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| 9/3/2016 12:00:00 AM

Siete plebiscitos que cambiaron el destino de sus países

Han acabado con gobiernos tiránicos. Han evitado guerras. Pero también los poderosos los han ignorado y utilizado. Estas son algunas experiencias.

Las consultas populares no tienen nada de excepcional. En promedio, cada semana se organiza una en algún rincón de la Tierra. Hay países como Suiza que son adictos a ellas, y realizan varias al año. Otros, como Japón, India e Israel, son excepcionales porque no han hecho ninguna en toda su historia. Para sus promotores, son la versión más pura de la democracia, pues les permiten a los electores expresarse directamente, como en la antigua Atenas. Para otros, simplifican cuestiones complejas, dividen a los ciudadanos y favorecen intereses populistas, por lo que paradójicamente debilitan la democracia. De cualquier modo, pese a las expectativas de cambio que suelen suscitar, esos procesos pueden quedarse en letra muerta si los gobiernos no tienen la capacidad o la voluntad de aplicar su resultado, como pasó con el referendo que el primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, convocó a mediados de 2015. De hecho, como lo demuestran los siguientes ejemplos, para ser histórica, una consulta popular no solo tiene que cerrar una era, sino que debe crear una nueva situación política que responda a la voluntad popular que la respaldó.

1. Reino Unido: mejor separados

Solo cuando la primera ministra del Reino Unido, Theresa May, dijo “‘brexit’ significa ‘brexit’” se acabaron las especulaciones sobre qué iba a hacer Londres con el referendo del 23 de junio. Aunque los sondeos pronosticaban un resultado apretado, la victoria del No a la pertenencia a la Unión Europea resultó tan contraproducente para los intereses del país y de sus ciudadanos, que se habló de repetir la consulta e incluso de ignorar el resultado. A su vez, más tardaron los medios de comunicación en analizar los resultados, que los promotores de cortar cobijas con Bruselas en desdecirse de sus promesas de campaña y en desaparecer discretamente de los reflectores. Aunque ya era demasiado tarde, muchos británicos recordaron entonces las palabras de Margaret Thatcher, para quien los referendos eran “el instrumento de los demagogos”.

2. Chile: “La alegría ya viene”

El dictador Augusto Pinochet autorizó en 1988 organizar un plebiscito sobre su gobierno porque estaba seguro de que lo iba a ganar. No solo la economía iba bien, sino que en 1980 el régimen había arrasado en una consulta similar. Pero los tiempos habían cambiado y el general no contó con tres hechos que marcaron una nueva realidad electoral. En primer lugar, la comunidad internacional vigiló de cerca el proceso, y el gobierno tuvo que respetar las reglas electorales. En segundo, la oposición promovió con éxito el registro de miles de cédulas de ciudadanos que nunca habían votado. Y en tercero, la campaña por el No convocó a todo el abanico político chileno, lo que le permitió a sus promotores alejar el espectro de que rechazar a Pinochet significaba regresar al socialismo. Sin olvidar las cuñas de televisión y la pegajosa canción que las acompañaba, que con humor y sencillez convencieron a los chilenos de pasar esa oscura página de su historia.

3. Sudáfrica: sí hay cama pa tanta gente

No es usual que la gente vote por quitarse privilegios. Mucho menos que lo haga en un periodo de incertidumbre. Sin embargo, eso hicieron los 3 millones de blancos sudafricanos en 1992. Ese año, el presidente Frederik de Klerk convocó un plebiscito en el que básicamente les preguntaba si querían acabar con los 44 años de apartheid, es decir, el sistema en el que 48 millones de negros eran ciudadanos de segunda clase en su propio país. Como dijo a SEMANA Norbert Kersingh, uno de los autores del libro Referendums Around the World, “sin el referendo no habría sido posible una transición pacífica y el fin del ‘apartheid’ habría sido mucho más largo y tortuoso”. En 1995, cuando el proceso ya era imparable, los negros les devolvieron el favor a sus antiguos enemigos al apoyar con todas sus fuerzas a la selección nacional en la final del Mundial de Rugby, un deporte hasta entonces símbolo del racismo que caracterizaba al país.

4. Irlanda del Norte: la paz sí es posible

A principios de los años noventa, el conflicto entre el nacionalista Ejército Republicano Irlandés (IRA) y las fuerzas unionistas leales al Reino Unido estaba degenerando en una guerra civil. Pocos creían que esa generación conocería la paz. Y, de hecho, en ambos había muchas personas dispuestas a hacer lo que fuera para vengar los horrores del Domingo Sangriento, en el que paramilitares unionistas acribillaron a manifestantes nacionalistas desarmados, o de los atentados del IRA contra civiles. Sin embargo, en 1998, el líder del partido nacionalista Sinn Féin, Gerry Adams, y el primer ministro británico, Tony Blair, se embarcaron en un intenso proceso de paz que condujo a los Acuerdos de Viernes Santo, vigente hasta hoy. Sin embargo, es claro que el proceso no habría permanecido hasta ahora si un mes más tarde el pueblo irlandés no lo hubiera refrendado mediante un plebiscito. En promedio, dos de tres irlandeses apoyaron la paz.

5. Canadá: sí, pero no

Desde la fundación de Canadá, la provincia de Quebec se distinguió del resto del país por sus tradiciones, su lengua y su cultura francesa. Tras la llegada al poder del partido nacionalista Bolc Quebecois en las elecciones provinciales de 1994, el sueño independentista de partir cobijas con Ottawa parecía concretarse. Y en efecto, el campo del Sí a la separación lideró las encuestas hasta el último día de una campaña frenética y muy polarizada, en la que no solo los quebequenses sino todos los canadienses entendieron que el futuro de su país estaba en juego. El día de las elecciones, la participación fue casi del 95 por ciento y el resultado fue uno de los más ajustados de la historia. De los 5 millones de electores que participaron en esos comicios, menos de 54.000 votos marcaron la diferencia entre el Sí y el No, que resultó ganador. Para muchos, la extrema complejidad de la pregunta planteada a los electores influyó en un resultado que un puñado de votos habría podido inclinar a uno u otro lado de la balanza.

6. Unión Europea: los límites de la integración

A mediados de la década pasada, la Unión Europea (UE) atravesaba por uno de sus mejores momentos. La adopción del euro en 2001 y la adhesión a diez nuevos países en 2004 tenía a los eurófobos con el viento en contra. Sin embargo, en 2005 la Unión encajó su primer gran revés. Ese año, 10 de los 25 miembros que en ese entonces componían la UE tenían previsto organizar referendos para que sus ciudadanos aprobaran la Constitución que sus líderes habían aprobado un año atrás. Sin embargo, primero los franceses y luego los holandeses rechazaron sin ambigüedad la Carta Magna continental, lo que llevó a anular las consultas previstas en la República Checa, Dinamarca, Portugal, Reino Unido y Suecia. Aunque en su momento el rechazo se vivió como un nuevo desafío para la UE, lo cierto es que el texto aún no es aprobado. Desde entonces, el proyecto europeo entró en un limbo del que nadie sabe cuándo saldrá.

7. Francia: el adiós a De Gaulle

Dentro de los héroes nacionales galos, Charles de Gaulle ocupa un lugar destacado no solo por haber triunfado sobre el terror nazi, sino también por la nobleza con la que aceptó el final de su ciclo. En 1969, a mediados de su segundo mandato, el general convocó un referendo para reformar el Senado y reorganizar las regiones. Aunque no se trataba de una cuestión de vida o muerte, dejó claro que si el No ganaba, él se retiraría de la vida política. Y así fue. Pocas horas después de conocerse los resultados, De Gaulle redactó un lacónico comunicado en el que anunció sus intenciones: “Dejo de ejercer mis funciones como presidente de la República. Esta decisión entra en vigor hoy a mediodía”. A continuación, para no entorpecer el proceso político, se refugió durante dos semanas en una aldea de la costa atlántica irlandesa. Tenía 78 años y había gobernado durante 10.

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