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| 1/31/2000 12:00:00 AM

Siglo XIX: Progreso y capitalismo

El gran desorden revolucionario abierto en 1789, que desbarajustó a toda Europa con las guerras de la Revolución, del Consulado y el Imperio, se cerró con la derrota de Napoleón en Waterloo en 1815. Y entonces, con el Congreso de Viena y las restauraciones —pero de unas monarquías crecientemente constitucionales y burguesas— pudo empezar en paz el siglo XIX. Iba a durar —aunque desfasado en 15 años con el sistema decimal— un siglo exacto: hasta la primera Guerra Mundial de 1914.

¿Dije “en paz”? Fue un período, como todos, lleno de guerras, y por todos los motivos imaginables. Las de independencia de la América española (que caería luego, como vaticinó el Libertador Simón Bolívar, en manos de “tiranuelos imperceptibles de todos los colores”). Las del opio en China (para obligar a los chinos, como explicó virtuosamente el presidente norteamericano John Quincy Adams, a “cumplir el mandamiento cristiano del amor al prójimo”: es decir, a abrir sus mercados a los productos de Occidente, en particular el opio inglés). La de Secesión de Estados Unidos (por la abolición de la esclavitud; o, más exactamente, para someter el Sur esclavista, rural, feudal y librecambista al Norte industrial, capitalista y proteccionista). La franco-prusiana de 1870 (para desfogar las energías demográficas, militares y económicas de la Alemania unificada). Las guerras coloniales en Asia y Africa (para llevar el progreso: pues el progreso, la fe en él, su realidad y su ilusión, fueron el motor del siglo XIX).

Sólo faltó un pretexto: la religión. Es el primer siglo de la historia de Occidente en que no hubo derramamientos de sangre en nombre de Dios. Incluso pudo verse, como en la guerra de Crimea, el insólito caso de potencias cristianas aliadas con el infiel: Inglaterra y Francia con Turquía contra el cristiano zar de Rusia. El XIX es un siglo laico: el único de este milenio. Libros tan provocadores como La Evolución de las Especies de Darwin o La Vida de Jesús de Renan pudieron publicarse sin despertar otra cosa que debates intelectuales.

También es un siglo de revoluciones. Políticas unas, de inspiración democrática, liberal y burguesa, que sacudieron Europa desde los Balcanes hasta España. Nacionalistas otras, en Italia y en Europa central. Y sociales: en 1848 la revolución social estalló en Francia y en unas pocas semanas se propagó espontáneamente por toda Europa. Salvo en la periferia (España, Rusia y Gran Bretaña) cayeron como naipes todos los gobiernos, en lo que se llamó “la primavera de los pueblos”. Pero el brote revolucionario duró sólo una primavera: seis meses más tarde había fracasado en todas partes y habían sido restaurados todos los regímenes derrocados; salvo en la propia Francia, donde sin embargo un par de meses más tarde Luis Napoleón iba a demostrar que el temido sufragio universal es tan inofensivo que sirve hasta para proclamarse emperador. La burguesía había dejado de ser revolucionaria para convertirse en la clase del orden.

Y es un siglo de expansiones. La más preñada de futuro, la de Estados Unidos para ocupar de costa a costa su vasto continente casi deshabitado, conquistando el Oeste mediante el exterminio de los indios aborígenes y redondeándose por el Sur en la guerra contra México. Y tal vez la más cruel, la expansión colonial europea en la India, el sureste de Asia, la totalidad de Africa. Sólo el Japón pudo resistir el empuje occidental —mediante el recurso de imitar en todo a Occidente, desde los telégrafos hasta la administración de justicia; poco después lo imitaría también en el imperialismo—.

El motor de todo eso fue, ya se dijo, el progreso. El progreso industrial basado en modos de producción capitalista, creados éstos a su vez por el desarrollo económico mismo. El movimiento partió de Inglaterra, que desde su ‘revolución burguesa’ de finales del XVII contaba con la ventaja de una estabilidad política interna no alterada ni siquiera por la Revolución y las guerras napoleónicas, así como con una ágil red bancaria: Londres era ya, desde hacía un siglo, la capital económica del mundo. La industrialización textil primero (por primera vez en la historia los pobres pudieron comprar ropa), y luego el desarrollo de la industria pesada debido a los ferrocarriles y a la construcción naval, le dieron al capitalismo inglés un impulso gigantesco, a la vez causa y consecuencia de la expansión colonial con la brutal apertura de los mercados de India y China. Así, a mediados del siglo se desató un auge económico prodigioso, que se contagió a Francia y Alemania bajo sus burguesías triunfantes y —en consecuencia— partidarias del orden, y luego a Estados Unidos, y hasta a la profunda Rusia rural y todavía feudal. Un auge como no se había conocido jamás en la historia, y que cambió la faz del mundo. El positivista Auguste Comte dictaminaba encantado que la sociedad industrial había sustituido a la sociedad militar de toda la vida, y se atrevía a pronosticar que sería pacífica.

Se equivocaba. Como resultado de la industrialización surgió una nueva clase, el proletariado. Que iba a ser ella sí, según aseguraba confiado el socialista Karl Marx, el agente colectivo de la revolución definitiva y de la felicidad humana. Pero entre tanto cundía la infelicidad en las descomunales ciudades proletarias creadas por la industrialización. Novelistas como Dickens, Balzac y Víctor Hugo describían esa infelicidad de la nueva miseria social producida por la nueva riqueza capitalista. Pensadores políticos como Proudhon, Lasalle o el propio Marx se esforzaban por encontrarle una salida, y bajo la dominante ideología burguesa del liberalismo empezaba a cuajar otra, la del socialismo. No sólo en la teoría, sino en la práctica. Marx no sólo escribía su famoso panfleto, el ‘Manifiesto Comunista’ de 1848, sino que fundaba la Internacional Socialista. Crecían los partidos obreros. En Inglaterra se formaban las Trade Unions: los sindicatos. En 1870, provocada por la caída del Segundo Imperio francés en su guerra contra Prusia, brotó como una llamarada la Comuna de París: una revolución proletaria y socialista que fue inmediatamente ahogada en sangre, pero que se convertiría en el símbolo de la esperanza obrera y en la pesadilla del orden burgués; las cosas podían cambiar. Por eso ha podido decirse que en 1914 Occidente estaba “tan al borde de la guerra como del socialismo”. El siglo XIX sabía que iba a morir.
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