obtener dichas pruebas, o por lo menos tomará mucho más tiempo. Mientras tanto, los abogados de Poindexter y North intentarán conseguir un trato: testimonios a cambio de inmunidad. Si lo logran, muy posiblemente quienes saldrán más perjudicados serán precisamente quienes hasta ahora han permanecido intocables legalmente: el propio Presidente y los asesores que aún lo acompañan, incluidos Regan, Casey y nadie sabe exactamente cuántos más.

LA REAPARICION DE BUSH
De todos los miembros de la administración, quien ha aparecido hasta ahora como el más lejano a los hechos ha sido sin duda el vicepresidente George Bush, quien hábilmente decidió desde un comienzo mantenerse aislado de la controversia. Con claras pretensiones presidenciales para 1988, Bush había permanecido en silencio hasta ahora, a pesar de los vínculos evidentes con ciertas figuras oscuras cuya relación con el apoyo encubierto a los "contras" ya se ha hecho evidente, como Félix Rodríguez, más conocido como Max Gómez, envuelto en el caso del piloto Eugene Hasenfus capturado en Nicaragua en octubre (ver SEMANA N° 234).
El miércoles pasado, Bush decidió sin embargo, romper su silencio y en una conferencia en Washington no sólo negó tener conocimiento de todo el asunto, sino que además reconoció que "claramente se cometieron errores" que han afectado la credibilidad de la administración, contradiciendo las apreciaciones del Presidente, quien continúa pensando que "no fue un error", tal como lo reiterara en la controvertida entrevista a Time.
Aunque no es la primera vez que el Presidente cae en contradicciones con los demás miembros de su administración (ver recuadro), las declaraciones de Bush fueron interpretadas en los círculos políticos como una muestra fehaciente de la clara intención del antiguo compañero de fórmula de Reagan de distanciarse de él tratando de no salir untado en el embrollo. El que lo logre o no, está por verse, pero aun así su actitud indiscutiblemente no es la más beneficiosa para los intereses actuales del Presidente.
Aun con el evidente cambio de tono en la Casa Blanca, el sentimiento general es que quedan todavía mucha tela y tal vez también muchas cabezas por cortar en este asunto. Y que mientras la administración logra salir de él, si es que sale, al Presidente Reagan le quedará prácticamente imposible continuar gobernando, a pesar de que, tal como lo dijera a Time, es evidente que aún le "quedan muchas cosas por hacer".
POR QUIEN MIENTE LA ADMINISTRACION
Desde que se conocieron las primeras revelaciones sobre el escándalo del Irangate tanto el presidente Reagan como sus asesores más cercanos han incurrido en sistemáticas contradicciones que han causado la mayor crisis de credibilidad de la administración en sus seis años. Estas son algunas de las más notorias:
- Sobre los rumores del viaje del ex asesor de Seguridad Robert McFarlane a Irán:
Presidente Reagan. Nov. 6: "No tienen fundamento".
- Sobre el envío de armas a Irán:
Larry Speakes, vocero de la Casa Blanca. Nov. 4: "Mientras Irán continúe usando el terrorismo el embargo de los Estados Unidos continuará ".
Presidente Reagan. Nov. 13: "No cambiamos armas por rehenes".
Donald T. Regan secretario general de la Casa Blanca. Nov. 14: la administración buscaba "un trato" (signiticando armas por rehenes).
- Sobre la política terrorista de Irán:
Larry Speakes. Nov. 4: "No ha habido manifestación de cambio alguno"
Presidente Regan. Nov. 13: " No ha habido evidencia de complicidad del gobierno iraní en actos de terrorismo contra los Estados Unidos" en 18 meses.
George Shultz, secretario de Estado. Nov 17: "Irán continúa con su política terrorista"
- Sobre la participación en otros países:
Robert McFarlane. Nov. 16: "Ni un tornillo norteamericano salió de los Estados Unidos rumbo a Irán en 1985" (refiriéndose al embarque de armas enviado por Israel en septiembre de este año)
Larry Speakes. Nov 17: el Presidenye ha desanimado a "todos los países", incluyendo Israel, de enviar armas a Irán.
Presidente Regan. Nov. 19: "No hemos condonado el envío de armas de otros países"
Presidente Regan. Nov 19, veinte minutos más tarde: "Hubo un tercer país envuelto en nuestro proyecto secreto a Irán"
Edwin Meese, procurador general. Nov 25: Estados Unidos condonó el embarque de armas de Israel en septiembre de 1985, cuando McFarlane era asesor de Seguridad Nacional.
- Sobre la participación del secretario de Estado, George Shultz:
Charles Redman, vocero del Departamento de Estado, en varias ocasiones: Shultz no fue informado sino "esporádicamente", no estuvo "directamente involucrado"
Robert McFarlane. Nov. 20: "Le he informado al Secretario de Estado repetida y frecuentemente sobre cada asunto"
George Shultz. Nov. 21: "Tomé parte de dos 'discusiones a gran escala', pero recibí solo información 'fragmentaria' sobre el envío de armas a Irán y me opuse"
- Sobre la participación del procurador general Edwin Meese:
Larry Speakes, en repetidas ocasiones entre Nov. 12 y Nov. 24: el procurador Meese dio "asistencia legal a los tratos con Irán desde el comienzo", a mediados de 1985.
Edwin Meese. Nov. 25: "Mi asesoría no fue más allá de 'concordar rutinariamente' con el decreto firmado por el Presidente el 17 de enero" (sobre excepciones al embargo contra Irán).
- Sobre el coronel Oliver North:
Presidente Regan. Nov. 25: su participación en el desvío de dinero a los "contras" "da lugar a un serio cuestionamiento sobre su conducta"
Presidente Regan. Nov. 26, en entrevista a Time: "Es un héroe nacional"
- Sobre el origen de la idea:
Presidente Regan. Nov. 14 y Nov. 26: "Los iraníes fueron los de la idea"
Almirante Poindexter. NOv. 14: "No fue idea de los iraníes, sino de un tercer país"
- SObre la actuación de la administración:
Presidente Regan. Nov. 13 y Nov. 26: "No creo haber cometido ningún error"
Vicepresidente George Bush. Dic. 3: "Claramente se cometieron errores".

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