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| 8/22/1988 12:00:00 AM

SE CRECIO EL ENANO

Con el apoyo total de su partido y punteando sobre Bush en las encuestas, Michael Dukakis aspira a reconquistar la Casa Blanca.

Ni siquiera la entrega anual de los Oscares le llegó a los tobillos a semejante espectáculo. Al fin y al cabo, la ceremonia de premiación a los mejores de Hollywood tiene lugar cada doce meses y sólo se demora cuatro horas. En cambio, el super-show escenificado en Atlanta la semana pasada tuvo aun más estrellas que la capital del cine. Durante cuatro días, éstas se pasearon por la que resultó ser la nueva rutilante pasarela del mundo político en los Estados Unidos: la convención del Partido Demócrata.
Allí, entre barras y estrellas, bombas de colores y las notas de la "Oda a la alegría" de Beethoven, algo más de 4 mil delegados venidos de todos los Estados de la unión, se dieron cita para aclamar al encargado de llevar al partido de vuelta a la Casa Blanca después de ocho años de ausencia: Michael Stanley Dukakis. Es este hombre de 54 años, hijo de inmigrantes griegos, quien deberá enfrentarse el próximo mes de noviembre a George Bush, el candidato del Partido Republicano. En medio de lo que se plantea como una de las batallas electorales más estrechas de que se tenga memoria, Dukakis deberá jugársela toda para batir al heredero escogido de Ronald Reagan.
Para hacer eso, el Duke -como se le dice coloquialmente- tenía que comenzar con el pie derecho. Al cabo de meses de duras elecciones primarias, había necesidad de demostrar que el candidato tenía todas sus cuerdas en la mano. Y eso fue precisamente lo que pasó. Los "Dukócratas" manejaron eficazmente las discusiones y evitaron que se presentara hasta la más pequeña rebelión. Todo transcurrió tan normalmente que no faltó quien se quejara diciendo que ahora los delegados parecían republicanos.
Esa afirmación quedó clara desde el primer día,cuando se vio que la televisión era el verdadero rey del evento. A pesar de las protestas de los delegados, todos los eventos tuvieron lugar en el Omni Coliseum, un sitio mucho más pequeño que el vecino Georgia World Congress Centre, debido a que en el primero había la altura suficiente para instalar cámaras y reflectores. Tal como lo manda el manual, los colores en el podio eran claros y las banderas se veían desteñidas para evitar que sus tonos se "corrieran" en la transmisión televisiva. El programa fue celosamente respetado para conseguir que se llegara al punto máximo de cada día en cercanías de las nueve de la noche, cuando las tres cadenas de televisión hacían la transmisión en directo. Enseñados por Reagan que lo importante no es lo que se diga sino cómo se diga, los demócratas dejaron muy en claro que aprendieron la lección.
Ese nuevo juicio del actual partido de oposición,no dejó de sorprender a algunos. Tradicionalmente, las convenciones demócratas habían sido el reino del "despelote", donde quien quería decir algo iba y lo hacía. Hace 20 años, en Chicago, se presentaron fuertes choques entre manifestantes y la policía a la entrada del evento, y hace 16 el descontrol fue tanto que el candidato elegido, George McGovern, dio su discurso de aceptación hacia las tres de la mañana, cuando ya nadie veía la televisión.
Tales anécdotas son por lo visto cosas del pasado. El 18 de julio, el primer día de sesiones en Atlanta, la armonia entre los delegados fue tanta que en un momento dado,se acabaron los puntos de discusión y el programa tuvo que adelantarse. Ese tono fue continuado por Ann Richards,la tesorera del Estado de Texas, quien pronunció el discurso de apertura del evento. Con su cabello blanco,que resaltó su imagen de abuela apacible, la oradora habló específicamente para la televisión. Su mensaje fue corto en sustancia y malo en promesas, pero estuvo lleno de frases que se quedan en la memoria y que se dirigieron a reforzar el tema de patria y familia, con algunos dardos ocasionales contra George Bush.
Ese primer día resultó, sin embargo, interesante cuando se supo que a algunos kilómetros de la convención, Michael Dukakis habia acabado de desactivar la última bomba que podia poner en peligro el éxito de su campaña. En horas de la mañana, el candidato demócrata hizo las paces con Jesse Jackson, el predicador negro que logró amasar más de un 25% de los delegados, y que se habia mostrado en desacuerdo unos días antes con la elección de Lloyd Bentsen para el puesto de vicepresidente. De manera hábil, el Duke le prometió a Jackson que tendría voz en el gobierno si es elegido presidente.
La actitud de relativa condescendencia se mostró al otro día, cuando tres propuestas de Jackson fueron consideradas para ser incluidas dentro de la plataforma del partido.Aunque las ideas (autodeterminación para Palestina, impuestos a los más ricos y compromiso de no usar primero armas nucleares) fueron fácilmente derrotadas por un margen de dos a uno, su debate demostró que Jackson no es ningún pintado en la pared.
Tal impresión fue confirmada por dos hechos adicionales. En el primero, sucedido de manera silenciosa, Jackson obtuvo que buena parte de las reglas que dominaban el proceso de escogencia de delegados a la convención fuera cambiado en favor de los candidatos minoritarios. Si bien el efecto de la decisión sólo se verá en cuatro años, desde ya se está demostrando el peso que tiene el predicador negro en los rangos demócratas.
El otro evento de la jornada fue, en cambio, muy publicitado. En un electrizante discurso de casi una hora de duración, Jackson selló su alianza con Dukakis, llevando la emoción de los delegados a su punto máximo. Aparte de confirmar sus inigualadas virtudes oratorias, el líder de color describió al Duke como un hombre de "buena cabeza, rápido en el trabajo, de nervios de acero".
Las alabanzas a su ex rival no le impidieron a Jackson recordarle a sus copartidarios que todavía falta mucho para alcanzar los ideales demócratas de justicia social. A su vez, el predicador le dijo a Dukakis que mientras sus antepasados llegaron en una nave de esclavos, los del candidato lo hicieron en una de inmigrantes.
"Sin importar las embarcaciones originales -agregó- lo cierto es que estamos en el mismo bote esta noche".
Ese mismo podio le correspondió a Dukakis dos días más tarde. En el intermedio, el actual gobernador de Massachusetts fue nominado y elegido como candidato de su partido para las elecciones presidenciales de noviembre.
Llamativamente, el Duke no resultó tan mal orador como se creyó.
Hablando pausadamente, apareció más caluroso y menos mecánico de lo que es normalmente. Repetidamente, Dukakis utilizó frases jacksonianas y señaló a Jesse en un par de ocasiones, resaltando el aporte de la minoría negra.
En términos concretos, el Duke no cayó en la trampa de las promesas fáciles. Solamente se declaró en favor de un seguro médico accesible para todos, de mayores posibilidades de acceso a la educación superior, de una defensa fuerte, una justicia que funcione y un gobierno virtuoso. Además, pronunció algunas frases en español, con la intención de conmover al electorado hispano.
Adicionalmente, insistió sobre lo que considera sus cualidades personales: competencia, integridad y dedicación al servicio público.El resto fueron las fórmulas de constumbre. Dukakis también mencionó el "sueño americano", según el cual alguien puede partir de cero y alcanzarlo todo. Recordó la historia de sus padres llegados a los Estados Unidos "con 25 dólares en el bolsillo", sin añadir -claro está- que Panos Dukakis se graduó de médico en Harvard y dejó a su muerte una herencia millonaria.
Toda la prensa recibida durante esa semana le devolvió al candidato demócrata el primer lugar en las encuestas. Poco antes de abrirse oficialmente la campaña,se confirmó que el Duke vencía a George Bush por unos cuantos puntos en los sondeos.
Pero más importante que ese hecho estadístico, fue el clima de confianza general salido de Atlanta. A pesar de la frialdad personal del candidato demócrata, la inmensa mayoría de delegados (un 93%, contra un 54% en 1984) creía que su partido iba a volver al poder.
Para llegar allí muchos debieron someterse a la incomodidad del Omni Coliseum y a los caprichos de 13.500 periodistas que abarrotaron el sitio. Aunque por cuenta de todo eso, la convención demócrata perdió buena parte del desordenado encanto que siempre la distinguió de la republicana, los partidarios de Dukakis aspiran a que este llamado al orden tenga su expresión en las urnas de las elecciones del próximo otoño.
Ahora, el turno de convencer le toca a Michael Dukakis, este frío e inexpresivo gobernador que hace apenas un año era un desconocido para los electores. Con su bagaje de buen administrador de por medio, esta expresión viviente del american dream, aspira a mantener el impulso que se le diera la semana pasada en la convención demócrata, porque lo cierto es que para un buen final, nada hay más importante que un buen comienzo.


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