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| 2/26/1990 12:00:00 AM

SANGRE EN EL CAUCASO

En duda el futuro de Gorbachov tras la violenta represión militar en Azerbaiján.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo comenzó todo. Algunos hablan de que la chispa se prendió el pasado 14 de enero en Bakú, capital de Azerbaiján. Ese día se llevaba a cabo una manifestación del Frente Popular cuando uno de los oradores afirmó que un armenio acababa de golpear a dos azeries por un asunto relacionado con la tenencia de un apartamento. El anuncio sonó como una declaración de guerra. Pandillas de azeríes se desprendieron de inmediato de la multitud y comenzaron a recorrer las calles de la ciudad en busca de armenios para asesinarlos. Según se afirma, el estallido había sido premeditado y los atacantes tenían en su poder listas de domicilios armenios.
Lo que siguió fue una orgía de sangre en la que los armenios contraatacaron en varios puntos de la región y se presentaron matanzas de lado y lado. El conflicto se convirtió muy pronto en la mayor amenaza en los cuatro años del gobierno de Mijail Gorbachov al tomar las características de una verdadera guerra civil, sobre todo en la región de Nagorno Karabakh, enclave en Azerbaiján, poblado mayoritariamente por armenios pero bajo el control administrativo de Azerbaiján. Desde esa fecha se contabilizaron más de 200 muertos de parte y parte y en Bakú, en donde residían más de 200.000 armenios, las matanzas de índole racial que recordaban los días anteriores a la Segunda Guerra Mundial, se convirtieron en pan de cada día. En esas condiciones, el presidente soviético se enfrentó a una decisión especialmente difícil. Todo evidenciaba que las matanzas en Transcaucasia no podrían detenerse sin la intervención armada de las fuerzas soviéticas, pero cualquier movimiento en esa dirección podría convertirse en la demostración de que la perestroika no podría ser, tal como la anunciara hace dos años, "una revolución sin disparos".
Por eso, cuando el presidente soviético se presentó en la televisión el sábado por la noche para explicar a sus conciudadanos la decisión de enviar más de 20.000 soldados del ejército rojo a Bakú para sofocar a sangre y fuego la rebelión de los azeríes, su aspecto era el de un hombre que acaba de sufrir una violenta derrota personal. Su filosofía de arreglar los problemas múltiples que afectan a la URSS por medio del diálogo y la concertación había tenido que dar paso a los disparos y la sangre en las calles de esa ciudad.
Todo indica que Gorbachov llegó a la conclusión de que era imposible solucionar el problema azerí sin el uso de la fuerza cuando los combates con los armenios pasaron a segundo plano y lo que se planteó en Bukú fue una virtual toma del poder efectivo por parte del Frente Popular. El decreto ley del soviet supremo que impuso el estado de emergencia y ordenó la ocupación militar puso todo en términos muy claros: según el documento, "lo que está en desarrollo en la región es el intento de derrocar el poder soviético con las armas, cambiar violentamente la Constitución además del gobierno y el régimen".
La verdad es que los pogroms contra los armenios ya habían terminado en Bakú antes de que las tropas soviéticas hicieran su entrada en Bakú. En la medianoche del viernes, más de 20.000 soldados equipados con tanques y carros de combate irrumpieron en la ciudad, con dirección al centro de gobierno de la misma. Las versiones de testigos indican que los soldados encontraron la resistencia de milicianos azeríes y de las barricadas que habían sido levantadas en las principales intersecciones.
Aunque el vocero de la cancillería soviética, Guennadi Guerasimov, afirmó al día siguiente que la situación se encontraba bajo control, lo cierto era que los azeríes estaban resistiendo la presencia del ejército soviético con la determinación con que se enfrenta a un invasor. La ocupación de la ciudad, que había sido planeada como una operación relámpago que debería culminar en pocas horas, fue complicándose a medida que los lideres del Frente Popular de Azerbaiján llamaban a la población civil a resistir con todos los medios a disposición.
Los recuentos iniciales de muertos que hablaban de 83 víctimas fatales fueron desmentidas por voceros locales, que situaron esas cifras en el orden de los miles. La espiral de violencia llegó a su clímax cuando el puerto de Bakú fue bloqueado por decenas de barcos mercantes con el fin, según los azeríes, de evitar que zarparan barcos soviéticos cargados de cadáveres para ser lanzados secretamente al mar. Los soviéticos, con el general Vladimir Yazov a la cabeza, se apresuraron a desmentir esas afirmaciones y a asegurar que el bloqueo se había producido para evitar que salieran del puerto decenas de embarcaciones repletas de armenios y de familiares de los militares soviéticos que huian de las hostilidades. El episodio terminó cuando los soviéticos hundieron con artillería pesada un número indeterminado de buques azeríes y despejaron la zona. Pero con el paso de las horas, la posibilidad de una solución negociada al conflicto, con el Parlamento loca] dispuesto a decretar la separación total del país, parecía alejarse cada vez mas.

EN PELIGRO
La persistencia de los combates en Bakú y otros lugares de la región dejaban ver también que lo que espera a Gorbachov es una larga ocupación militar de Azerbaiján, lo que podría convertirse en una grave amenaza para su permanencia en el poder. Algunos observadores piensan que ese conflicto podría convertirse en un segundo Afganistán, con las implicaciones adicionales surgidas del hecho de que se trata de un conflicto en el interior de la Unión Soviética.
Aunque la supresión militar de la insurrección étnica parece tener un amplio apoyo de la población rusa y el respaldo expreso de varios países occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, para nadie es un misterio que la economía soviética, las relaciones con todas las repúblicas islámicas y la integridad del país más grande del mundo están en peligro. Para muchos analistas resulta claro que el proyecto de Gorbachov de construir unas nuevas reglas de juego para la federación soviética ha recibido un golpe del que tal vez no logre recuperarse jamás.
"Enviar las tropas era necesario", decía en Moscú un prominente miembro del Parlamento soviético la semana pasada, reflejando la aprobación general que se siente en la capital hacia la actitud de Gorbachov. "Pero esa medida podría convertirse en un argumento a favor de quienes se oponen a la perestroika y demandan una actitud más fuerte del gobierno central en las demás repúblicas que amenazan con la secesión", agregó . La sensación de inseguridad y desesperanza hacia el futuro del régimen soviético llegó al punto de que en Moscú se habló seriamente en algunos círculos políticos de llamar a una fuerza internacional de la ONU para que verificara la cesación de hostilidades. "Los azeríes jamás aceptarán la autoridad de Moscú", decía uno de los promotores de la idea, quien afirmó además que el drama de Azer baiján podría convertirse en el Líbano de los soviéticos.
Ese símil no resulta inapropiado si se tiene en cuenta que el acicate de la rebelión es una disputa ancestral entre cristianos armenios y musulmanes azeríes. En los últimos dos años la presencia de tropas de Moscú en la región se ha convertido en un hecho habitual para los habitantes de esas dos repúblicas caucásicas, donde el conflicto se ha centrado principalmente alrededor del control de la región de Nagorno-Karabakh, un enclave en Azerbaiján habitado principalmente por armenios.

GOLPE ECONOMICO
Por otra parte, en la medida en que la ocupación se prolongue, los observadores piensan que la opinión pública soviética irá perdiendo la paciencia con Gorbachov, a quien ya acusan de ser el causante de la aguda escasez de bienes de consumo ocasionada por el proceso de descentralización de la economía. Para muchos el rechazo generalizado contra la movilización de las reservas, que llevó incluso a la cancelación de la medida, evidencia, según algunos observadores, la fragilidad del respaldo popular hacia las medidas de fuerza, en especial cuando se trata de enviar a los hijos de familia a pacificar una región remota y, para muchos, tan ajena como cualquier país extranjero.
Las consecuencias económicas tampoco son despreciables. El crecimiento de la economía de Azerbaiján cayó del 4.3% de los primeros meses de 1988, a sólo el 0.4% en el mismo período del año pasado, cuando comenzaron a presentarse los disturbios. Los pozos de petróleo azeríes situados en el mar Caspio proveen el 2% del total producido en la URSS y las fábricas de Bakú producen más de la mitad del equipo de explotación petrolera del país. Los revoltosos del Frente Popular han paralizado la vía férrea que suministra casi la totalidad de los alimentos de los armenios, así como las materias primas industriales, con lo que han llevado a que Armenia, cuya economía ya había sido devastada por el terremoto del año anterior, haya visto su rata de crecimiento pasar de castaño a oscuro, con un 11.6% negativo.

¿METASTASIS?
Otro peligro está en la actitud que pueda asumir las demás repúblicas islámicas de la URSS. Hasta el momento no parece haber signos de que los disturbios se puedan extender hacia ellas, pero para muchos analistas la violenta represión desplegada por Moscú deja abierta esa posibilidad, ante la circunstancia adicional de que el Frente Popular ha hecho intentos por establecer vínculos con esas repúblicas, como Uzbekistán, pero sin éxito relativo. Otro asunto se plantea en las relaciones con Irán. Algunos observadores opinan que el régimen del Ayatola Alí Jamenei no está en plan de exportar la revolución islámica como su antecesor, a lo que se suma el hecho de que las relaciones comerciales con la URSS resultan cruciales ahora que Irán está tratando de recuperarse de 10 años de guerra con Irak. Pero por otra parte, hay el consensó general de que Teherán no tendría ningún interés en estimular la integración de los azeríes soviéticos con sus compatriotas del lado iraní, entre otras cosas por que el siguiente paso podría ser la secesión de su propio territorio.
Los problemas de Gorbachov adquieren una dimensión especial el Moscú. La violenta represión de la rebelión azerí podría convertirse en un descrédito insuperable para toda la política de descentralización que Gorbachov ha tratado de imponer en su país a costa de grandes dificultades. Los ideólogos de la línea dura, que todavía tienen un peso específico en la dirigencia del Partido Comunista ven con los peores ojos los intentos de Gorbachov por conducir una transición pacífica de las repúblicas báltica hacia un status de confederación que evite su separación total de la Unión Soviética. Para ellos, el regreso a formas autoritarias de poder al estilo de Stalin es aún una posibilidad real, que se materializaría con la caída del presidente de la perestroika.
Pero para muchos observadores occidentales y soviéticos, Gorbachov abrió con su proceso de democratización la caja de Pandora de los males implícitos en la sociedad soviética que afloraron pero se mantenían ocultos tras la cortina de humo de los gobiernos anteriores. Para esos observadores, las expectativas creadas por Gorbachov, y sobre todo el espacio político abierto a tendencias diferentes a la ortodoxia comunista, hacen que el proceso de la perestroika, para bien o para mal, no tenga marcha atrás. Pero lo único cierto es que a la Unión Soviética con o sin Gorbachov le esperan tal vez. los años más duros de su existencia.

COCINANDO UNA REVUELTO
Lo más curioso de los sucesos de Azerbaiján es que el Frente Popular, que ha promovido los disturbios y la separación de la Unión Soviética, nació como un instrumento de apoyo a las políticas de apertura de Mijail Gorbachov, que en las regiones más alejadas de Moscú tienen en los dirigentes locales a sus mayores enemigos. Cuando emergió en 1988, el Frente Popular no era más que un grupo de intelectuales entre los que se contaban un poeta, algunos periodistas, un linguista y un médico.
Para los observadores, una de las lecciones más duras de los hechos de Azerbaiján, aplicable en toda la antigua órbita soviética, es que la salida del Partido Comunista del poder no significa necesariamente la llegada de la democracia. Otras fuerzas sociales están al acecho para entronizarse, y el ultranacionalismo con visos religiosos es una de ellas.
Los iniciadores del Frente Popular son los herederos de una rica tradición cultural e intelectual construida sobre las riquezas generadas por los pozos petroleros de Bakú. Cuando Mijail Gorbachov comenzó a aflojar las restricciones a la libertad de expresión, fueron estos miembros de las clases altas quienes se organizaron para pedir en primer lugar la garantía de que Nagorno-Karabakh, la región que Azerbaiján disputa con Armenia, no le fuera entregada a esta última. Pero pronto esa pretensión primaria dio el paso a otras demandas: control sobre el petróleo de la región, manejo local de sus industrias algodoneras y frutícolas, la renuncia del Partido Comunista a sus privilegios constitucionales como único canal de expresión política, elecciones libres con participación multipartidista y, por fin, la separación total de la URSS.
Esos miembros iniciales del Frente Popular se identificaban a sí mismos como turcos antes que como musulmanes y rechazaban el fanatismo religioso como motivación política. Pero lo que comenzó como un movimiento de intelectuales de clase alta, pronto se convirtió en un conglomerado de azeríes de procedencia rural, alimentado por el éxodo de 200.000 antiguos procedentes de Armenia, que llegaron de regreso a Azerbaiján huyendo de la violencia a engrosar el desempleo del país, que llega al 25%. Esa masa desempleada y desarraigada se ha convertido, según los observadores, en el contingente de choque de una revuelta que parece totalmente fuera de control, aún para sus instigadores.
La importancia del Frente Popular se agigantó por cuenta de sus éxitos en el manejo del conflicto con Armenia el año pasado. Abdul Rakhman Vezirov, enviado por Gorbachov para que reformara el partido comunista azerí, cedió amplios poderes administrativos al Frente a cambio del levantamiento del bloqueo total de todas las vías de acceso a la vecina Armenia. Vezirov llegó al extremo de permitir al Frente la presentación de iniciativas parlamentarias y a ceder el manejo de algunas funciones claves.
Esa fácil victoria pareció convencer a los dirigentes azeríes de que Moscú estaría dispuesto a cualquier cosa a cambio de la estabilidad política de la región.
Todo parece indicar, sin embargo, que el Frente Popular sólo es responsable de los pogroms contra armenios en la medida en que no los ha podido evitar. Incluso se ha dicho que el propio movimiento organizó frentes de auxilio a las víctimas. Pero para el público soviético la diferencia entre el grupo dirigente y las pandillas de vándalos ha desaparecido. Los líderes del Frente hablan incluso de que algunos miembros del gobierno local permitieron e incluso promovieron los desórdenes para desacreditar a sus rivales.
A pesar de la evidencia de que el Frente Popular ha perdido el control sobre sus masas, algunos azeríes todavía esperan que pueda recobrarlo y convertirse de nuevo en una alternativa democrática. Pero mientras ello ocurre, los nubarrones más negros se ciernen sobre la que fuera la república islámica más próspera de la URSS.
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