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| 4/12/2014 1:00:00 AM

Guerra de banderas

Una turba prorrusa se tomó los edificios oficiales de tres ciudades del este de Ucrania, e hizo temer que Putin repita allá su anexión de Crimea. Pero tal vez ya obtuvo lo que quería.

El procedimiento ya es conocido. Militantes organizados, algunos con uniforme camuflado sin insignias, otros con pasamontañas o bates de béisbol y cadenas lanzan consignas prorrusas y retiran de los edificios públicos la bandera local para reemplazarla por el tricolor del gigante euroasiático. Luego, ante la posibilidad de que las fuerzas gubernamentales recuperen el espacio, el Kremlin toma cartas en el asunto anunciando que está dispuesto a ‘proteger’ a sus compatriotas en peligro. Todo termina con la integración de facto del territorio en cuestión a la Federación Rusa, tal y como ha sucedido en zonas de Armenia, Azerbaiyán, Moldavia y Georgia.

Ese fue el panorama el lunes de la semana pasada, cuando se reactivó la crisis de Ucrania en varias ciudades del este, entre ellas Járkov, Luhansk y Donetsk, limítrofes con Rusia. Aunque las fuerzas de seguridad de Ucrania lograron recuperar las instalaciones en las dos primeras y el jueves la tensión había disminuido notablemente, al cierre de esta edición el edificio de Donetsk seguía ocupado. Con 40.000 soldados rusos a pocos kilómetros de la frontera el panorama parecía particularmente peligroso.

Los líderes occidentales, que ya no parecen saber qué más hacer, reaccionaron aún más fuerte que con la anexión de Crimea. El secretario de Estado, John Kerry, habló sin ambages de “un pretexto planeado de antemano [por Rusia] para una intervención militar como la de Crimea”. El secretario general de la Otan, Anders Fogh Rasmussen, tronó por su parte que continuar con la intervención sería “un error histórico (...) que aislaría aún más a Rusia internacionalmente”. 

Entonces, ¿Estados Unidos y la Unión Europea permitirán que Putin vuelva a salirse con la suya? Según le dijo a SEMANA el profesor Marvin Kalb de la Universidad de Harvard, es probable que sí. “Occidente tiene una línea roja borrosa. Occidente le está advirtiendo a Rusia que no invada el este de Ucrania. Pero, ¿qué puede hacer? Muy poco en realidad, salvo imponer sanciones adicionales”.

Por eso, Putin parece muy seguro. Si bien, el 8 de abril el FMI redujo sus previsiones de crecimiento económico para Rusia en 2014 del 1,9 al 1,3 por ciento, la popularidad del presidente se ha disparado hasta el 70 por ciento junto con la nostalgia por la Unión Soviética. Desde su perspectiva, las sanciones que hasta ahora han impuesto Estados Unidos y la Unión Europea no parecen ser más que efectos colaterales de una jugada que ha resultado ganadora.

Eso explica que haya hecho carrera una teoría según la cual Putin no estaría realmente interesado en desmembrar a Ucrania, sino en aumentar su influencia en el país para evitar lo que motivó toda esta crisis desde el comienzo: que se salga de su órbita histórica y pase a la de Occidente. Para ello buscaría que se implante allá un sistema federal que le quite fuerza al gobierno de Kiev a costa de las regiones prorrusas. Según esta tesis, Putin pronto aceptaría los llamados a la calma en el este de Ucrania, lo que haría que los occidentales celebraran al menos haber salvado al resto del país de las garras del oso ruso. Solo que Putin ya habría conseguido su cometido. 

Entre otras razones, porque Putin sabe que sus oponentes no cuentan con un margen de maniobra militar ni remotamente similar al suyo. De hecho, el pasado martes, en una entrevista con el diario francés Le Monde, Rasmussen aceptó que “No discutimos opciones militares. Y nuestro artículo 5 [que implica el uso de fuerzas armadas] no se aplica a un país no miembro de la Otan”. Lo que en plata blanca significa que Occidente no tiene pensado emplear la fuerza. Y una pelea de Ucrania sola contra Moscú sería como una de tigre y burro amarrado. 
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