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| 9/20/2017 7:47:00 AM

“Fue como si una ola enorme y muy pesada estuviera pasando bajo nuestros pies”

Felipe Restrepo, periodista de SEMANA, estaba en Ciudad de México cuando sucedió el terremoto. Esta es su crónica de las angustiosas horas que se vivieron en ese país.

No había ni una sola nube en el cielo. Como en el famoso 11 de septiembre, el día parecía hecho para aprovechar el final del verano. Los organilleros tocaban su instrumento frente al palacio de Bellas Artes. Los oficinistas buscaban dónde almorzar. Los turistas iban de un lado a otro para retratarse frente a ese famoso edificio neoclásico.

Al principio, el suelo se balanceó con suavidad, como si una ola enorme y muy pesada estuviera pasando bajo nuestros pies. Alguien hizo entonces un chiste para tranquilizarse. Otros se pusieron a filmar, como si se tratara de algo ‘típico’. Muchos miramos la silueta de la torre Latinoamericana, que se balanceaba ominosa contra el cielo azul.

Pero pronto fue claro que este no era uno de esos sismos que se van como vienen, y que producen más miedo que otra cosa. Tras el alboroto inicial, el movimiento sufrió un cambio que se sintió en los pies, la cabeza y las entrañas. Incluso los bromistas de siempre se sintieron cohibidos: algo muy serio estaba pasando.

Sin transición alguna, el suelo se encabritó. El movimiento se volvió ‘trepidatorio’, como dicen los especialistas. Una manera amable de llamar a la pesadilla de todos los ingenieros.

Pues en plata blanca, eso significa que la tierra se puso como un potro salvaje que quiere quitarse de encima casas, carros, edificios y avenidas. Como si al subsuelo del DF le estuvieran dando una terrible e inexplicable paliza. Como si la ciudad fuera una simple escenografía que unos gigantes despiadados quieren recoger a toda prisa, sin preocuparse por sus habitantes.

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Cuando el movimiento cesó, muchas zonas de la ciudad estaban sin luz, los semáforos se dañaron y se suspendió la circulación de los vehículos privados y de transporte público. Las ambulancias, los carros de Policía y los camiones de bombero se convirtieron entonces en la prueba más visible de que los daños no eran solo materiales.

Durante el trascurso de la tarde, en algunas zonas las fachadas se desprendieron, los andenes se arrugaron y los ventanales se hicieron añicos contra el pavimento. Pero lo peor aún estaba por venir.

Mucha gente se restregaba los ojos ante la catástrofe de algunas zonas. No solo olía a gas, sino que algunos edificios explotaron. No solo había construcciones averiadas, sino que algunas colapsaron con sus habitantes adentro. Y no solo había números telefónicos ocupados, sino que algunos de sus propietarios ya no los contestarían.   

Entre ellos, los de decenas de niños atrapados bajos los escombros de dos escuelas, cuyos techos colapsaron con los pequeños y sus maestros adentro.

Al mismo tiempo, las calles soleadas del centro de México se llenaron de gente que caminaba deprisa, con la angustia dibujada en sus rostros, pegada a sus teléfonos. Entre ellos, algunos irresponsables que manejaban como locos entre la multitud con la excusa de que su pánico es más insoportable que el del resto. Pero fueron la excepción.

La señal infalible de que en los alrededores había un edificio colapsado no era el humo ni la presencia de los rescatistas ni el ruido de las sirenas. Era por el contrario una multitud de personas preguntando cómo podían ayudar, a dónde se necesitaban voluntarios, quién estaba recibiendo la atropina, los antibióticos, la glucosa, los catéteres, las gasas y el resto de las medicinas y del equipo médico necesario para atender a las víctimas.

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Según la cadena Televisa, el terremoto de 8,2 grados que hace unos días arrasó el sur del país ayudó a liberar las cargas de este sismo, que afectó las mismas zonas de otro terremoto devastador. El que marcó la memoria nacional hace exactamente 32 años: el 19 de septiembre de 1985.

Ese día, México se prometió que se acabarían estas tragedias. Y por eso, esa es una de las fechas en que se organiza un simulacro antisísmico. Hoy, a las once de la mañana, toda la ciudad estaba en la calle preparándose sin saberlo para lo que vendría una hora después.

Y si bien todo terremoto tiene algo de irreal, ver a los rescatistas atender una emergencia con los mismos uniformes, palas y altoparlantes que realizaron el simulacro tuvo un sabor surrealista. Como si los esfuerzos de las últimas tres décadas no fueran más que una farsa.

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