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| 4/10/2005 12:00:00 AM

Se busca un Papa

La Iglesia Católica enfrenta una enorme encrucijada al elegir al sucesor de Juan Pablo II. Detrás de la elección de su sucesor se mueven grandes intereses geopolíticos.

Sea quien fuere el próximo Papa, el purpurado elegido en el cónclave que se inicia el 18 de abril recibirá una herencia aplastante. Nunca como antes un sumo pontífice había llegado a tan altas cotas de popularidad en el mundo, aprovechando para ello un carisma eminentemente mediático, una enorme capacidad oratoria y una voluntad sin límites. La sombra de Juan Pablo II gravitará con fuerza sobre el nuevo ocupante del solio de San Pedro.

Pero la Iglesia que deja Karol Wotjyla está signada por las contradicciones inherentes a quien fue clave en la caída del comunismo pero también un crítico inclemente del capitalismo y la sociedad de consumo. Mientras defendía a los pobres, descalificaba la teología de la liberación que nació al amparo del Concilio Vaticano II, y mantenía a raya la apertura en temas como el sacerdocio femenino, la anticoncepción, el homosexualismo, la biotecnología. Juan Pablo II usó con maestría las posibilidades del mundo moderno, los viajes, la televisión, los medios electrónicos, para defender la tradición de la Iglesia. Muchos analistas coinciden en que, por todo ello, su mensaje entregado por medios muchas veces heroicos no caló mucho en los fieles que, a pesar de todo, lo aclamaban como nunca habían aclamado a un sumo pontífice.

La realidad es que el heredero del Papa polaco deberá lidiar con problemas muy complicados: la secularización y la indiferencia creciente de los católicos europeos, la avanzada de las iglesias protestantes en América Latina, el número cada vez menor de nuevos sacerdotes, lo que hace que su promedio de edad mundial supere los 60 años, la difícil convivencia con religiones como el Islam en Asia y África, la crisis de credibilidad de la iglesia norteamericana, atravesada por escándalos de tipo sexual.

Esos y muchos otros retos marcarán la escogencia. ¿Dedicará la Iglesia de Cristo sus esfuerzos a reencarrilar al catolicismo europeo y norteamericano, o más bien le dará mayor importancia al antes llamado Tercer Mundo? ¿Seguirá la Iglesia resistiendo al cambio que muchos piden, o retornará a la senda del Concilio Vaticano II? ¿El Opus Dei seguirá siendo la fuerza dominante, a costa de las fuerzas aperturistas lideradas por los jesuitas?

Sin embargo, esas consideraciones no ayudan mucho a la hora de hacer vaticinios. En los últimos 30 años el colegio cardenalicio se ha internacionalizado y a esta distribución geográfica contribuyó Karol Wojtyla. Juan Pablo II en ocho consistorios llamó a hacer parte del sofisticado club a un mayor número de representantes de la 'Tercera Iglesia' e incrementó el número de los italianos, que sin embargo no han vuelto a tener la mayoría que tenían en los años 60.

Por otra parte, los observadores aseguran que tendrán poca relevancia las diferencias entre la ala conservadora y la ala reformista del Sacro Colegio: de los 117 electores, sólo tres cardenales no fueron nombrados por Juan Pablo II. El colegio cardenalicio está hecho a imagen y semejanza de 'Lolek', el nombre afectuoso que le dan los polacos a su Papa.

"Lo máximo que se puede decir es que sean reformistas moderados, como el arzobispo de Milán, Dionigi Tettamanzi, y los más innovadores como el cardenal de Milán, el jesuita Carlo María Martini, son pocos (unos 10) y están aislados", dijo a SEMANA Giulio Anselmi, analista de La Repubblica. No falta quien le conceda la facultad a Martini de arrastrar 30 ó 40 votos. Dato muy optimista para algunos.

A la espera de que el Espíritu Santo cumpla con su tarea de inspiración, son muchos los escenarios que se barajan.

Un papa anciano y de transición recoge los favores de aperturistas y tradicionalistas. Después de un magisterio tan largo y tan espectacular, la Iglesia necesita un tiempo para decantar las emociones y decidir el nuevo rumbo. Las críticas que se hacen al reino de Juan Pablo II en la Iglesia son, de un lado, las de una espiritualidad exhibida y "el mesianismo que le dio a su vida, apropiándose sin permiso del contenido del secreto de Fátima como si el obispo vestido de blanco tuviera que ser él por fuerza", según Anselmi. En ese caso, el alemán Joseph Ratzinger, guardián de la ortodoxia de la Iglesia como prefecto de la congregación de la Doctrina de la Fe, es un buen candidato.

El regreso del papado a Italia cuenta con el beneplácito de amplios sectores y, curiosamente no son los prelados italianos quienes lo piden. Estos tienen fama de gran negociadores y diplomáticos, experiencia madurada en siglos de historia. Como conocedores de los mecanismos, burocracia e intrigas 'del brazo derecho' del papado, es decir, la Curia, un italiano podría imponer sin demasiados traumas la reforma a un aparato que incluso los más conservadores reconocen tiene que ser renovado, cosa que Juan Pablo II nunca hizo. El sector de los prudentes está bien representado con Dionigi Tettamanzi y Giovanni Battista Re, prefecto de la congregación de los obispos.

La opción de un pontífice latinoamericano se oye con insistencia y sería un reconocimiento a una tierra en donde vive la mitad del catolicismo. Para introducir esta revolución, los expertos señalan dos cartas: el arzobispo de Tegucigalpa, Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga (de 63 años), salesiano experto de teología moral, y el arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Mario Bergoglio (de 69 años), jesuita tímido y discreto.

Hay quienes piensan que llegó el momento para un papa negro. La elección al solio de Pedro del único candidato del continente africano, el cardenal nigeriano Francis Arinze, de 73 años (del ala más conservadora), daría impulso y reconocimiento a un continente en el que la evangelización crece a un ritmo acelerado: de los 10 millones de católicos que tenía en 1900 se pasó a la imponente cifra de 360 millones en 2000. Karol Wojtyla llamaba a África "el continente de la esperanza".

Como se dice en Italia, "quien más tiene ponga más". En la prestigiosa lista están otros nombres que representan todos los bloques: el colombiano Darío Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación para el Clero; Carlo María Martini, ex arzobispo de Milán; Crescenzio Sepe, prefecto de la Congregación de Propaganda Fide, Jean-Marie Lustiger, arzobispo de Paris, Jaime Sin, arzobispo emérito de Manila, el cardenal alemán Karl Lehmann, el austríaco Christoph Schonborn, visto con buenos ojos por los más aperturistas que quisieran un papa joven (de 60 años).

En la agenda futura de la Iglesia están temas tan difíciles como el papel de la mujer, la prohibición del uso del preservativo mientras en África cunde el sida, el aborto, el centralismo de la Curia, la readmisión de los divorciados católicos, los métodos anticonceptivos, el matrimonio de los sacerdotes, entre otros. En el ambiente cardenalicio un exponente de la 'Tercera Iglesia' de América Latina (expresión inventada por el experto europeo Walbert Buhlmann por analogía con 'Tercer Mundo') o de Asia, que lleve adelante estos temas y su consecuente reforma, sería el ideal para darle voz a la Iglesia de los pobres, en contraposición al mundo rico y opulento.

Detrás de todo ello, aunque sólo cuenta con dos cardenales, para los vaticanistas en estos juegos de poder es innegable la gran capacidad del Opus Dei para tejer relaciones y mover votos. La obra fue decisiva en 1978 en la elección de Wojtyla y lo podría ser también ahora. Los observadores aseguran que la posición privilegiada de Ratzinger entre los 'papables' se debe al trabajo del cardenal del Opus Julián Herranz. Desde hacía tiempo organizaba comidas con los cardenales en la villa que posee el movimiento en las afueras de Roma o en su propio casa, muy cerca del Vaticano.

"Se fija un objetivo, se elabora un programa y luego se busca al posible candidato para aplicarlo", este es el método de trabajo, dice un cardenal con experiencia en cónclaves. Un mismo deseo parece recorrer el Colegio Cardenalicio: el escritor e historiador Giancarlo Zizola dijo a SEMANA que en los cónclaves existe una tendencia natural a cambiar. En suma, no importa si el próximo papa será italiano o extranjero, político o religioso, conservador o reformista, lo esencial es que del reinado de Juan Pablo II mantenga el diálogo intrarreligioso y la espiritualidad, pero mire la modernidad con menos desconfianza.
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