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| 2/8/1988 12:00:00 AM

SE LA TRAGO EL MAR

Hundimiento natural de una isla le costaría billones de dólares al Japón

El gigante económico de Oriente es un enano en territorio y recursos naturales. Por eso, el peligro de desaparición de la isla más pequeña del país se convirtió en un asunto de vida o muerte para el Imperio del Sol Naciente.
El gobierno de Tokio tomó una decisión sin precedentes para tratar de salvar a Okinotorishima, una insignificante protuberancia rocosa que en términos reales no alcanza a ser un islote sino más bien un arrecife. De hecho, llamar a Okinotorishima isla es lo mismo que decirle navío a un esquife: cierto pero exagerado. Aunque en otras épocas su tamaño tenía algo más de importancia, con el curso de los años y a consecuencia del turbulento sector en que se encuentra, hoy no es más que un par de rocas que, en marea alta, no sobrepasan cada una el área de una cama doble.
Lo que hace que semejante insignificancia sea vital para el Japón es que si desaparece, se desvanecerían los derechos exclusivos del país sobre la pesca y la explotación mineral de 422 mil kilómetros cuadrados de océano un área mayor que el Japón mismo.
Sin Okinotorishima, -que significa Isla del Pájaro Marino- la zona económica del Japón, que se extiende 200 millas fuera de la línea de sus costas, se vería reducida enormemente, y tendría que ser considerada a partir de la Isla Minami Iwi Jima, a 640 kilómetros al noreste de Okinotorishima, o de Okí Daitojima, otra isla que está más o menos a la misma distancia pero hacia el noroeste.
El problema consiste en que la islita está en peligro de desaparecer ante el embate de las olas. Para evitarlo, el gobierno ha dispuesto un presupuesto inicial de US$75 millones en una operación que ha sido comparada con un trabajo gigantesco de ortodoncia. "Nuestra misión es conservar territorio japonés", dijo al New York Times Masashi Waki, ingeniero jefe del proyecto.
Lo que se pretende es encajonar las rocas en gigantescos bloques de acero y concreto que absorban los golpes del agua y eviten que ésta finalmente triunfe. La empresa tomará tres años de esfuerzos y cuando esté concluída habrá costado, si todo va bien, US$240 millones.
La historia de Okinotorishima es curiosa. Se trata de una formación coralina que jamás ha sido habitada y que en algunos mapas recibe el nombre de "Arrecife de Douglas" o "Parece Vela". Japón la reclamó como suya en 1931, la perdió con los Estados Unidos en 1945 al concluír la Segunda Guerra Mundial pero la recuperó en 1968 cuando los norteamericanos devolvieron el archipiélago de las Bonin. Curiosamente, como los cientos de hermanas que tiene en el Pacífico, "Parece Vela" corresponde a la jurisdicción metropolitana de Tokio.
Durante años, el principal interés de Japón era instalar una estación meteorológica en las rocas, pero el proyecto nunca se cristalizó. Recientemente, el encanto renació al descubrirse que además de los derechos de pesca, los alrededores del islote parecen contener depósitos de manganeso y de cobalto.
A la dificultad implicita de realizar un trabajo de ingeniería pesada en medio del oceano, se suma que el área es una de las más turbulentas del Pacífico, centro de permanentes tempestades que estrellan olas de 20 metros de altura contra las indefensas rocas. Por eso, no se sabe cuánto tiempo pueda durar el trabajo una vez terminado, si es que se logra alguna vez. El ingeniero Waki afirma que "Esto debería resistir al menos 50 ó 100 años, como cualquier otro trabajo de este estilo con acero y concreto. Pero no se puede estar seguro, pues las condiciones del mar son realmente duras". ¿Quién se atreve a apostar en contra del Océano Pacífico?
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