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| 2/6/2005 12:00:00 AM

Sangre o votos

El presidente Bush insistió en su discurso sobre el Estado de la Unión en exportar la libertad. Irak sigue siendo la gran incógnita mientras Irán y Siria están en la lista.

"La misión en Irak tendrá éxito porque el pueblo iraquí valora su libertad, como mostró al mundo el domingo pasado". Con esas palabras, el presidente George W. Bush cosechó uno de los múltiples aplausos que recibió de sus copartidarios republicanos durante el discurso anual sobre el Estado de la Unión. Esa frase estaba destinada a capitalizar políticamente el hecho de que, a pesar de la amenaza terrorista, millones de iraquíes salieron a votar en las primeras elecciones de la era pos-Saddam Hussein.

La referencia a Irak fue una de las más importantes en un discurso dedicado, en el tema internacional, a subrayar que la exportación de la libertad y la democracia, sobre todo en el Medio Oriente, es el tema principal de su política exterior. Bush celebró las elecciones en Irak como la demostración de que la democracia echó raíces allá, y que por lo tanto su doctrina y la misión de Estados Unidos allí van por el camino correcto.

Los medios ya habían hecho eco de esa línea oficial. Todos ellos enfatizaron en la longitud de las filas de votantes, la presencia masiva de mujeres y el júbilo con que todos mostraban sus dedos entintados en señal de haber votado. Los comentaristas más afines al Presidente se dieron el gusto de pasarles cuenta de cobro a los que presagiaron una jornada de sangre y fracaso total.

Pero muy pocos señalaron las enormes falencias de unas elecciones convocadas y realizadas en esas circunstancias. Los críticos señalan que si bien es en principio positivo que se hayan celebrado comicios en Irak, es muy dudoso que ellas hayan sido un paso en firme para la democratización del país y mucho menos para la generalización del sistema en el mundo árabe musulmán.

Como dijo a SEMANA James Paul, director de Global Policy Forum, las elecciones en Irak no son un ejemplo de democracia para el mundo árabe. Para Paul, "el resultado, si bien le sirve a la perspectiva de Washington, es sobre todo formal y publicitario. (Las elecciones) fueron organizadas bajo una ocupación violenta, los candidatos no pudieron hacer campaña, el público nunca supo qué pensaban sobre los temas y, el más importante, el retiro de las tropas norteamericanas nunca estuvo en el debate". Sobre todo en un ambiente de violencia en el que, ante la amenaza de los grupos terroristas, hubo hasta candidatos que se presentaban con la cara cubierta y nombre falso.

La invasión y el sistema federalista que impuso en el país privilegió las divisiones existentes entre los iraquíes, que en la época de Hussein practicaban un cierto nacionalismo secular y transcultural. Por la mayoría que tienen los chiítas, no sorprendió que la mayor parte de los votos fueran consignados a favor de los partidos de esa rama del Islam, incluido el del primer ministro interino laico, Ayad Allawi, favorito de Estados Unidos. Allawi, con las arcas oficiales a su favor, y saliendo noche tras noche en televisión, tenía el triunfo asegurado. Pero al cierre de esta edición, con unos resultados muy preliminares, la Alianza Unitaria Iraquí, un grupo chiíta clerical, había conseguido una amplia mayoría que complicará los esfuerzos de Allawi para constituir una coalición que lo mantenga en el poder.

A ese resultado contribuyó que, tal como se había previsto, la participación de los sunitas en las elecciones fue muy inferior a la de los otros dos grupos, los chiítas y los kurdos. Los minoritarios sunitas (20 por ciento de la población) temen un gobierno de los mayoritarios chiítas, a quienes oprimieron durante décadas a través del partido Baaz de Saddam. Y los kurdos, que han conseguido una ventajosa cierta autonomía en el norte, trabajan sobre todo por al menos preservar esa conquista, que no consideran negociable. Como dijo a SEMANA el analista español Manuel Coma, "lo más probable es que se queden con una vicepresidencia".

De ahí que analistas como Frank Brodhead, autor de varios libros sobre intervenciones norteamericanas en el extranjero, piensan que es imposible decir que las elecciones iraquíes reflejan la voluntad de los electores en general. "Es claro, dijo a SEMANA, que la gente en el Kurdistan votó por la autonomía o la independencia, y los chiítas del sur lo hicieron por el fin de la ocupación. Así que los verdaderos resultados de la elección no pueden saberse".

Por todas esas circunstancias, las elecciones en Irak se convirtieron en un ejemplo nada constructivo para los gobiernos musulmanes, que de por sí tienen muy poco de democráticos. La fría recepción quedó plasmada en que sólo el jeque Zayed bin Sultan Nahayan llamó a Bagdad para felicitar a los iraquíes por el resultado, mientras muchos, como el gobierno jordano del rey Abdulá, el del presidente egipcio Hosni Mubarak y la familia real saudí, coincidieron en sus temores por la constitución de una república islámica chiíta, al estilo de la vecina Irán, y expresaron sus temores de que el gobierno y el sistema político resultante de las elecciones no incluya a todos los sectores.

Por lo pronto, tanto el máximo líder chiíta, el gran ayatolá Ali al Sistani, (de origen iraní), como Alawi y los dirigentes de la Alianza han dicho que no les interesa crear una teocracia en Irak y que le darán participación a la minoría sunita. Sin embargo, muchos coinciden en que es imposible saber si el nuevo gobierno podrá evitar establecer lazos cercanos con el gobierno chiíta de Irán. No sólo porque, por ejemplo, el clérigo rebelde chiíta Muqtada al Sadr, que no participó en las elecciones, tiene alta popularidad e ideas muy diferentes sobre el futuro de su país. También porque es seguro que Irán hará todo lo posible por lograr que Irak se convierta en su hermana gemela.

Las reglas de la Carta provisional son complejas. La Asamblea nombrará un presidente y dos vicepresidentes, y estos al primer ministro en espera de las elecciones definitivas, que se realizarán en diciembre. Además deberán acordar por mayoría de dos terceras partes la Constitución. Por eso son un enigma las instituciones que se crearán. ¿Se adoptará la ley islámica o sharia? ¿Qué derechos se reconocerá a las mujeres en el país que hasta la invasión era el más occidentalizado del mundo árabe musulmán? ¿Qué estatus recibirán los kurdos? Los sunitas pueden vetar la Constitución en un referendo confirmatorio en ocotubre si vencen en tres de las 18 provincias, lo que aumenta la incertidumbre. En esa misma línea, cualquier gobierno que quiera ganar legitimidad en Irak hará todo para evitar que se le identifique como seguidor de las políticas de Washington.

Lo cual conduce a que las posibilidades del regreso de las tropas norteamericanas no parezcan muy cercanas. No sólo porque, como dice Paul, "Estados Unidos está construyendo bases militares para 25 años o más". Las fuerzas del gobierno iraquí están lejos de poder defenderse y los norteamericanos están en la encrucijada de ser los únicos con capacidad para tratar de mantener al menos una semblanza de control en Irak. Como quedó demostrado en la semana, los terroristas de Abu Musab Al Zarqawi no están dispuestos a bajar las armas.

Otro aspecto que menciona Paul es el plan norteamericano, negado por Washington, de atacar a Irán. Este país, junto con Siria, fue objeto de la parte más preocupante del discurso de Bush. "Irán sigue siendo el mayor Estado promotor del terror, dijo el Presidente, pues quiere tener armas nucleares mientras niega a su gente la libertad ". Una amenaza menos que velada que complementó : "Al pueblo iraní: Mientras ustedes se levantan por su propia libertad, Estados Unidos está con ustedes". Dados los antecedentes, esas palabras resultan por lo menos preocupantes.
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