Lunes, 24 de noviembre de 2014

| 2013/08/31 03:00

Siria está al borde del abismo

Bombardear al país no es difícil para EE. UU., pero las consecuencias geopolíticas serían catastróficas.

Sin mucho entusiasmo, después de dos años y medio de guerra civil, a Barack Obama no le quedó otra alternativa que intervenir en Siria.

El caos se apoderó de la frontera entre Siria y Líbano. A pie, en carro, como sea, una inmensa horda de civiles buscaba el viernes una sola cosa: abandonar Siria lo más rápido posible y ponerse a salvo antes del inminente bombardeo de Estados Unidos contra el gobierno de Bashar al-Assad. “Tan solo el miércoles pasaron más de seis mil carros”, le dijo a SEMANA el dueño de un supermercado de Chtaura, un pueblo libanés en la autopista que lleva de Damasco a Beirut. 


Una mujer explicó que “venimos unos días a Líbano, mientras vemos qué pasa. Pero quiero volver cuanto antes, no le voy a dejar el país al régimen, aunque la vida se volvió imposible. Pero ganaremos”. Aunque al cierre de esta edición Washington aún no había apretado el gatillo para castigar el supuesto ataque de Al-Assad con químicos en Damasco, la única pregunta era cuándo iban a atacar. 


A comienzos de la semana, la Casa Blanca y sus aliados en París y Londres prometieron una y otra vez una respuesta a los horrores sirios, pero los gritos de guerra mermaron poco a poco. El principal problema era la falta de pruebas contundentes de la responsabilidad directa de Al-Assad en la agresión química. 


Pero el viernes el secretario de Estado norteamericano John Kerry dijo: “Sabemos que tres días antes del ataque las divisiones químicas de Al-Assad estaban en el área preparándose. Sabemos desde dónde se lanzaron los cohetes, a qué hora. Sabemos que estos se encuentran en zonas controladas por el gobierno sirio y sabemos que cayeron en zonas controladas por los rebeldes. Sabemos que un oficial del régimen que sabía del ataque confirmó que el régimen usó armas químicas y que estaba asustado. Sabemos que después el régimen bombardeó cuatro días seguidos el área afectada para borrar las pruebas. Ahora que sabemos lo que sabemos, la pregunta es: ¿qué vamos a hacer?”.


Kerry ya sabía que en Londres, el primer ministro David Cameron no había sido tan contundente y que esa duda había paralizado al Parlamento británico, que después de un interminable debate rechazó participar en la ofensiva. Sobre la discusión flotó el fantasma de las mentiras con las que George W. Bush lanzó su invasión a Iraq y Estados Unidos perdió un aliado histórico que siempre lo ha acompañado en sus esfuerzos bélicos.


Y aunque desde un principio Washington descartó la necesidad de obtener una autorización de las Naciones Unidas para bombardear, le tocó esperar que en Damasco un equipo de inspectores recogiera pruebas del uso de gases. En el Consejo de Seguridad, el único órgano que puede autorizar el recurso a la fuerza, Obama se enfrentó una vez más al veto inamovible de Rusia y China. 


Ahora, como Bush en Iraq, todo indica que el premio nobel de la paz de 2009 se vio obligado a ir solo a la guerra. Lo malo es que él mismo se metió en este callejón sin salida, pues en el último año advirtió por lo menos cinco veces que si Damasco usaba armas químicas, cruzaría una “línea roja”. Esta vez la credibilidad de Washington como autoproclamado gendarme del mundo estaba en entredicho. La simple condena retórica ya no bastaba y la Casa Blanca tenía que planear una guerra para mostrarle a Siria, pero también a Irán o Corea del Norte, que no solo tiene labia, sino también dientes. 


El argumento oficial de la Casa Blanca es que si se tolera la espantosa masacre química siria, se perdería la oportunidad de poner un freno definitivo al uso de ese tipo de armas. Y como dijo Kerry, sus aliados en Israel, Líbano y Jordania solo están a una “brisa” de Damasco. Para hacerlo, la administración Obama filtró en todos los medios un plan de acción “discreta y limitada”. En el léxico del Pentágono no se trata de invadir Siria ni de tumbar a Al-Assad, sino de lanzar misiles Tomahawk un par de días desde sus buques y aviones para castigar el régimen y machacar sus arsenales tóxicos. 


Sin embargo la efectividad de este tipo de ataques está por verse. Al bombardear los depósitos de gases, escondidos hasta en ciudades, se corre el riesgo de contaminar poblaciones enteras. Y la precisión de los bombardeos en zonas civiles tiene grandes límites. 


En Damasco, una activista que usa el seudónimo de Alexia Jade, le dijo a SEMANA que “el régimen instaló sus bases en nuestros barrios. Estoy preocupada por los misiles, pero acá todos los días mueren decenas de inocentes. Si un ataque logra que Al-Assad deje de asesinar unas semanas, es mejor que mueran un par de civiles por los daños colaterales. Suena horrible, perdimos toda humanidad, pero aquí hay siempre que pensar en lo menos peor”.


Otro problema, que agentes de inteligencia revelaron a la agencia AP, es que no saben exactamente donde Al-Assad almacena sus tóxicos. Y además, con todo el ruido de la Casa Blanca, sus agentes ya movieron parte de su arsenal. Por eso los misiles de Obama se concentrarán en debilitar las bases, los aeropuertos, la infantería del régimen, para que no pueda usar sus químicos. Y ser los suficientemente violentos como para que a Bashar no las vuelva a utilizar. Porque si realmente quieren que desaparezcan los tóxicos tienen que, o invadir el país, o acabar con quien los usó. Y ninguna de las dos opciones está en la baraja de Obama. 


Porque el presidente de Estados Unidos quiere mostrar quién es el patrón y que con sus órdenes no se juega. Para Jade “Obama quiere salvar las apariencias, no vidas. De lo contario habría actuado antes, pues ya van más de 100.000 muertos”. Como escribió en su editorial el Wall Street Journal, “la ofensiva es una declaración política para revindicar las promesas irreflexivas de Obama, no para acabar con la capacidad de Al-Assad de seguir haciendo la guerra contra su propio pueblo”. 


El juego de Obama se parece al ensayo de George Orwell Matar un elefante, donde cuenta que, cuando era oficial británico en Birmania, le tocó matar a un elefante solo porque era lo que la gente esperaba que hiciera un representante del imperio, no porque el animal representara peligro alguno. Como Orwell, Obama tiene que “hacer algo”,  aunque sea lo mínimo. Lo malo es que, en este caso, el elefante puede desplomarse sobre todos.


La razón es que en la guerra de Siria están presentes conflictos que se sobreponen y se mezclan, cada cual más peligroso e imprevisible que el anterior. Desde hace unos meses los islamistas radicales del frente Al-Nusra, entre quienes se cuentan centenares de militantes internacionales de Al Qaeda, se fortalecieron y lideran ahora la lucha antirégimen. Hay además una guerra confesional entre los chiítas, apoyados por Irán, el Hezbolá libanés y el clan Assad, contra los sunitas mayoritarios, que Arabia Saudita, Qatar y Turquía ayudan. Para rematar, Moscú y Damasco tienen una amistad de larga data, mientras Jordania e Israel, dos grandes aliados de Estados Unidos, comparten fronteras con Siria. 


Si la Casa Blanca tumbara a Al-Assad, podría estar abriendo el camino a los yihadistas de Al Qaeda y Siria también puede terminar fragmentada en feudos religiosos en guerra permanente. Los misiles de Obama tienen además el poder de incendiar toda la región. El conflicto ya contagió al vecino Líbano, más dividido y frágil que nunca, con bombazos en Beirut, enfrentamientos sectarios y 700.000 refugiados. 


Según le dijo a SEMANA en ese país un joven cercano a Hezbolá, “estamos listos para lo que nos digan, no creo que nos quedemos quietos”. Una mujer que no quiso ser identificada, añadió que “van a usar a su gente y las armas de Al-Assad para atacar Israel desde Siria”.


Y es que la milicia chiíta y el país de la estrella de David son enemigos mortales. En Israel la venta de máscaras de gas aumentó un 300 por ciento, el gobierno llamó a sus reservistas e instaló misiles defensivos pues Damasco advirtió que “si somos atacados, Tel Aviv va arder”. Irán prometió una “lluvia de mil misiles”. Tampoco se sabe si Siria tomaría retaliaciones contra Turquía o Jordania. Y dominando el tablero, Rusia es la gran incógnita. 


Allá advierten que Washington busca un pretexto para intervenir como en Iraq y que esta vez Moscú no se va a callar. El Kremlin ya envió dos buques de guerra al Mediterráneo, pero podría ir más allá y venderles armas de última generación a Irán y Siria. Vladimir Putin no se va enredar directamente en este lodazal, ¿pero qué pasaría si un misil ruso, disparado por Damasco, se abate sobre una base estadounidense en Turquía? 


Jade, que espera en Damasco mientras las potencias mundiales hacen sonar sus tambores de guerra, lanzó un grito desesperado: “El mundo ve como nos desangramos y no hace nada. Claro acá no hay petróleo, no hay nada. Todos hablan de derechos humanos, de proteger a los civiles. ¿¡Qué están haciendo ahora!?”. 

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