Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 11/28/2016 6:01:00 PM

Yo estaba en Cuba cuando murió Fidel

Un colombiano que disfrutaba en La Habana un concierto de Aterciopelados cuenta como se recibió en la capital caribeña la partida del padre de la revolución.

"...En estos momentos de cambio, estamos atravesando un nuevo paradigma todos. Somos una sola familia, somos semilla nativa". Esas palabras de filósofo rockero, que competían con el ruido de las bocinas y la algarabía de la tribuna, fueron las que musitó el bajista de Aterciopelados antes de una de sus canciones. Eran las once y media de la noche, y en el Centro Cultural El Sauce de La Habana saltaba y cantaba un popurrí de gente que, meneándose de un lado para el otro en sincronía con la música, parecía volverse una sola masa. En este concierto se daban cita personajes de toda índole: metaleros cubanos con t-shirts negras y melenas igual de oscuras, estudiantes universitarios mostrando brazos adornados de tatuajes, colombianos en Cuba ansiosos de un reencuentro con sus raíces, hombres cincuentones que hace muchas décadas y kilos compraban los CDs de Aterciopelados, borrachos ruidosos, drogadictos clandestinos, soñadores rockeros y socialistas, diplomáticos, prostitutas, fidelistas y contrarrevolucionarios. Pero, a pesar de las diferencias estéticas e ideológicas, se palpitaba un mismo sentimiento: el de la nostalgia. Porque ir a un concierto de Aterciopelados es hacer un viaje a la semilla, es recordar otros tiempos, tal vez mejores y cada día más lejanos, en los que los políticos y los rockeros latinoamericanos luchaban por la dignidad de nuestro pueblo. Es buscar en las canciones y las glorias del pasado un remedio que congele por un instante el hastío de nuestros presentes. Y ahí, en ese concierto psicodélico, en esa búsqueda espiritual por el esquivo y descarado nirvana, también estaba yo, entre la bulla y los abuelos, dejándome contagiar por el idealismo y las rimas de Aterciopelados.

Pero media hora después solo había lágrimas y silencio. El despeluque se acabó cuando un hombre barbudo se tomó el micrófono y, con voz pausada y acento cubano, confirmó una noticia "extremadamente dolorosa". Se imaginarán ustedes cuál era. Ya no había canción ni droga que alzara los ánimos. Fidel había muerto. Lo primero que sentí fue suerte: por estar en Cuba para presenciar este momento histórico y para ver salir a flote los sentimientos encontrados, para leer las odas en los periódicos, para caminar las calles y escuchar el demoledor silencio en una ciudad donde siempre hay alguien escuchando música a todo volumen y siempre hay un vecino gritándole al comepinga que le baje, cojones.

Ese silencio, rotundo y habanero, me resulto más revelador que cualquier discurso, más efectivo que cualquier estudio sicológico para entender la reacción de un hijo cuando se queda sin su padre, así la relación haya sido traumática. Nada constituirá una mejor prueba de la influencia cósmica que tuvo sobre Cuba y el mundo aquel guerrillero humanista devenido sátrapa. Ni los argumentos, ni los obituarios, ni los índices de educación y salud en Cuba. Nada resultará más diciente que el silencio, un silencio que absorbía todo y que será el argumento más contundente de los que seguirán pidiéndole a la Historia que absuelva a su Comandante. Así como la parranda miamesca en la Calle 8 será la antítesis en ese choque dialéctico para ver qué versión de los hechos logra imponerse. Confieso que, si el debate se viera reducido a una dicotomía entre los que están "A Favor" o "En Contra" de Fidel, me alinearía con los últimos, pero no por ello dejo de sentir una gran admiración hacia ese barbudo que luchó en la Sierra Maestra, hacia el idealista que apoyó a Mandela cuando nadie lo hacía en los momentos más grises del apartheid, hacia ese joven de chaqueta de cuero que estuvo protestando en las calles de Bogotá el 9 de abril de 1948. Es ese Fidel, el hombre de carne y hueso que se esconde detrás del político, el que merece tributo: Fidel, el padre de familia, el chef que le cocinaba espaguetis a sus compañeros cuando estaban en la cárcel, el galán de barrio, el atleta estelar, el compinche de Gabo.

Ningún latinoamericano del siglo XX––y de todos los tiempos, me atrevería a decir––ha suscitado opiniones tan encontradas. Para muchos, fue un sátrapa triste, un tirano infeliz, un emperador de cuarto piso y un gato de siete vidas (u once, en su caso). Para otros, un prohombre antiimperialista, una digna continuación de José Martí, un luchador invicto, un reparador de sueños. Pero ambos bandos tendrán que estar de acuerdo en algo: Fidel es un hombre que tiene el poder de la ubicuidad, como tanto dicen en Cuba y como comprueba todo aquel que haya tenido el privilegio de conocer esta isla. Para bien o para mal, Fidel está en todo lado. En las paredes de los colegios, en los murales de las calles, en los sueños de algunos niños y en las pesadillas de otros, en las canciones de los salseros, en los chistes de los humoristas, en las críticas de los inconformes, en los papeles de los burócratas, en la razón de ser de los balseros.

Y, sin saberlo todavía, Fidel también estaba en los pensamientos del bajista de Aterciopelados cuando nos dijo que estábamos atravesando "un nuevo paradigma todos". Porque quizás lo que en verdad se acaba con la muerte de Fidel es el siglo XX. Y creo que esa epopeya romántica y socialista, la que comenzó en el oriente de Cuba y poco a poco se fue vistiendo de muchas banderas, también ha muerto, al menos en la forma en que la conocimos. Ese vehículo––el que busca llevar a los pueblos latinoamericanos hacia la isla de la utopía mediante las libretas de abastecimiento y la redistribución––seguirá andando, pero la naturaleza del motor tendrá que cambiar, ya que sus dos fuentes de gasolina no estarán ahí en la misma medida: la figura de Fidel y el odio desbordado hacia los Estados Unidos.

Termina esa lucha y terminó pareciéndose mucho a la que libraron los músicos como Aterciopelados con distintos métodos pero con el mismo fin: regalarle al pueblo latinoamericano un atisbo de dignidad. Pienso que esos esfuerzos políticos y musicales terminaron siendo uno solo por la siguiente razón: ambos se quedaron en la retórica. Pero a los músicos hay que abonarles que nunca perdieron la humildad, que los pocos que lograron salir de los márgenes no cayeron en el dogmatismo. En cambio la canción de Fidel se desafinó muy rápido. Pasó de ser una melodía optimista que pregonaba la igualdad y los derechos humanos a ser una cacofonía insoportable que obligó a millones de oídos cubanos a irse de la isla en busca de sonidos más placenteros. Fidel encarna a la medida la figura del disidente que triunfó y luego se convirtió en el nuevo opresor.

Ha muerto la semilla del árbol revolucionario, pero de sus ramas seguirán brotando frutos agridulces. Ha muerto Fidel y con él murió el concierto de Aterciopelados. De sus tiempos de lucha sólo queda la nostalgia.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

TEMAS RELACIONADOS

EDICIÓN 1842

PORTADA

La voltereta de la Corte con el proceso de Andrade

Los tres delitos por los cuales la Corte Suprema procesaba al senador se esfumaron con la llegada del abogado Gustavo Moreno, hoy ‘ad portas’ de ser extraditado. SEMANA revela la historia secreta de ese reversazo.