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| 12/14/1987 12:00:00 AM

TASS A YELTSIN

Gorbachov descabeza a quien se atrevió a criticar a la Perestroika por lenta.

Ninguna revolución va por un camino de rosas y ésta tampoco es la excepción. Por eso, cuando la semana pasada la agencia soviética TASS confirmó la noticia sobre la "renuncia" de Boris Yeltsin -hasta la fecha el hombre fuerte de Moscú-, fueron muchos los analistas que pensaron que, aún con todo su poder, Mikhail Gorbachov va a tener que hacer muchas cosas si quiere de verdad cambiar a la Unión Soviética.
No era para menos. En lo que constituye un cambio importante en la cúpula de poder en el Kremlin, la salida de Yeltsin dejó en claro que todavia hay gente que considera que las nuevas reglas de juego no deben ser aplicadas o, por lo menos, no tan rápido. El ex número uno de Moscú era un ardiente defensor de las políticas de Glasnost (transparencia) y Perestroika (reestructuración), introducidas por Gorbachov en 1985, y su retiro fue interpretado como una victoria de los partidarios de la "línea moderada".
Irónicamente, fue el propio Yeltsin el encargado de cavarse su propia tumba, políticamente hablando. Los eventos que terminaron en su dimisión tuvieron lugar el pasado 21 de octubre cuando, con ocasión de una reunión del Comité Central del Partido Comunista Soviético, el ingeniero de 56 años se saltó el orden del día y empezó a "despotricar" contra sus colegas quienes, según él, estaban torpedeando los intentos de cambio que se querían introducir en Moscú. En particular, el hasta entonces secretario del partido en la capital soviética dirigió sus ataques contra el camarada Ligatchev el número dos de la organización en la URSS. En su discurso, Yeltsin se quejó de interferencias en sus decisiones y presiones para que nombrara a diferentes personas en la administración moscovita. Adicionalmente, sostuvo que algunos ministros que se oponen a la evacuación de algunas industrias de la capital, estaban intrigando ante el Comité Central para que se echaran atrás decisiones sobre la materia.
Lo que siguió fue una discusión con todas las de la ley. Prácticamente los 27 oradores que siguieron se dedicaron a hablar sobre el ánimo reformista de Yeltsin y, de estos, tan sólo cuatro estuvieron a su favor. En respuesta a alguien que sostuvo que si la Perestroika no había entrado en la capital, eso era responsabilidad del jefe regional, Boris Yeltsin se vio obligado a ofrecer su renuncia.
La respuesta del comité se supo tan sólo esta semana, pero ya los conocedores habían hecho sus apuestas. La dirección del viento fue dada por Mikhail Gorbachov el 2 de noviembre cuando en los actos de celebración del aniversario 70 de la revolución dijo en un discurso que había "gente obstinada e impaciente" que deseaba acelear el ritmo de las reformas.
Lo sucedido fue interpretado por los analistas como un llamado de atención hecho a Gorbachov por aquellos miembros del establecimiento que quieren mantener el statu quo. Si que la salida de Yeltsin quiera decir que el actual líder soviético se encuentra en una posición difícil, si es claro que para lograr el cambio debe contar con gente que haga las cosas de manera más suave y no tan impulsivamente como el ex jefe regional. Tal como anotara el ex asesor de seguridad nacional de Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, "Gorbachov no perdió en la aritmética del poder, pero si perdió algo significativo en la atmosférica del poder".
Esa conclusión está sustentada por los hechos. Yeltsin fue remplazado por Lev Zaikov, secretario de industrias de defensa, considerado por algunos el número tres del régimen y quien tiene voz y voto en el Politburó. Este ingeniero-economista de 64 años es considerado como uno de los buenos aliados del jefe del Kremlin y su designación deja en claro que la transformación de Moscú es un reto definitivo para las nuevas ideas de cambio. Por el momento, la capital soviética es el sitio donde el choque entre las nuevas y las viejas maneras es más evidente. De un lado, es a donde llegó primero la apertura cultural y el reciente escenario de libertad intelectual. Sin embargo, en Moscú es evidente la necesidad del cambio que Gorbachov clama: el transporte urbano -con excepción del metro- es pobre y desorganizado y los hospitales carecen de los más mínimos elementos de comodidad, para nombrar tan sólo dos ejemplos.
Pero esas mejoras tendrán que llevarse a cabo con mucha paciencia. Tal como ha sucedido en China, donde una parte de la clase política se rebeló en contra de ciertos programas recientes, algunos funcionarios soviéticos desean mantener el estado de cosas. Por ahora, Gorbachov parece haber entendido el mensaje. Aparte de la salida de Yeltsin, el mandatario de la URSS ha disminuido un tanto el tono de su retórica, tal como quedó en evidencia en los actos de conmemoración de la revolución, cuando el actual secretario general del partido no rehabilitó del todo a la gente que fue víctima del régimen de Stalin.
Curiosamente, es posible que esa estrategia acabe rindiendo mejores dividendos que la de imponer el cambio como sea. Obligado a balancear sus actos para no echarse encima a los antirreformistas, Mikhail Gorbachov se dispone a probar si en estos casos sirve más la prudencia que la intemperancia.






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