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| 9/4/2010 12:00:00 AM

¿Terminó la pesadilla?

Barack Obama cumplió su promesa de retirar las tropas de Irak. Pero la sombra de esa invasión ilegal y mentirosa se proyectará por años sobre la imagen de Estados Unidos.

Millones de personas en todo el mundo respiraron más tranquilas al oír de labios de Barack Obama lo que esperaban hace años. "Esta noche quiero anunciar que la misión de combate en Irak ha terminado. La Operación Libertad para Irak ha llegado a su fin. El pueblo de ese país tiene ahora la responsabilidad de mantener la seguridad de Irak", dijo el Presidente norteamericano desde la Oficina Oval de la Casa Blanca, a las 8 en punto. Con esa frase escueta, trataba de dejar atrás uno de los capítulos más negros de la historia de su país, cuando a punta de pretextos y mentiras dichas del modo más descarado decidió invadir Irak para tratar de revalidar una trasnochada política del Gran Garrote.

Es cierto que Irak desde el 9 de abril de 2003 ya no tiene que soportar a un dictador de la calaña de Saddam Hussein, pero también lo es que los objetivos de la agresión ordenada por el presidente George W. Bush están lejos de cumplirse. El país invadido tiene solo una democracia precaria, y ha caído en manos de la influencia iraní, exactamente lo contrario de las supuestas aspiraciones de Bush. Y lejos de haber alcanzado la paz, esa sociedad ahora sufre el terrorismo de una alianza que en otras épocas hubiera sido imposible, entre la fundamentalista islámica Al Qaeda y los miembros remanentes del partido Baaz, de Hussein, esencialmente secular.

Con su anuncio, en el que afirmó que "es tiempo de pasar la página", Obama cumplió. El 14 de julio de 2008, como candidato presidencial, el actual inquilino de la Casa Blanca publicó una columna en el diario The New York Times sobre el tema de Irak, en la que anunció que acabaría esa guerra y fijó para el verano de 2010 la fecha límite para sacar las tropas. Además, dijo que para él siempre fue "un grave error haber distraído la atención de la lucha contra Al Qaeda y los talibanes al haber invadido un país que no constituía una amenaza real contra Estados Unidos". Cierto. Cuando era miembro del Senado estatal de Illinois, Obama bautizó a la de Irak como "la guerra tonta" ("the dumb war").

Para la opinión norteamericana, el discurso de Obama supuso una bocanada de aire fresco. Con una tasa de desempleo cercana al 10 por ciento y con una economía que parece coquetear nuevamente con la recesión, el gringo promedio no entiende cómo el gobierno se ha gastado en Irak un billón de dólares.

Lo irónico, sin embargo, es que aunque Obama haya sido fiel a su palabra, y aunque los estadounidenses desearan el retiro, las encuestas anticipan que en las elecciones legislativas de noviembre el Partido Demócrata será derrotado por la oposición republicana. El descontento con la gestión presidencial crece y la ultraderecha se fortalece. Hace solo una semana, el extremista conservador Glenn Beck logró llevar 200.000 personas a una manifestación en Washington en donde la oradora estrella fue la ex candidata a la Vicepresidencia Sarah Palin.

Entre tanto, el final de la guerra abrió un intenso debate en Estados Unidos. Los defensores de la invasión sostienen que ese país cuenta hoy con un gobierno democrático, que los iraquíes pueden acudir a las urnas y que en el gobierno está un primer ministro, Nouri al-Maliki. Afirman que es posible hacer oposición y que dos de cada tres ciudadanos se declaran partidarios del sistema democrático, obvio. Y que la violencia ha disminuido un 90 por ciento desde 2007 y hay tolerancia religiosa.

Pero cinco meses después de las elecciones, sobre las que hubo fundadas sospechas de fraude, Al-Maliki, que es chiita de centro, no ha podido formar un gobierno estable. Su partido obtuvo 89 de los 325 escaños del Parlamento, mientras que uno de sus más enconados rivales, el sunita Ayad Allawi, consiguió 91. No es factible un acuerdo entre ellos, como tampoco con los seguidores de Muqtada al-Sadr o con la minoría kurda. Para rematar, Irak es el cuarto país más corrupto del mundo, de acuerdo con Transparencia Internacional.

Otro lío enorme es la presencia de Al Qaeda. Antes de la guerra, el partido Baas, entonces en el poder, se oponía al radicalismo religioso de regímenes como el de Arabia Saudita y de movimientos como el de Osama Bin Laden. Hoy, Al Qaeda no solo hace presencia en Irak, sino que se ha unido a grupos sunitas ex Baas para perpetrar los atentados más sangrientos, desconocidos hasta antes de la guerra. En la época de Saddam, Irak le hacía contrapeso a Irán, un país persa, islámico, con capacidad nuclear, controlado por los chiitas más radicales y enemigo declarado de Estados Unidos y de su gran aliado Israel. Hoy los iraníes aprovechan la mayoría chiita de Irak para ejercer una influencia cada vez más abierta. Tanto que la ley islámica se ha impuesto con efectos devastadores sobre la carrera profesional y la vida personal de millones de mujeres que, en otras épocas, disfrutaban de libertades comparables a las de los países occidentales.

Pero más allá de lo anterior, la historia no le perdonará al gobierno de Bush la forma como lanzó esa agresión que causó la baja de 5.000 soldados norteamericanos y mató a varios centenares de miles de civiles iraquíes con el pretexto de liberarlos. Sobre todo, que nunca será justificado que lanzó la guerra en contra de la legalidad internacional y basado en mentiras que han quedado en evidencia por encima de toda duda.

En efecto, el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, presentó con total descaro unas pruebas falsas en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, según las cuales Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva. E hizo eso a pesar de que los organismos multilaterales de la ONU, que llevaban años inspeccionando a Irak, sostenían a grito herido que eso no era cierto. Y esa es apenas una de las múltiples maniobras fraudulentas, que incluyeron vincular falsamente a Saddam con Bin Laden y manipular en forma grosera a los medios de comunicación. Para empeorar las cosas, son múltiples las denuncias según las cuales se trató de una guerra privatizada que favoreció a contratistas enormes vinculados directamente con personajes de alto nivel del gobierno, como el vicepresidente Dick Cheney, sin mencionar el afán insano por asegurar los suministros petroleros iraquíes.

En suma, Obama, con todo y su buena voluntad, está pagando los platos rotos de una operación mal planeada y mal ejecutada, que contribuyó a la crisis económica que atraviesa Estados Unidos y cuya sombra seguirá proyectándose por años sobre la imagen de un país que alguna vez se presentó como el mayor defensor de la democracia y la libertad en el mundo.
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