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| 8/5/1996 12:00:00 AM

TERROR EN EL PARAISO

Un bombazo en Córcega, relacionado con el separatismo contra Francia, recuerda a los europeos que las guerras nacionalistas pueden brotar en cualquier parte.

Coches incendiados, hierros retorcidos, manchas de sangre, resultan incongruentes en la Isla de la Belleza, como se llama en Francia con toda justicia a Córcega. Desembarcar en Bastia o en Ajaccio es casi invariablemente entrar en un baño de oro solar, caer en una postal idílica con un infinito mar azul.Pero la semana pasada tuvo lugar en la primera de esas ciudades un atentado con un carro bomba, en un acto que no tiene antecedentes a pesar de la violencia nacionalista desatada allí desde 1976. El objetivo fue Charles Pieri, secretario de la 'Cuncolta Naziunalista', vitrina legal del Frente de Liberación Corso, Canal Histórico. Pieri resultó herido y otro dirigente murió, pero además hubo 10 transeúntes heridos. El Movimiento para la Autodeterminación, rival de la Cuncolta, condenó el atentado a pesar de que las venganzas de unos y otros han causado más de 100 muertos en los últimos años. Pero lo cierto es que el bombazo fue una expresión extrema de la confrontación entre grupos que sólo se diferencian entre sí por el grado de independencia que pretenden.El atentado no parece poner en entredicho la política del gobierno francés de Alain Juppé, que se resume a "diálogo y firmeza". Pero justamente es ese 'diálogo' el causante del agravamiento de la confrontación de los nacionalistas corsos. Porque los grupos más radicales se oponen a contemporizar con un país que, según ellos, ha despreciado su identidad cultural, su lenguaje -un dialecto del italiano que, en forma muy diciente, ha legado al habla mundial la palabra vendetta-. Porque los corsos han sido desde siempre un pueblo aguerrido, individualista y voluntarioso. No en vano su hijo más conocido es Napoleón Bonaparte.Córcega se convirtió en territorio francés en 1769, cuando la monarquía gala se la apropió por las armas, aprovechando la guerra de independencia que libraban los corsos contra Génova. La presencia francesa fue aceptada medio a regañadientes, y los franceses ignoraron ostensiblemente su cultura y sus peculiaridades.Ese fue el ambiente propicio para que florecieran viejas tradiciones como el caciquismo político, la omertá, otra palabra corsa que se ha convertido en símbolo internacional del silencio ante las autoridades, y una tendencia a las actividades mafiosas, escudadas detrás de un nacionalismo que, hace 20 años, cobra un impuesto revolucionario. Desde 1982 el socialismo intentó impulsar una solución institucional fundada en el estatuto particular, acentuado por una reforma de 1992. Por eso el Ejecutivo corso es un órgano de gobierno casi autónomo.Pero no obedece a las necesidades de la isla y sigue en buena parte dominado por familias que manejan los asuntos regionales a su antojo. Ahora, y ante esta violencia cada vez mayor, se levantan voces como la del alcalde de Bastia, que quiere medios de hacer respetar la ley; la del presidente de la Asamblea de Francia, Philippe Seguin, quien piensa que la firmeza es una necesidad; las de algunos diputados que quieren "purgar la situación por una consulta popular" para que se sepa que los corsos en su mayoría quieren seguir siendo franceses.La verdad, y cualesquiera sean las conversaciones oficiales o secretas del gobierno, Córcega vive fuera del estado de derecho. Y vive cada vez más lejos de las rutas turísticas, que paradójicamente son su principal fuente de ingreso.
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