Sábado, 21 de enero de 2017

| 1992/10/26 00:00

TARJETA ROJA

El desconocimiento de Serbia como heredera de Yugoslavia no es un paso seguro hacia la paz.

TARJETA ROJA


EL PRIMER MINISTRO YUgoslavo Milan Panic recibió la decisión casi con lágrimas. A pesar de su insistencia, el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas resolvió no reconocer a la "nueva" Yugoslavia (formada por Serbia, Kosovo y Montenegro) como heredera del escaño de la Federación desaparecida. Esa decisión fue ratificada el 22 de septiembre por la Asamblea General y se convirtió en un hecho sin precedentes. Aunque no se trata técnicamente de una expulsión, nunca antes en la historia un país había sido excluido del máximo foro mundial.
Los responsables de la decisión fueron los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Estados Unidos, Rusia, Gran Bretana, Francia y China estuvieron de acuerdo en que por bien intencionado que estuviera Panic, su poder en Belgrado no era suficiente para que el antiguo ejército yugoslavo dejara de apoyar a los combatientes serbios de Bosnia Herzegovina. Sabían que su decisión podría costarle el puesto al Primer Ministro.
Panic, un millonario emigrado a Estados Unidos hace 30 años, tenía claro que si no lograba el levantamiento de las sanciones económicas, su pugna por el poder con el presidente serbio Slobodan Milosevic estaría perdida. Desde que Panic asumió el cargo en julio, era evidente que el verdadero comandante del ejército yugoslavo era Milosevic y que entre los dos hombres corría un oceano de diferencias. Panic ya sobrevivió el 2 de septiembre a una moción de censura promovida por el Partido Socialista Serbio de Milosevic, que le acusó de traición por su postura conciliatoria en las conversaciones de paz de Londres. Pero ahora Panic no tendra nada que ofrecer a Belgrado.
En esas condiciones y ante el reiterado fracaso de las aproximaciones diplomáticas, la única esperanza de un cambio radical en la situación es que las sanciones estrangulen de tal manera la economía de "Yugoslavia", que un estallido social saque del poder a los ultranacionalistas. Eso llevaría a que Belgrado dejara de azuzar la lucha en Bosniaerzegovina y que, lograda la paridad logística entre bosnios serbios y bosnios musulmanes, existieran mejores perspectivas de una solución.
A pesar de que las fronteras del norte permiten alguna cantidad de comercio con el exterior, la economía de la "Nueva" Yugoslavia está destruida. Momir Palicevic de la Cámara de Comercio de Belgrado, sostiene que "es imposible que la economía sobreviva otros tres meses, pues la producción total cayó en un 36 por ciento en julio y más del 40 en agosto. Existe la posibilidad de que a comienzos de noviembre sólo el 15 por ciento de los trabajadores esté en su puesto". Según cálculos extraoficiales, la economía descansará sobre los hombros de sólo 550.000 personas que tendrán que sostener a 1,7 millones de desempleados, un millón de jubilados, un ejército de 650.000 efectivos, sin contar con la población de edad inactiva.
El ingreso anual per cápita, que estaba en 2.920 dólares en 1990, está hoy por debajo de los 500. A eso se agrega que los yugoslavos no están acostumbrados a las privaciones y un invierno de pobreza, colas y desabastecimiento podría encender los ánimos y tumbar a Milosevic. Ese escenario podría evitar la extensión de la guerra hacia el Kosovo, una región sagrada para los serbios pero poblada por una mayoría albanesa y hacia Macedonia. Semejante desarrollo podría involucrar en la guerra a Bulgaria, Rumania, Grecia y Albania.
La caída de Milosevic, sin embargo, podría terminar con el expansionismo serbio pero no necesariamente con la guerra. Todo indica que en Croacia el presidente Franjo Tudjman, considerado otro gran responsable de la guerra, está preparándose para anexar la "república de Herzeg Bosnia", enclave croata en Bosnia, y para cancelar la presencia de los cascos azules en Croacia, que hasta ahora ha logrado evitar la violencia entre los serbios de la región y el gobierno croata. Si se le agrega el ingrediente religioso, es claro que por donde se le mire, la situación de Yugoslavia es un calleión sin salida.

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