Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/01/25 00:00

Testigo presencial

Juan Carlos Iragorri, corresponsal de SEMANA en Estados Unidos, estuvo a 60 metros de donde Barack Obama tomó posesión en Washington el martes. Estas son sus impresiones.

Barack Obama y su esposa, Michelle, en la avenida Pennsylvania, durante el tradicional recorrido entre el Capitolio y la Casa Blanca

El miércoles, 24 horas después de la posesión de Barack Obama como presidente de Estados Unidos, me entró una llamada en Washington. Eran Mauricio Sáenz y Alfonso Cuéllar, el jefe de redacción y el editor jefe de esta revista. "¿En qué tribuna le tocó en la posesión?", me preguntaron. Les contesté que a unos 60 metros del lugar donde Obama prestó juramento. Sólo tres filas adelante se encontraba Bruce Springsteen, 'The Boss', y por allí pasaron Oprah Winfrey y el líder negro Jesse Jackson, cuyo rostro bañado en lágrimas por la elección del primer Presidente afroamericano fue una de las imágenes memorables de la noche del 4 de noviembre.

El caso es que al final me pidieron que no escribiera otro artículo informativo, sino que contara mis impresiones. "Me imagino que ningún colombiano estaba tan cerca", me dijo 'Chacho' -ese es el verdadero nombre de Mauricio Sáenz, aunque él no lo sepa-. Es posible. Tal vez sólo Carolina Barco, la embajadora de Colombia, y quizá también el ex presidente Andrés Pastrana, que es amigo del vicepresidente, Joe Biden, y a quien lo invitan a estas cosas. No había jefes de Estado porque no los invitan. ¿Se imaginan el lío logístico? ¿Las caravanas de escoltas?

Pero bueno. Lo primero que recuerdo de ese martes es que no había taxis. Yo me alojaba en Bethesda, al norte de la capital, y madrugué a las 5 a pedir uno para ir hasta la estación de metro. Un tiempo prudencial, pensé. Al final mis amigos me llevaron a la estación, y ahí fue Troya. Por las escaleras bajaban ríos de gente y no había un metro cuadrado libre. Mucho después, cuando logré subirme a un vagón, sentí la falta de aire. Para evitar asfixia general, el chofer del metro debía parar con frecuencia y abrir las puertas. Pero eso no era lo peor. Al bajarme, en Capitol South, tardé 45 minutos en salir a la superficie.

Tras pasar varios controles y presentar las acreditaciones, pude caminar hacia el Mall, esa explanada de tres kilómetros que va desde el Capitolio hasta el monumento a Lincoln. Finalmente, llegué a la silla asignada. Mi vecino era Jesús Esquivel, corresponsal de Proceso, el semanario de México. Lleva 20 años en Washington y ha cubierto seis posesiones: la de George Bush papá, las dos de Clinton, las dos de W. y la de Obama. "Jamás había visto tanta gente", me decía mientras mirábamos casi dos millones de personas en el Mall, una multitud sin precedentes en ese lugar. Hacía un frío del carajo: 7 grados bajo cero.

Luego comenzaron a llegar a la terraza del Capitolio los ex presidentes y, más adelante, el saliente inquilino de la Casa Blanca, George W. Bush. Cuando fue anunciado hubo un silencio de desaprobación, y cuando, al final, tomó el helicóptero, hubo gritos de rechazo. Minutos después se vio la imagen de Obama en las pantallas e hizo su aparición. Fue la locura. Lo mismo ocurrió a lo largo de la campaña, incluso si perdía primarias, como en las de hace un año en New Hampshire o en las de Texas, donde lo vi de cerca mientras hablaba en San Antonio.

Del martes me impresionó el contenido simbólico de la ceremonia, confirmé que Obama tiene cabeza fría y me decepcionó el discurso. Simbólico fue haber oído cantar a Aretha Franklin. Me hizo recordar que en 1939 la asociación de las Hijas de la Revolución Norteamericana impidió que la soprano Marian Anderson se presentara en el Constitution Hall de Washington porque era negra. Simbólico fue haber visto cómo un afroamericano juraba el cargo de Presidente sobre la Biblia que en 1861 usó Lincoln, el hombre que abolió la esclavitud. Simbólico fue haber visto que el sueño que hace 46 años tuvo Martin Luther King al otro extremo del Mall, lo hizo realidad el hijo de un keniano en un edificio construido por esclavos negros a mediados del siglo XIX.

Sin duda, el momento más emocionante se produjo cuando el presidente de la Corte Suprema, John Roberts, terminó el juramento y le dijo "Congratulations, Mister President". A mi lado una mujer negra gritó a todo pulmón y se puso a llorar. No era para menos. En este país, la igualdad de derechos se reconoció hace menos de 50 años. Como me dijo Lewis Walker, un taxista afroamericano de 74 años: "Cuando yo nací, en esta ciudad no podíamos ir al colegio y a nuestras madres no las recibían en los hospitales para dar a luz". Mucho antes era aun peor. Roger B. Taney, el presidente de la Corte que posesionó a Lincoln, aprobó en 1857 la sentencia del proceso Dread Scott vs. Sanford: "Los negros son seres de orden inferior que no deben tener relaciones sociales ni políticas con los blancos y que carecen de derechos que los blancos deban respetar".

El discurso me defraudó. Al igual que buena parte de los periodistas acreditados, me había leído las palabras de Franklin Roosevelt cuando el 14 de marzo de 1933, en plena Gran Depresión, dijo,: "The only thing we have to fear is fear itself" ("A lo único a lo que tenemos que tenerle miedo es al miedo mismo"). También le había metido el diente al discurso de John F. Kennedy del 20 de enero de 1961. Esa frase de "Ask not what your country can do for you, ask what you can do for your country" ("No pregunte qué puede hacer su país por usted, pregunte qué puede hacer usted por su país") resultó memorable. Por todo eso, y teniendo en cuenta que Obama admira a Lincoln y que enfrentará una situación casi tan grave como la de Roosevelt, pensé que iba a mostrar su elocuencia. Pero no. En lugar de eso le oí un discurso "plano y sin cadencia", como afirma Charles Krauthammer en The Washington Post. ¿Lo excepcional? La duración. Menos de 20 minutos. Alguien dijo que un discurso inmortal no tiene por qué ser interminable.

Si la forma del discurso me decepcionó, el fondo me sirvió para ratificar que Barack Obama es un hombre astuto. Se mostró humilde y describió los enormes retos que le esperan. Habló de las guerras, de la recesión y de los problemas del medio ambiente. Mis vecinos hacían silencio y se miraban, entre conscientes y asustados. Fue una jugada de Obama porque bajó las expectativas. En la campaña prometió el paraíso; en el gobierno anticipa el infierno. En la campaña usó 450 veces la palabra "esperanza"; en el discurso la empleó sólo tres veces. Nada qué ver con Roosevelt, que en su posesión sembró de ilusiones al país en medio de una situación mucho más dramática. Lo bueno fue que Obama anunció la ruptura de algunas políticas de Bush, a quien vi muy serio por entre la baranda del Capitolio. Y días después de su posesión, ha anunciado el cierre de las cárceles secretas de la CIA, el final de la de Guantánamo y una política de mano abierta hacia el mundo musulmán.

Obama no será otro Roosevelt. Ni otro Lincoln. Con suerte, quizá llegue a ser otro Kennedy. La gente está muy ilusionada. Como dijo una viejita por televisión, "es la gran esperanza de los blancos", es decir, de todo el mundo. Pero ha cambiado el tono bronco que imperaba en Washington y ha creado una nueva sensación de unidad. Eso suena bien. Al menos de momento.

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