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| 9/24/2004 12:00:00 AM

Saddam en su celda

El dictador iraquí siembra flores, come raciones militares y anda en chanclas de plástico. El humilde final de un megalómano asesino.

Los hábitos de Saddam Husseim han cambiado a la fuerza. Ya no se dedica a perseguir y torturar a miles de opositores, sino que lee libros que hablan del pasado glorioso de los árabes y cuida las plantas del pequeño jardín al que tiene acceso. No tiene a su lado a los antiguos colaboradores que hacían realidad todos sus caprichos -muchos de ellos lo maldicen y han aceptado cooperar en los interrogatorios- ya que está en confinamiento solitario, para evitar que trate de intimidarlos. Tal vez la única similitud con su vida pasada es que vive en la zona de palacios que él mandó construir, pero ya no ejerce de rey todopoderoso.

Saddam y sus ex secuaces están confinados en un campo fortificado con medidas extremas de seguridad. Camp Cropper -como se le llama- está construido dentro de un gran complejo conocido como Camp Victoria, que incluye una serie de palacios y lagos, y que en su momento fue uno de los grandes orgullos de Husseim. Camp Crooper está detrás de unos altísimos muros cubiertos con alambre de púas, que en su parte inferior tienen unas torres de vigilancia desde las que patrullan decenas de soldados armados.

En la celda de tres por cuatro metros, Saddam sólo tiene una cama plegable, un escritorio, una silla de plástico y una biblioteca con 170 libros que le consiguió el comité de la Cruz Roja Internacional, y cuenta con un dispositivo de aire acondicionado.

A pesar de esta vida tan espartana, la estancia de Saddam en prisión ha sido menos indignante que la de sus ex compañeros, quienes tuvieron que cavar sus letrinas, entre otras cosas. Pero a diferencia de los otros, Husseim tiene que estar solo todo el tiempo. Según le contó al The New York Times un oficial que tiene acceso al ex dictador, este se ha vuelto un gran aficionado a la jardinería. Ha sembrado muchas plantas en el jardín aledaño a su celda -tiene tres horas diarias para estar en el exterior- y las ha protegido con piedras que ha pintado de blanco.

"Es irónico. Este es uno de los hombres que ha cometido uno de los mayores actos de 'ecocidio' de la historia: secó los pantanos del sur de Irak, usó armas químicas contra 250 aldeas kurdas y embarcó una plantación entera de palmas para los líderes charlatanes del mundo árabe... Y ahora es jardinero", dijo el ministro de derechos humanos de Irak, Bakhtiar Amin, a NYT.

Los otros presos, entre los que se encuentran los integrantes de la famosa baraja, al menos tienen la posibilidad de compartir su tiempo: juegan ajedrez, póquer, backgamon y dominó. Y entre ellos se siguen llamando con sus antiguos cargos: "Señor ministro de..., señor ministro de tal". Al igual que Saddam, han rechazado tener sesiones sicológicas con especialistas estadounidenses, aunque muchos de ellos han estado deprimidos por no poder recibir la visita de sus familiares y, como el ex primer ministro Tariq Aziz, por la idea de llegar a ser condenados a la pena de muerte.

Un reciente reportaje del diario norteamericano The New York Times describe en detalle la rutina diaria del hombre cuya imagen, en estatuas no pocas veces ecuestres o en pinturas que lo mostraban como un héroe popular, estaba en todos los rincones de Irak. Del hombre que presidía virtualmente todos los actos públicos y privados del país y tenía el poder de decisión sobre la vida de millones.

Del hombre que durante los interrogatorios sigue proclamándose presidente legítimo de Irak. Niega haber cometido actos que su cargo como presidente no le autorizara -según dice- y no ha mostrado el menor arrepentimiento por los cientos de miles de personas que asesinó durante los 24 años de dictadura. En definitiva, sigue firme en sus convicciones.

Esto ha dificultado el trabajo de los investigadores cuya misión es preparar el juicio que debería comenzar en 2005 bajo los cargos de genocidio y crímenes contra la humanidad. Esto, si antes se logra preparar las pruebas y encontrar abogados iraquíes que estén dispuestos a defender a Husseim y al resto de acusados.

Para lograr que éste se lleve a cabo lo antes posible, el primer ministro interino de Irak, Ayad Allawi, ha presionado para que el tribunal especial creado para oír las acusaciones contra el régimen de Saddam trabaje rápido. Si esto se logra -algo que no creen los analistas internacionales-, el primer dirigente de alto nivel que sería juzgado sería 'Alí, el químico' -juicio que podría empezar a finales de este año- y luego le seguiría Saddam. Lo más posible es que ambos sean sentenciados con la pena de muerte.

Quienes lo han visto en los últimos meses dicen que ha perdido el interés por su aspecto físico y hasta ha cambiado sus gustos culinarios. Está más flaco, siempre lleva una dishaba árabe con unas sandalias de plástico y come los platos "listos para comer" de los soldados estadounidenses. Sólo en algunas ocasiones se antoja de algo relacionado con sus antiguos hábitos y pide muffins, galletas o cigarros.

No ve televisión, no lee periódicos y poco sabe de lo que ha pasado en Irak desde que hace nueve meses las tropas norteamericanas lo capturaron en un escondite subterráneo cerca de Tikrit, su ciudad natal. Sin embargo, el ministro de derechos humanos, Bakhtiar Amin, le contó al diario The New York Times que el ex dictador se puso muy molesto cuando supo que habían nombrado como presidente al líder suní Sheik Ghazi al-Yawar. " No lo puedo aceptar", dijo Saddam, según la versión de Amin.

"Él es un megalómano y sicótico. Nunca ha expresado ningún remordimiento por alguna de sus víctimas. Es un hombre sin conciencia. Es una bestia", concluyó el ministro.

En un par de ocasiones fue trasladado en un helicóptero Black Hawk a un hospital militar estadounidense en Bagdad, donde se le practicaron exámenes médicos. El grupo de doctores -norteamericanos e iraquíes- que lo atienden cree que Saddam podría estar desarrollando un cáncer de próstata, pero él se rehusó a que se le realizara una biopsia para saber cuál era su verdadero estado. "Él tiene tiempo. No hay un problema de salud que le evite asistir a su juicio," dijo a The New York Times uno de los médicos que lo trató.

Sin embargo, durante este chequeo los médicos también descubrieron que el ex dictador padecía una hernia y tenía problemas con uno de sus ojos. "Tal vez debí haber sido médico y no político", le dijo Saddam -según The New York Times- a uno de los médicos que lo atendió.

Es así como después de 24 años de imponer su criterio a punta de fuerza y balas, el hombre que en alguna ocasión atemorizó al mundo árabe es hoy un jardinero que se entretiene leyendo el Corán mientras espera a que llegue su juicio. "Mi preocupación es que Saddam se esté muriendo todos los días. Él está en prisión, está solo, ha perdido todo, no tiene poder, no tiene nada, y para él eso es peor que la muerte", dijo el primer ministro Ayad Allawi.
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