Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1993/11/08 00:00

SANGRE Y ARENA

La muerte de 12 soldados estadounidenses en Somalia subraya el fracaso de la misión de la ONU en ese país.

SANGRE Y ARENA

LAS IMAGENES DE LOS SOLDADOS estadounidenses muertos en el sur de Mogadiscio, capital de Somalia, le dieron la vuelta al mundo con su mensaje de horror. Los cadáveres arrastrados por el suelo y los miembros humanos exhibidos como trofeos de caza, contrastaron violentamente con lo sucedido de unos meses atrás, cuando llegaron esas tropas al país con la misión de salvar de una muerte segura a muchos, tal vez a los mismos que participaron en esa fiesta de barbarie. Resultaba imposible concebir que se hubiera podido llegar a semejante extremo.
Pero mirado el asunto en perspectiva, es claro que la tragedia estaba anunciada. Cuando los primeros soldados de Estados Unidos pusieron sus botas en suelo somalí, la mayoría de los observadores del mundo señalaron que comenzaba una nueva era en las relaciones internacionales; una en la que la protección de los derechos humanos más elementales estaba por encima de las fronteras nacionales. Los niños y adultos a punto de morir de inanición justificaban cualquier esfuerzo, por proteger a las agencias de ayuda humanitaria de los pistoleros que asolaban al país.
Una minoría, sin embargo, señalaba el peligro que representaba concebir una misi6n humanitaria en forma de invasión militar, porque con hambruna y todo, en un país en plena guerra civil la presencia de tropas extranjeras podría estimular a las facciones en combate. Más aún, se decía que con el antecedente de Somalia el fantasma del imperialismo y el colonialismo adquiria nueva forma. ¿Cuándo y ante quién debería decidirse dónde intervenir? ¿Por qué países en situación similar a la de Somalia, como, por ejemplo, Liberia, no merecían tanta atención? Pero esas preguntas quedaron postergadas ante el éxito evidente del plan de alimentación, que salvó miles de vidas. La operación "Restablecer la Esperanza", lanzada por el presidente George Bush en las postrimerías de su gobierno fue, hasta entonces, un completo éxito.
Bill Clinton la heredó en un momento en que la situación parecía controlada. En mayo se retiraron buena parte de los efectivos de Estados Unidos, la operación quedó a cargo de los Cascos Azules de la Organización de Naciones Unidas (ONU), y las dudas parecieron disiparse. Pero a medida que avanzaba el año, comenzaron a materializarse los escenarios mas pesimistas. Aplicando la nueva doctrina del secretario general, Boutros Boutros-Ghali, de no sólo ser "mantenedores de la paz" ("peacekeepers") sino sus promotores ("peacemakers") los cascos azules se dieron a la tarea de desarmar a las facciones rivales, y en ese intento terminaron involucrados en una guerra civil que no entendían.
El problema comenzó en la localidad de Bardera, donde soldados de Estados Unidos se enfrentaron con guerrilleros al servicio del general Mohammad Farrah Aidid, uno de los hombres fuertes de la guerra civil que derrocó a Mohammed Siad Barre en 1991. Farrah Aidid, convencido de que el puesto de presidente le pertenece por derecho propio y no al autoproclamado Mohamed AliMahdi, se sentía el aliado natural de los extranjeros, pero percibió el ataque como una traición.
El siguiente capítulo comenzó el 5 de junio, cuando 24 cascos azules paquistaníes resultaron muertos en una emboscada perpetrada por hombres de Aidid. En ese momento, el director de la Unosom, misión de la ONU, el almirante estadounidense retirado Jonathan Howe, decidió perseguir a Aidid, quien entró en la clandestinidad desde el pasado 17 de junio.
Desde entonces, las cosas van de mal en peor. El general italiano Bruno Loi anunció su intención de desobedecer a los comandos de la Unosom, por disentir no sólo sobre sus métodos sino con la filosofía entera de la operación. Después de varios enfrentamientos, el 9 de septiembre, mientras intentaban rescatar a unos paquistaníes, helicópteros Cobra causaron la muerte a más de 100 personas, muchas de ellas mujeres y niños.
Los pilotos dijeron que los combatientes somalíes se escudaban con los civiles, y que estos atacaban a los paquistaníes con armas ligeras. Pero desde ese momento la guerra era total.
Hoy en día las imágenes de los militares estadounidenses muertos la semana pasada en Mogadiscio han causado una conmoción sin igual en el Congreso de Estados Unidos. Clinton, temeroso de que el prestigio de su país quede afectado, ha anunciado que duplicará sus fuerzas en Somalia, pero con el compromiso de retirarse antes de seis meses.
No obstante el daño está hecho. La Casa Blanca ahora insiste en que la responsabilidad es de la ONU, porque la Unosom se dedicó a perseguir a Aidid antes que buscar una solución política. Pero no menciona el hecho sospechoso de que quien lanzó esa persecución fue precisamente Howe, a quien otros miembros de la misión señalan como un verdadero Rambo.
El caso de Somalia se ha convertido en la mayor prueba de que la concepción intervencionista de cómo resolver los problemas del Tercer Mundo no sólo es política y jurídicamente improcedente, sino la forma más dañina de agravarlos. Debe haber alguna aproximación mejor a las relaciones Norte-Sur, como unos términos de intercambio verdaderamente justos que impidan que se llegue a extremos tan inhumanos como la hambruna y la guerra. Pero eso está en el terreno de las ilusiones.

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