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| 10/26/1987 12:00:00 AM

SI NOS DEJAN...

Los países centroamericanos empiezan a aplicar un plan que, si los Estados Unidos lo permiten, puede traer la paz a la región

Este miércoles el Congreso norteamericano aprobará, casi con certeza, una "ayuda humanitaria" a los "contras" nicaraguenses de tres millones y medio de dólares. Quedan en el aire los otros 270 millones, esos sí sin condiciones, que el presidente Ronald Reagan quiere darles antes de que --el 7 de noviembre-- entre en aplicación el plan de paz aprobado en Esquipulas a princlpios de agosto por los presidentes centroamericanos. Para entender lo que ese dinero significa, una comparación es útil. Los 3.5 millones de dólares "humanitarios" equivalen a todo el presupuesto del departamento colombiano del Chocó. Los 270 millones "militares", a la totalidad del presupuesto anual del Ministerio de Defensa de Colombia.
Es ahí, en la intervención norteamericana, en las dimensiones de su contribución a la guerra, donde se siguen estrellando las iniciativas de paz en la convulsionada América Central.
Sin esa intromisión, lograr la paz sería mucho más sencillo. Y así lo muestra el creciente aislamiento en que se encuentra la administración Reagan dentro de sus propios aliados tradicionales de la región, que se refleja justamente en los términos del acuerdo firmado en Esquipulas pese a la oposición enfática de la Casa Blanca, Se refleja además en la rapidez con que los gobiernos centroamericanos han empezado a poner en práctica los términos del acuerdo, sin esperar siquiera a que se cumplan los plazos firmados para ello. El 7 de noviembre (90 días después de la firma) era la fecha señalada para que en cada uno de los países firmantes se iniciaran los procesos de amnistía, democratización, diálogo con la oposición interna, alto al fuego, y (significativamente) cese de toda ayuda económica externa a las fuerzas irregulares. Parte de eso ha sido puesto en marcha por los dos países más directamente afectados por la guerra, El Salvador y Nicaragua, sin esperar a que termine la segunda quincena de septiembre.
En El Salvador la guerrilla (el frente Farabundo Martí y su brazo político, el Frente Democrático Revolucionario), aceptó los términos del acuerdo de Esquipulas, y de inmediato el presidente Napoleón Duarte anunció que el diálogo con la guerrilla se reanudara dentro de una semana (el 4 de octubre). En Nicaragua, el gobierno sandinista dio por su parte dos pasos decisivos dentro de lo contemplado por el acuerdo: levantó la censura, permitiendo la reaparición del diario La Prensa, cerrado desde junio de 1986, y de Radio Católica, suspendida desde enero de ese año; y anunció, por boca del presidente Daniel Ortega, un cese al fuego unilateral y gradual en su guerra con los "contras", que será supervisado por la Comisión Nacional de Reconciliación que preside el arzobispo de Managua, monseñor Obando y Bravo; y además, en otro gesto conciliatorio, permitió el regreso a Nicaragua de monseñor Bismarck Carballo, expulsado hace un año por sus actividades contrarrevolucionarias.
Como era sin embargo previsible, nada de eso basta para contentar a la administración Reagan, cuyo objetivo proclamado una y otra vez --"lo gritaré desde los techos", ha dicho el propio Reagan-- es el derrocamiento del régimen sandinista. Con la aprobación del Congreso, si éste vota la ayuda militar para los "contras", o sin ella, como se vio en el episodio del Irángate. Así el secretario de Estado George Shultz acaba de insinuar su veto al plan de Esquipulas diciendo ante una comisión senatorial que "no podemos arriesgar nuestros intereses de seguridad con la esperanza de que se darán cambios positivos internos en Nicaragua". Y más claro todavía fue el mismo Reagan en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, reunida en Nueva York. Hablando justamente cuando acababan de ser anunciadas en Managua por los comandantes Ortega y Borge las medidas de liberalización y la tregua unilateral del gobierno sandinista, el presidente norteamericano advirtió ante los delegados del mundo entero que los Estados Unidos "no aceptarán una democratización falaz ideada para encubrir la perpetuación de la dictadura" sandinista.
Casi en el mismo momento hablaba ante una reunión conjunta de las dos Cámaras del Congreso norteamericano Oscar Arias, presidente de Costa Rica y padre del plan de paz para Centroamérica que cuajó en el acuerdo de Esquipulas. Y les decía: "La guerra significa el fracaso de la política. Déjennos restaurar la fe en el diálogo y darle una oportunidad a la paz".
Fue más aplaudido el discurso de Arias en el Congreso que el de Reagan en la ONU. Pero ambos, desde puntos de vista opuestos, estaban diciendo la misma cosa: que la paz en Centroamérica depende, en primer lugar, de que la dejen en paz.--
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