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| 12/18/1995 12:00:00 AM

¿SE LLENO LA COPA?

Las sanciones a Nigeria por la muerte de varios activistas de derechos humanos no son adecuadas para poner fin a los problemas de ese país.

POCAS VECES LA COMUNIdad internacional ha reaccionado con tanta celeridad y aparente energía como en el caso de la ejecución sumaria del escritor Ken Saro-Wiwa y otros activistas de derechos humanos en Nigeria acusados de 'asesinato'. Primero fue la cumbre bienal de la Mancomunidad Británica (Commonwealth), que desde su reunión de Auckland, Nueva Zelanda, decidió la suspensión fulminante por dos años del país más poblado de Africa. Si en ese plazo la actitud de su gobierno ante los derechos humanos no cambia, Nigeria sería expulsada.
Dos días más tarde la Comisión de la Unión Europea, reunida en Bruselas, decidió congelar toda la ayuda para el desarrollo destinada a ese país y llamó al jefe de su delegación en Abuja. Entre tanto, Alemania suspendió toda ayuda, Gran Bretaña prohibió el suministro de armas y Estados Unidos decidió llamár a su embajador, restringir el visado de los gobernantes nigerianos y vetar a Nigeria para la ayuda de los organismos internacionales de crédito. No obstante los analistas coinciden en que sólo un embargo mundial de las compras de petróleo lograría castigar de verdad a la economía nigeriana, que tiene en el oro negro su mayor expectativa de crecimiento, pero al mismo tiempo su mayor dependencia, pues alcanza el 95 por ciento del total de las exportaciones.
Ese embargo, no obstante, es altamente improbable por dos razones: por una parte, tanto Europa como Japón se verían afectados por el incumplimiento de Nigeria en el pago de su deuda externa de 30.000 millones de dólares. Por la otra, para Estados Unidos resultaría complicado añadir a Nigeria a una lista de embargos petroleros que ya incluye nada menos que a Irán e Irak. No es para menos, si se tiene en cuenta que Nigeria es el quinto proveedor de hidrocarburos del país del norte.
Pero eso no es lo verdaderamente malo. Lo peor es que ninguna de las medidas inventadas en el mundo desarrollado es capaz de atacar a fondo el problema de Nigeria, como tampoco el de tantos otros países africanos afectados por una inestabilidad crónica que no pocas veces resulta en guerra civil abierta, con sus secuelas de destrucción y hambre.
Porque Nigeria, a pesar de su declarada vocación de llegar a ser el país más importante del Africa negra, sufre del mismo mal congénito de tantos otros, consistente en haber nacido por la voluntad inconsulta de sus metrópolis, que crearon estados-nación a imagen y semejanza de los europeos sin tener en cuenta que la diversidad de etnias, lenguajes, religiones y culturas existentes hacían inaplicable ese modelo.
La ejecución del escritor Saro-Wiwa y nueve miembros más de su etnia minoritaria ogoni, aun con sus connotaciones ecológicas relacionadas con la explotación del petróleo en su región, no es más que la última manifestación de una inestabilidad que se remonta a la independencia de Gran Bretaña.
En efecto, desde su independencia en 1960, Nigeria ha vivido una permanente tensión entre más de 250 tribus, de las cuales imperan los hausa, yoruba, fulani e ibo, que en conjunto abarcan el 91 por ciento. Entre las demás está la ogoni, compuesta por unas 500.000 personas que habitan la región petrolífera.
Esa diversidad impuesta artificialmente es la causa última por la cual el país ha sido gobernado por militares en 26 de sus 35 años de existencia y produjo, entre 1967 y 1970, una sangrienta guerra civil por las aspiraciones de la región oriental, llamada Biafra, de separarse del país. Precisamente el último período de inestabilidad nació en 1993, cuando el entonces presidente Ibrahim Babangida desconoció los resultados de las elecciones que habrían devuelto la democracia al país, ante las presiones de los gobernadores de esa región, de mayoría ibo, que amenazaron con reanudar el conflicto si era posesionado el triunfador, Mashood Abiola, un yoruba del norte del país.
La muerte de Saro-Wiwa podría haberse evitado, sobre todo si la multinacional Shell, principal contratista del Estado nigeriano, hubiera puesto su peso a favor del activista ecológico, cuyas 'culpas' estaban relacionadas íntimamente con su protesta ante la explotación irrespetuosa del petróleo de su región. Pero hoy, luego de su ejecución, ninguna sanción tiene la capacidad de traer una mejora en la situación política, social y económica de Nigeria, porque ésta, como tantos países del Africa subsahariana, nació con un cáncer social heredado de Europa.
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