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| 11/24/1997 12:00:00 AM

SUEÑO O PESADILLA

Mientras la revolución de octubre cumple 80 años en medio del renacimiento del capitalismo, los rusos se preguntan por su futuro. punto de partida de una nueva utopía, o el inicio de una larga y negra tragedia, según quien opine, el 7 de noviembre se cumplen 80 años de la revolución de octubre. Ese año crucial de 1917 fue el último en el que los rusos usaron el calendario juliano, que tenía un retraso de 13 días en relación con el gregoriano, dominante en el mundo. Por eso la toma del poder absoluto por parte de los bolcheviques sucedió en lo que para ellos era entonces el 25 de octubre y la memoria popular, que no digiere curiosidades cronológicas, lo registró así. Esa es la razón por la cual sólo en la primera semana del mes de noviembre los rusos recordarán, con mayor o menor interés, los sucesos que condujeron al triunfo de la revolución comunista en el país más grande del mundo. Tras la toma del Palacio de Invierno de San Petersburgo comenzó realmente el siglo XX. Cayeron tres grandes imperios, el ruso, el alemán y el austrohúngaro, y se inició una convulsionada etapa de guerras, crisis y revoluciones. Mirados en perspectiva, los sucesos de 1917 fueron en realidad un eslabón más de un largo proceso que terminaría con la fundación de la Unión Soviética, pero se desencadenaron con una rapidez tal que hasta su propio líder Vladimir Ilich Ulianov, conocido como Lenin, fue tomado por sorpresa en su exilio en Finlandia. El imperio zarista ruso se desmoronó con el mismo estrépito sorpresivo con el que se derrumbaría, escasos 74 años más tarde, su heredero soviético. Un triunfo tan espectacular de los comunistas de la línea bolchevique permitió a muchos intelectuales y políticos del mundo entero creer que la revolución mundial era inevitable y que era posible fundar una nueva sociedad, basada en la primacía de la clase obrera, y el final de "la explotación del hombre por el hombre". Pero esas expectativas nunca se cumplieron y, con el tiempo, la contradicción de esos postulados con el capitalismo occidental llevaría al establecimiento de la bipolaridad que dominó _y reguló_ al mundo hasta 1991. La Rusia de hoy está muy lejos de la Rusia revolucionaria de 1917, mayoritariamente campesina, atrasada y feudal, pero también muy lejos de la Unión Soviética que hace unos años competía con Estados Unidos por el predominio militar, económico y espacial en el mundo. Ochenta años después el capitalismo proscrito por los bolcheviques parece imponerse de nuevo, y algunos pensadores occidentales, como el norteamericano Francis Fukuyama, predican "el fin de la historia". SEMANA auscultó en las calles de Moscú lo que piensan de su revolución, de sus éxitos y fracasos los rusos de hoy.

Diferentes visiones Serguei, 24 años, economista egresado de la Mgimo, una de las más prestigiosas universidades moscovitas, se ganaba unos rublos como estudiante haciendo traducciones del español al ruso al comienzo de las reformas hace cinco años. Hoy Serguei conduce temerariamente una costosa camioneta Ford Explorer negra de gran cilindrada, insulta a los choferes de los destartalados 'Ladas' que se cruzan en su camino, le compra abrigos de mink a su novia, viaja a París los fines de semana, mantiene a su padre y a su madre jubilados. Sin revelar el misterio de su recién adquirida fortuna, Serguei piensa que nunca estuvo mejor. "¿Qué pienso sobre la revolución de octubre? No sé... es como si me preguntan por Pedro el Grande... Pero de una cosa estoy seguro: ahora puedo comprar ropa en Hugo Boss, tener mi apartamento, viajar libremente. ¿A quién se le puede ocurrir pensar en el pasado?" Nina, 44 años, maestra, gana el equivalente a 100 dólares por mes y no sabe cómo juntar los 1.300 dólares que le piden en el hospital para eximir a su hijo del servicio militar, pues tiene un defecto congénito en el corazón, y los jóvenes conscriptos son sometidos a privaciones enormes, que los llevan en muchos casos al suicidio o a la muerte por golpes o torturas. "Para mí la vida nunca fue fácil. Como muchas otras madres separadas, vivo desde hace 20 años en una pieza de un apartamento comunal, llevo 15 años anotada en la lista para recibir un apartamento independiente, y ahora creo que nunca lo obtendré porque se acabaron las cosas gratis en este país. Sin embargo, antes me alcanzaba la plata para llegar a fin de mes y para comprarle los remedios a mi hijo. Ahora Yuri se quedó sin trabajo y vivimos los dos de mi sueldo. ¿Usted cree que así se puede vivir?". Volodia, 73 años, veterano de la Segunda Guerra Mundial, firme militante comunista, no permite ni una duda: "La 'gran revolución socialista de octubre' y la 'gran guerra patria' perdurarán en la historia. Este gobierno vendido de Yeltsin ha llevado a la Rusia de siglos de historia a la ruina", comenta, amargado. Serguei, Nina, Volodia, viven todos en la desgarrada Rusia de hoy, hija de las contradicciones del sistema soviético. Este no puede ser visto como uno solo a lo largo de su corta pero intensa historia: los primeros años de guerra civil; la imposición del stalinismo con la colectivización forzosa y las purgas en los años 30; la Segunda Guerra Mundial con los casi 40 millones de muertos; el desarrollo de posguerra, Yuri Gagarin, Khruschev y la desestalinización; Brezhnev y el estancamiento; Gorbachov, la perestroika y la crisis, hasta el estallido en 1991. Hechos escuetosPero aunque la Unión Soviética haya desaparecido es un hecho indiscutible que un país pobre y atrasado como Rusia, luego de la revolución del 17, se convirtió en la segunda potencia mundial, que igualó o sobrepasó a Estados Unidos en algunas producciones clave, que envió el primer hombre al espacio exterior, que alfabetizó a toda su población. El otro hecho indiscutible es que el sistema soviético de economía planificada fracasó en superar a su competidor capitalista, para la frustración de los Ninas y Volodias y el bienestar de los Serguei. Las explicaciones son muchas, desde los que consideran los hechos históricos como inevitables hasta los que piensan que la historia podía haberse dado de otra manera. El conocido historiador Eric Hobsbawm se pregunta: "¿Por qué el temor, o la esperanza, o el mero hecho de octubre de 1917 dominó la historia mundial por tanto tiempo y tan profundamente que ni siquiera los más fríos de los ideólogos de la guerra fría esperaban la súbita desintegración de 1989?". El historiador explica el colapso del sistema soviético por tres razones: primero, porque "el socialismo fue incapaz de encontrar o crear una economia de alta tecnología"; segundo, porque "en la sociedad de las comunicaciones globales, de los viajes y de la economía transnacional, no era posible mantener aisladas a las poblaciones socialistas de la información sobre el mundo no socialista", y tercero, porque "con la desaceleración de su crecimiento económico y su creciente atraso relativo, la URSS se fue haciendo muy débil económicamente para mantener su rol como superpotencia. En otras palabras, el socialismo de tipo soviético se fue haciendo cada vez menos competitivo y pagó el precio", concluye.
Esto no es para decir que la historia llega a su fin, como cree Fukuyama. Desde sus distintas perspectivas hay algo común entre los Serguei, las Ninas y los Volodias: ninguno cree en un futuro brillante y tranquilo en el que la economía de mercado marche viento en popa para asegurarles a todos una existencia mejor. En los umbrales del siglo XXI la historia parece acelerarse en vez de morir, la paz de los años brezhnevistas cede lugar a la zozobra y a la lucha por la vida de los que tienen mucho y de los que no tienen nada. La Rusia de las revoluciones y las guerras no parece escapar a su destino.
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