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| 11/27/1989 12:00:00 AM

Sorpresas te da la vida

El Kremlin reconoce sus pecados en Afganistán y los comunistas pierden escaños en el Soviet Supremo.

No sólo los movimientos hacia la democracia que barren a Polonia y Hungría desafían la imaginación de los analistas. Los cambios desencadenados en la URSS por la apertura preconizada por Mijail Gorbachov están superando lo previsto.
No de otra forma se pueden explicar los sucesos presentados en la reunión de la semana pasada del recién elegido Congreso de los Diputados del Pueblo. Lo primero fueron las afirmaciones hechas por el ministro de Relaciones Exteriores, Eduard Shevardnadze, en relación con puntos álgidos de la política soviética anterior al ascenso del profeta del glasnost y la perestroika. Hablando con el propio Gorbachov a sus espaldas, Shevardnadze afirmó que la operación que llevó a miles de soldados de la URSS a ocupar a Afganistán en los últimos días de la década pasada, constituyó una violación de las leyes soviéticas y de las normas de comportamiento internacional. Shevardnadze era en la época miembro sin derecho a voto del Politburó, como Gorbachov, lo que lo exonera de cualquier responsabilidad en esa decisión. Como apoyándose en esa circunstancia, el ministro afirmó en su discurso -televisado a todo el país- que se había enterado del traslado de las tropas soviéticas por la radio y que él, como el resto de los soviéticos, había tenido que enfrentar el asunto como un fait accompli, es decir, como un hecho cumplido.
Per esa no fue la única bomba que soltó el dirigente soviético. En una afirmación que dejó boquiabiertos a muchos observadores, dijo que el gigantesco radar que los soviéticos tienen en construcción en la ciudad de Krasnoyarsk, es efectivamente una violación a los tratados celebrados con Estados Unidos en 1972 para la limitación de misiles estratégicos. Hace tan sólo ocho meses los soviéticos insistían en afirmar que el aparato, de 10 pisos de altura, estaba destinado a detectar objetos espaciales y que, por lo tanto, se acomodaba perfectamente a la letra de los tratados con la potencia norteamericana.
Las implicaciones de esa afirmación residen en el hecho de que los soviéticos se apoyaban en su "estricto" cumplimiento de ese tratado -conocido como ABM-, para oponerse al programa bandera del gobierno de Ronald Reagan conocido como "la guerra de las galaxias".
El ejercicio de realpolitik, demostrado por la mano derecha de Gorbachov, dejó atónitos a muchos analistas norteamericanos, sobre todo cuando a renglón seguido respaldó tácitamente los movimientos democratizadores de Europa Oriental al describirlos como "cambios cualitativos e históricos" en Estados "que no dejan de ser nuestros vecinos, amigos y aliados". Pero una decisión posterior del Congreso pareció superar todas las previsiones, incluídas las de la alta dirigencia del Kremlin. En una decisión histórica, los 542 miembros del nuevo Soviet Supremo decidieron votar, por 254 sufragios a favor, 85 en contra y 36 abstenciones, la supresión de los escaños especiales destinados -o asegurados- para el Partido Comunista y otras organizaciones públicas. Según los observadores, esa eliminación, que se aplica a las elecciones nacionales y locales, respondió a criticas surgidas en todo el país que afirmaban que esos espacios reservados resultaban antidemocráticos.
La razón es clara. De los 2.250 puestos del Congreso de Diputados del Pueblo, un tercio era reservado para "organizaciones públicas" y 100 para el Partido Comunista, una de ellas, precisamente la ocupada, sin pasar por el cedazo de la confrontación electoral, por el propio Gorbachov.
Los críticos del sistema argumentaban además que al permitir, por ejemplo, que los miembros de la Academia de Ciencia eligieran sus representantes y además votaran en sus circunscripciones, se configuraba un voto doble que le quitaba validez a sufragio universal.
Pero ahí todavía no para la cosa. Los legisladores aprobaron, aún contra la expresa oposición de Gorbachov -que se quejó de la posibilidad de concentrar demasiado poder local-, que las 15 repúblicas que constituyen la Unión eligieran directamente su presidente, e incluso determinaran en forma autónoma el sistema electoral a seguir.
Claro que esas decisiones requieren una modificación constitucional y, por lo tanto, deberán ser ratificadas por el congreso en pleno, que se reunirá en diciembre. Pero muchos se preguntan desde ahora si, de aprobarse en segunda instancia, los comunistas soviéticos, con Gorbachov a la cabeza, no se habrán puesto "a tiro de fusil" para sufrir lo mismo que les ha pasado a sus colegas de Hungría, pero sobre todo de Polonia. Eliminados sus escaños fijos, los comunistas están ad portas de tener que ganar a pulso su representatividad en los órganos directivos del Estado.
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