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| 5/10/2008 12:00:00 AM

Terca como...

Al resistirse a retirar su candidatura tras su desastre del martes, Hillary Clinton pone en peligro las perspectivas de victoria de su partido en las presidenciales.

"Toda mala situación es susceptible de empeorar", dice la famosa ley de Murphy. Y eso es precisamente lo que le ocurrió al partido demócrata de Estados Unidos el martes de la semana pasada, tras las elecciones primarias en Carolina del Norte e Indiana. Porque si el apretado triunfo de Hillary Clinton sobre Barack Obama el 22 de abril en Pensilvania había dejado en veremos la competencia por la candidatura de la colectividad de cara a los comicios presidenciales del 6 de noviembre, lo que sucedió el martes pasado en esos dos estados, sumado al hecho de que la senadora de Nueva York pretende seguir en la lucha, es casi como un suicidio político.

Hubo un claro ganador en la jornada del martes: Barack Obama. El senador de Illinois derrotó a Hillary en Carolina del Norte al lograr el 56 por ciento de los votos, mientras que ella alcanzó apenas el 42 por ciento. Él se quedó con la mayoría de los 115 delegados en disputa. En Indiana ganó Hillary Clinton, es verdad, pero la victoria del 51 por ciento sobre el 49 por ciento, con 72 delegados en disputa, no fue ninguna maravilla. En esas circunstancias, Obama tiene ahora 1.848 delegados a la convención del partido que se llevará a cabo en Denver a finales de agosto, y Hillary, 1.693. Cuando se han cumplido 50 de las 56 elecciones primarias, está claro que ninguno de los dos aspirantes conseguirá los 2.025 delegados exigidos.

Para los demócratas, lo más grave del asunto es que la ex primera dama, consciente como está de que lleva las de perder, se rehúsa a suspender su carrera hacia la Casa Blanca. Lo dijo el miércoles pasado en West Virginia, donde tendrán lugar otras primarias este martes: "Yo seguiré en esta carrera hasta que haya un candidato, y trabajaré lo más duro que pueda para ser ese candidato". Ya no se sabe si es por arrogante ella, por vengativa, porque cree que en la convención la apoyarán los superdelegados (ex presidentes, ex congresistas y otras viejas glorias del partido) o por todas las anteriores.

Pero lo peor para el partido de Roosevelt y Kennedy, de Jackson y de Truman, no es eso. Hay dos temas aun más complicados. El primero es que, si Obama es ungido por la convención, le costará mucho trabajo unir a los demócratas: el 40 por ciento de quienes han votado por Hillary lo hará en noviembre por el republicano John McCain. El segundo tema complicado es que no haber escogido candidato a principios de mayo puede ser una tragedia para un grupo político que le está haciendo un enorme favor al candidato contrario. Para rematar, la historia es demoledora en este sentido. Porque, tal como lo dijo Nicholas D. Kristof en su columna del The New York Times el jueves pasado, "nueve de las últimas 10 elecciones presidenciales han sido para el candidato escogido con mayor anterioridad por su partido".
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