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| 12/15/1986 12:00:00 AM

SAMBA ELECTORAL

Las primeras elecciones generales en 26 años marcan el retorno total del Brasil a la democracia


Para el Brasil, ese verde país de la samba, el fútbol, la caipiriña, la feijoada, las garotas de Ipanema pero también de las fabelas, las elecciones de este 15 de noviembre constituyeron realmente la primera gran prueba electoral desde 1960. Sesenta y nueve millones de votantes eligieron los gobernadores de los 23 estados, 49 senadores (dos tercios del Senado), 487 diputados federales y 953 diputados estaduales entre más de 15 mil candidatos de 30 partidos políticos .

Ya en 1982 se habían elegido directamente los gobernadores, en 1984 los alcaldes de todo el país y en 1985 indirectamente al difunto presidente Tancredo Neves y a su sucesor José Sarney. Sin embargo, el Brasil no se había enfrentado después de 21 años de dictadura militar a un reto electoral semejante, no sólo por su magnitud sino por el significado político de sus resultados. Estas elecciones no solamente fueron una prueba de fuego para la fuerza política de Sarney sino que además, el nuevo Congreso será el encargado de redactar la reforma constitucional que deberá presentarse el año entrante.

Aunque al cierre de esta edición aún no se tenían datos precisos sobre los ganadores, se daba por descontado el triunfo del oficialista Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el cual se estimaba que contaría con unas 19 gobernaciones, 300 diputados y más de 30 senadores.

Después de un proceso que incluyó "campanas locas, promesas absurdas y candidatos extraños", tal como lo definió una revista brasilera, los resultados electorales dieron ante todo un enorme respaldo a la gestión del presidente Sarney, cuya llegada repentina al poder, tras la inesperada muerte de Neves, lo había colocado en una posición incierta frente a una opinión pública y unos sectores políticos que lo habían aceptado como compañero de fórmula del popular Neves, pero que jamás imaginaron que con ello le estaban entregando el poder en circunstancias tan difíciles para la nación. El Brasil no sólo salía entonces del letargo de la dictadura, sino que además enfrentaba una de las situaciones económicas más críticas de su historia, agobiado por el peso de una deuda externa de más de 100 mil millones de dólares, una inflación acumulada que en los últimos seis años había llegado al increíble monto del 15.864% y el fracaso rotundo de lo que se había denominado el "milagro brasilero", producto nefasto del auge de los modelos monetaristas.

No en vano se hablaba en aquella época de que se necesitaría ahí sí un verdadero milagro para que Sarney pudiera sobreaguar en las corrientes confusas de la Nova Republica que le legara Neves.

Pero Sarney, contradiciendo los pronósticos de los más pesimistas, al parecer logró el milagro. Proveniente del hoy prácticamente desintegrado Partido Democrático Social (PDS) que apoyaba a los militares, obtuvo el respaldo del PMDB y el Partido del Frente Liberal (PFL) que conformaron la alianza de gobierno y ha conseguido en los 18 meses de su gestión no sólo liberarse de la sombra de Neves sino además que se empiece a hablar nuevamente del renacer del Brasil.

Su estrategia del Plan cruzado, una combinación de control de precios y salarios, llamada así por la sustitución del antiguo cruzeiro por el cruzado, ha dado muestras de funcionar. El mercado se ha reactivado, la inflación se encuentra al parecer controlada, el desempleo en uno de sus niveles más bajos en décadas y se espera para el año un crecimiento del 8%. Las encuestas indican que un 80% de los brasileros aprueba la forma como Sarney ha gobernado y los resultados electorales dan pie para corroborarlo.

Esto no quiere decir, sin embargo que la crisis esté totalmente superada. Si bien el Plan cruzado contribuyó a controlar la inflación, creó también un exceso de demanda en el mercado y, por consiguiente, una escasez de productos que incluye desde ropa interior y grabadoras de videocasete hasta huevos y carne. La presión de la deuda externa cuyo servicio en los últimos cinco años ha sido de más de 45 mil millones de dólares, de los cuales sólo 10 mil millones han representado aporte al capital sigue siendo agobiadora y --según las palabras del propio Presidente-- "nuestros indicadores sociales están en niveles similares a los del Africa".

La pobreza de las fabelas del norte contrasta con la opulencia de los sectores más exclusivos de Río de Janeiro o de Sao Paulo y la promesa de una reforma agraria no ha sido hasta ahora sino eso, una promesa.

En el terreno político, si el triunfo del PMDB parece indiscutible, no por ello está ajeno de problemas. El PFL, el otro protagonista de la coalición de gobierno y que al fin y al cabo fuera el ganador con Neves de las elecciones del 85, no puede ver con buenos ojos su retroceso. En estados como Minas Gerais, Bahía y Pernambuco, los líderes de los dos sectores se enfrentaron prácticamente en una lucha sin cuartel que parecía más entre encarnizados enemigos políticos que entre dos partidos que están aliados en el poder. A pesar de que Sarney ha dicho repetidas veces que los resultados de las elecciones no incidirán en la acción del gobierno ni modificarán la integración del gabinete, los peemedebistas muy seguramente empezarán ha ejercer una mayor presión en las decisiones del gobierno y su presidente Ulysses Guimaraes tratará sin duda de lograr la aprobación dentro de la reforma constitucional de la reducción del mandato presidencial de seis años a cuatro. A los 70 años de edad, Guimaraes tiene prisa y unas elecciones presidenciales en 1988 serían posiblemente su última oportunidad para alcanzar la Primera Magistratura que anhela desde hace piempo.

Observadores políticos aseguran también que la fuerza del PMDB es más aparente que efectiva. "Es un partido que perdió el alma", dijo poco antes de las elecciones un periodista del Jornal do Brasil, diario de Rio de Janeiro. Se dice que es hoy un partido muy dividido y sus candidatos a gobernador, en muchos estados fueron conservadores, en algunos casos incluso provenientes del Partido Democrático Social (PDS), la agrupación enemiga del ayer, cuando respaldaba la dictadura militar. En realidad, si el Brasil logró salir adelante en esta prueba, ello no significa necesariamente que ya se encuentre al otro lado. El nivel que tuvieron muchos de los sectores políticos en el debate es clara muestra de la inmadurez política que aún aqueja a los brasileros. Las calumnias, las difamaciones, la fantasía y hasta la sordidez fueron la característica de un gran número de estrategias para atraer la atención de los electores. El Jornal do Brasil llegó a la conclusión después de una encuesta, de que si los candidatos hubieran sido condenados a las penas máximas por los principales crimenes de que sus contendores los acusaban, les corresponderían unos 157 años de cárcel. Los aspirantes se acusaron mutuamente de corrupción, peculado, violencia arbitraria, enriquecimiento ilícito, adulteración de documentos y hasta de violencia sexual. Dentro de las promesas electorales se escucharon cosas como el prometer novio para todas las "electoras quedadas", tarifas fijas para los servicios de travestis y prostitutas, exámenes mensuales de salud y la matanza de los caimanes para preservar al hombre. Entre los apelativos se utilizaron algunos como "el diputado del amor", "Roberván el galán" y "el hombre del sombrero", y las figuras incluyeron hasta a un imitador de la imagen de Charles Chaplin.

Pero si el proceso electoral permitía ciertas concesiones, el trabajo que se avecina para los elegidos, no. El Congreso tendrá que entrar a trabajar inmediatamente en la nueva Constitución y los diputados estaduales en las reformas requeridas para apropiar sus regiones a las nuevas exigencias de la sociedad y el Estado modernos. A Sarney, por su parte, le queda quizás el más duro reto: el demostrar, tal como lo dijo, que él será "el último Presidente de un Brasil subdesarrollado".~
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