14 septiembre 2013

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Siria: Guerra entre paréntesis

SIRIAAunque es difícil eliminar las armas químicas, la diplomacia evitó el ataque de EE.UU., dio una salida honorable a Obama y reforzó el poder de Putin.

Siria: Guerra entre paréntesis.  Barack Obama. Aunque su posición internacional no salió fortalecida, evitó por ahora meterse en el avispero sirio, una opción rechazada por 61 por ciento de sus ciudadanos, y se salvó de una probable derrota en el Congreso, que estaba a punto de votar sobre la intervención.
Vladimir Putin. El ganador de este pulso diplomático. Logró proteger a su aliado sirio, evitó la inminencia de un ataque estadounidense y se posicionó como un jugador clave en el Medio Oriente.

Barack Obama. Aunque su posición internacional no salió fortalecida, evitó por ahora meterse en el avispero sirio, una opción rechazada por 61 por ciento de sus ciudadanos, y se salvó de una probable derrota en el Congreso, que estaba a punto de votar sobre la intervención. Vladimir Putin. El ganador de este pulso diplomático. Logró proteger a su aliado sirio, evitó la inminencia de un ataque estadounidense y se posicionó como un jugador clave en el Medio Oriente.

Después del horror, la calma. Goutha, el barrio de Damasco que sufrió un aterrador ataque químico, es un distrito fantasma. Las casas permanecen vacías, a la espera de moradores que nunca volverán. El miedo a morir envenenados incluso ahuyentó los ladrones, curtidos en el saqueo de hogares aban
donados de la guerra en Siria. 

Poco parece haberse movido desde aquella mortífera madrugada del 21 de agosto pasado. Solo quedan los fantasmas del bombardeo de gases, que según la oposición aniquiló a más de 1.000 personas. Un crimen que puso al mundo a sudar las últimas tres semanas por la guerra retórica entre Rusia y Estados Unidos, pero que todo parece indicar va a quedar impune.

Tras el ataque Estados Unidos movió cinco destructores al Mediterráneo y prometió una respuesta contundente al desafío de Siria, pues Obama repitió cinco veces en el último año que el uso de armas químicas era una “línea roja” que provocaría una intervención. Siria es un avispero donde se sobreponen conflictos confesionales, sectarios y en el que tanto Washington como Moscú tienen intereses.

La peligrosa escalada se desactivó con una frase del secretario de Estado norteamericano John Kerry que dijo, al parecer sin consultarle a nadie, que Damasco podía evitar el ataque si entregaba sus armas químicas. Parecía un chiste, pues añadió inmediatamente que el régimen “no lo va a hacer y no lo puede hacer, obviamente” y calificó sus palabras de “simple ejercicio retórico”.

Aunque pocos saben si habló de más o si se trató de un truco de alta diplomacia, nadie se imaginó que el canciller ruso Sergei Lavrov le haría caso. En un par de horas, un instante en los tiempos de la diplomacia, se apropió de la idea y planteó que el gobierno sirio debería entregar sus armas químicas a una comisión internacional. Dijo, además, que el gobierno de Damasco tenía la voluntad de colaborar. 

Al día siguiente se esperaba un discurso bélico del presidente Barack Obama para justificar un ataque. La Casa Blanca llevaba semanas exclamando que el régimen es “una obscenidad moral”, que “tenemos que evitar que los niños mueran así”, y que “somos Estados Unidos. No podemos seguir ciegos ante las imágenes de Siria que hemos visto”. 

Pero Obama cambió radicalmente el tono. Insistió en que “esta nación está harta de la guerra”, que hay que concentrarse en “la tarea de construir nuestra nación aquí, en casa” y aceptó con condiciones la propuesta rusa, que implicará duras rondas de negociación para fijar las condiciones en las que el arsenal químico se va a desmantelar.

Broma, metida de pata o estrategia, la frase de Kerry se convirtió en el mejor salvavidas para Obama, un presidente que terminó asediado por sus propias palabras y obligado a realizar este complicado número de equilibrismo. Al fin y acabo, cuando el régimen sirio cruzó las “líneas rojas” que él mismo trazó, le tocó alistar su flota para bombardear a Siria. 

Después, cuando ya los misiles se aprestaban a atacar, decidió pasarle la pelota al Congreso al pedirle permiso. Y ya cuando senadores y representantes a la Cámara se disponían a propinarle lo que habría sido vista como una derrota política al rechazar la intervención, Obama se agarró de la propuesta rusa y dijo que esperaba el trabajo de la diplomacia.

Y es que la Casa Blanca va dando tumbos con una estrategia contradictoria: mostrar que su palabra se debe respetar pero sin meterse al avispero sirio. Pero Obama solo logró perder credibilidad al tener que recurrir a los rusos para salvarle el honor. Como le dijo a SEMANA Carl Meacham, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) y exasesor del Comité de Relaciones exteriores del Senado, “la buena noticia es que no estamos en guerra. La mala es casi todo lo demás: la forma como el presidente Obama manejó la crisis, sus cambios de opinión, sus problemas de liderazgo”.

Los desastres de las guerras en Afganistán y en Iraq explican gran parte de ese miedo, esa parálisis. Aunque según un sondeo el 75 por ciento de los estadounidenses estaban seguros de que Al-Assad usó armas químicas contra civiles, el 61 por ciento rechazaba la intervención. Y en el Congreso la corriente aislacionista, que cíclicamente golpea la política estadounidense, volvió con fuerza. El problema es que esa falta de decisión solo logró reforzar el poder del presidente ruso Vladimir Putin y poner el régimen de Al-Assad a salvo. 

Como le explicó a SEMANA Eric Farnsworth, vicepresidente del Consejo de las Américas y experto en diplomacia, “Obama accedió de facto a que Al-Assad siga en el poder a pesar de que hace un tiempo exigió que se fuera e ignoró su famosa línea roja. La nueva política frente a Siria equivale a ver a alguien asesinar a cuchillo y, en vez de castigarlo, quitarle el cuchillo. El presidente le cedió a Rusia el liderazgo de la situación, cuando Putin no es un actor desinteresado ni objetivo, ni un aliado confiable de Estados Unidos”.

El Kremlin emerge como el gran ganador del ajedrez diplomático. Protegió a su aliado histórico sirio y sus intereses en la región, recordó que Rusia no se puede ignorar, evitó tener que enfrentar decisiones complicadas en caso de un ataque estadounidense, se consolidó como un contrapoder a Washington y se volvió el país que puede acabar con la amenaza química de Al-Assad. Y claro, le ofreció a Obama la posibilidad de no meterse en Siria.

Para empeorar las cosas, eliminar el arsenal tóxico sirio es casi imposible, no solo toma años y cuesta miles de millones de dólares, sino que adelantar esa operación en medio de una guerra civil es una locura. Pero en realidad eso es lo de menos, pues tanto rusos como estadounidenses se necesitan el uno al otro para preservar su credibilidad internacional, algo más importante que la vida de los sirios. 

Algunos optimistas piensan que el diálogo entre Moscú y Washington puede llevar a buscar una solución política que detenga el baño de sangre. Pero la realidad es que la peor crisis humanitaria del siglo XXI se desata sin que pase mayor cosa. Esta semana las Naciones Unidas publicaron un informe que documenta los crímenes de guerra que ambos bandos cometen. 

Documentaron el asesinato de adolescentes por blasfemia a manos de los rebeldes islamistas, masacres sistemáticas de civiles, la tortura hasta la muerte de cientos de prisioneros, la ejecución de médicos por “atender terroristas” y la presencia de niños de 13 años que combaten para vengar a sus familiares. La atrocidad parece ser la única brújula. 


John Kerry
Con su propuesta, aparentemente no planeada, de exigirle a Siria entregar su arsenal químico, el secretario de Estado desactivó una crisis cuyas consecuencias eran imprevisibles.

Barack Obama
Aunque su posición internacional no salió fortalecida, evitó por ahora meterse en el avispero sirio, una opción rechazada por 61 por ciento de sus ciudadanos, y se salvó de una probable derrota en el Congreso, que estaba a punto de votar sobre la intervención.

Vladimir Putin
El ganador de este pulso diplomático. Logró proteger a su aliado sirio, evitó la inminencia de un ataque estadounidense y se posicionó como un jugador clave en el Medio Oriente.

Bashar Al-Assad
El dictador sirio se salvó momentáneamente del bombardeo y se salió con la suya a pesar de que todo indica que su Ejército atacó con armas químicas. Su estrategia de desafiar a occidente se consolida.



Los rebeldes
Aunque la CIA confirmó que ya les empezó a entregar armas, condenaron la indecisión de Washington y pidieron procesar a Al-Assad por crímenes de guerra.



¿Cómo se destruyen las armas químicas?

El proceso para deshacerse de los gases es caro, largo y prácticamente irrealizable en un país en guerra civil como Siria.

*Incineración: en hornos especiales, los químicos son quemados a 2.000 grados centígrados. El proceso se complica si los gases están acoplados a proyectiles pues deben ser desmontados por robots y las piezas se tratan aparte.

*Neutralización: al mezclarlos con otros elementos químicos, se contrarrestan los efectos de algunos gases.

*En Estados Unidos eliminar una tonelada de químicos cuesta 1 millón de dólares. Siria tiene más de 1.000 toneladas de gases.

*Para 1994 el arsenal químico estadounidense de 33.000 toneladas tenía que haber desaparecido, pero el programa iniciado en los años noventa va hasta 2023.

*Los químicos son tan volátiles y mortíferos que su eliminación se tiene que hacer en Siria. Hay que importar las máquinas y construir instalaciones.
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John Kerry.

5 destructores estadounidenses rodean las costas sirias.

6 buques rusos presentes en el Mediterráneo.

Bashar Al-Assad.

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