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| 6/13/2009 12:00:00 AM

Sangre en la selva

Las protestas de los indígenas peruanos parecen haber sido instigadas por el boliviano Evo Morales. Las relaciones de los dos países atraviesan su peor momento.

Desde su primer gobierno, cuando la amenaza de Sendero Luminoso estaba presente, el presidente peruano, Alan García, no enfrentaba una crisis de orden público tan grave como la de los últimos días, el momento más difícil de su segundo mandato. El conflicto con las comunidades amazónicas, que llevan dos meses bloqueando carreteras, tiñó la selva de sangre. Y de paso, derivó en una crisis diplomática que recordó las profundas diferencias que enfrentan a García con su colega boliviano, Evo Morales.

Sendero Luminoso, por supuesto, representaba una amenaza más seria y sostenida contra las instituciones peruanas. Pero ningún ataque de la guerrilla maoísta cobró las vidas de tantos uniformados como los incidentes de la semana pasada. El episodio es confuso, pero se habla de 33 muertos, varios degollados, de los cuales 24 eran policías.

El origen del conflicto fue un par de decretos que pretendían regular los recursos forestales e hídricos para adecuarse a las condiciones del Tratado de Libre Comercio firmado con Estados Unidos y estimular inversiones. En respuesta, unos 5.000 indígenas en pie de guerra han bloqueado caminos y obstaculizado operaciones petroleras por varias semanas, para protestar contra lo que consideran un atentando a sus derechos sobre tierras que habitan desde tiempos ancestrales.

La desconexión entre el proyecto del gobierno y las comunidades nativas llevó a la violencia. Y aunque el Congreso decidió el miércoles suspender indefinidamente los decretos, la huelga indígena continuó el jueves, pues exigen que los deroguen. "Los nativos, que están muy radicalizados, ven la suspensión como un engaño", dijo a SEMANA el analista político Carlos Basombrio.

La intransigencia es mutua. El líder indígena Alberto Pizango, buscado por la justicia, acusó a García de genocida antes pedir asilo en Nicaragua. El primer ministro, Yehude Simon, por su parte, habló de "un complot contra la democracia, contra el gobierno y contra los peruanos" y acusó a Pizango de un intento de golpe de Estado. El gobierno también decidió defenderse con un comercial de tono patriotero en el que tildó a los indígenas de "extremistas" que "quieren detener al Perú", lo que provocó la renuncia de la Ministra de la Mujer.

El asunto desbordó las fronteras y desató una crisis diplomática. Una ministra boliviana y otra venezolana se apresuraron a culpar públicamente al gobierno peruano, que contestó para denunciar órdenes extranjeras. Y es que pocos días antes del estallido de violencia tuvo lugar en Puno, Perú, una conferencia indígena, donde estaba Pizango, a la que el presidente boliviano, Evo Morales, estaba invitado. Aunque no pudo asistir, envió unas palabras que muchos consideran subversivas. "Este es el momento para que todos sepan que nuestra lucha no termina, que de la resistencia pasaremos a la rebelión y de la rebelión a la revolución", decía la carta en la que también fustigaba los TLC.

Morales y García representan modelos opuestos y la tensión entre los dos ha ido subiendo de tono. El boliviano incluso ha llegado a alinearse con Chile en su diferendo con Perú. "No solamente hay intromisión del señor Morales, sino una enorme deslealtad con el Perú. No olvidemos que Perú fue a la guerra con Chile por honrar un pacto suscrito con Bolivia", dijo a SEMANA el senador peruano Luis González Posada, quien pidió investigar la "conexión boliviana" en el levantamiento indígena.

García parece rumbo a colisionar no sólo con Morales, sino también con el venezolano Hugo Chávez y sus aliados. "Perú claramente es un adversario frontal de la órbita chavista", dice Basombrio, aunque aclara que se está "sobredimensionando las capacidades de influir de Evo". En Perú es rentable vincular a los radicales con alianzas extranjeras, pues los debilita, como demostró García en las elecciones en que derrotó a Ollanta Humala, el candidato de Chávez.
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