Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/06/20 00:00

Testimonio desde Riad

Una colombiana que vive en Arabia Saudita le contó a SEMANA cómo es el estado de terror en que viven los extranjeros desde que comenzó la ofensiva terrorista contra los occidentales.

Desde que comenzó la guerra en Irak, Arabia Saudita, un antiguo paraíso para los profesionales occidentales, se ha convertido en el escenario de la peor campaña terrorista de Al Qaeda. Sus blancos solían ser la industria petrolera, los intereses estadounidenses y la familia real saudí, pero las tácticas han dado un viraje siniestro. Ahora todo aquel que tenga apariencia de occidental está en peligro. Los secuestros, las bombas en conjuntos residenciales y las emboscadas con francotiradores son las mayores causas de pánico. Los terroristas han aprendido la importancia de los medios de comunicación masivos para aterrorizar la opinión pública. Así, al cierre de esta edición una brigada de Al Qaeda publicó un video en Internet en el que se mostraba el degollamiento del estadounidense Paul Johnson, un ingeniero de helicópteros de Lockheed-Martin, si el gobierno saudí no liberaba a todos sus militantes presos. La semana pasada otros dos occidentales habían sido asesinados por los rebeldes. El mes pasado unos pistoleros se infiltraron en un conjunto residencial de una petrolera en Khobar y mataron a 22 personas. Las embajadas de Estados Unidos y Gran Bretaña aconsejaron a sus ciudadanos residentes que no están trabajando, que regresaran a sus patrias. El éxodo masivo de occidentales podría afectar gravemente la extracción de petróleo del mayor productor de crudo del mundo, afectar los precios globales de éste, dar al traste con el poder de la familia Saud y desestabilizar al mayor aliado de Estados Unidos en la región.

Cecilia Rodríguez*, es testigo de excepción de los hechos. Nacida en Bucaramanga, vive en Riad desde 2001 y relató a SEMANA cómo ha cambiado su vida en los últimos meses.

Del cielo al infierno

Hace tres años mi marido y yo nos fuimos a vivir a Arabia Saudita. En Colombia no había trabajo para los médicos y mi esposo, que es cirujano, consiguió un trabajo en el King Abdul Aziz Medical City, un hospital verdaderamente espectacular. Tiene toda la tecnología más avanzada, el mejor personal y todos los servicios. Los médicos son europeos, norteamericanos, canadienses y algunos del Medio Oriente. La salud es gratuita por ley y los pacientes son en su mayoría saudíes, aunque también hay muchos referidos de otros países.

A pesar de las limitaciones que tienen las mujeres en un país musulmán, no fue difícil adaptarme. Siguiendo el dicho "a donde fueras haz lo que vieres", eso hice. La cultura impone una cierta modestia al vestir que prefiero respetar cuando estoy en la calle, el centro comercial o en algún lugar público. A las occidentales no nos obligan a usar la abaya negra, pero yo cargo un velo en la cartera porque de vez en cuando la policía religiosa, o Muttawa, puede llegar y obligarlo a uno a cubrirse.

En Riad vivimos tantos occidentales (más de dos millones) que socializamos entre nosotros. Cuando voy a salir me visto normalmente, como si estuviera en Bogotá, pero encima de la ropa me pongo la abaya. El licor es prohibido. Hay restaurantes elegantísimos, a la altura de los mejores del mundo, donde sirven platos de alta cocina y los acompañan con champaña sin alcohol.

En las reuniones privadas tomamos trago que fabricamos nosotros mismos. Todos mis amigos saben hacer cerveza y vino y los más sofisticados, ginebra y vodka. También es común el contrabando, pero como es un delito que tiene cárcel, los precios llegan a ser muy elevados. Una botella de whisky corriente de contrabando cuesta 150 dólares. El cerdo también es prohibido y a veces uno se arriesga a traer un jamón de Europa, pero le quita la etiqueta para que no reconozcan qué tipo de carne es.

Antes de que empezara esta ola de violencia, la vida era muy tranquila. En Arabia Saudita nadie roba, pues les cortan la mano si lo hacen. Yo nunca tenía miedo de que algo me pudiera suceder y salía hasta dos veces a la semana a hacer compras. Iba mucho a los souks, que son mercados populares donde se consigue de todo, como en los Sanandresitos. También visitaba los centros comerciales, que son espectaculares. Están llenos de boutiques divinas donde venden ropa de Christian Dior, Pierre Cardin y todos los diseñadores famosos. Cuando hacía compras me bajaba del carro y dejaba adentro los paquetes sin ningún problema.

Puedo decir que vivía en forma muy agradable. Pero ese paraíso se dañó del todo. Después de oír de occidentales asesinados en la puerta de la casa o esperando un semáforo, ya no quiero arriesgarme. Es cierto que las últimas víctimas fueron personas relacionadas de cerca con los organismos de seguridad, y eso hace pensar que los estaban siguiendo, pero uno nunca sabe. Puede que toda esta violencia esté dirigida sólo a estadounidenses y británicos, que fueron los promotores de la guerra en Irak, pero ¿quién va a saber que yo no soy norteamericana sino colombiana? Soy blanca y rubia, y es posible que sólo se enteren de mi nacionalidad cuando me maten.

A los terroristas no les importa morir ni atacar todo un conjunto residencial. En Riad no hay discotecas o lugares de entretenimiento nocturno, y la gente está en sus casas por la noche. Esto hace temer aún más esta modalidad de atentado. Por eso las medidas de seguridad son cada vez más impresionantes. En los barrios residenciales se ven barricadas con muros de hormigón desde cinco cuadras antes de la entrada. Todos están llenos de policía y ejército e incluso tanques de guerra. Todos los días hombres armados de metralletas lo requisan a uno en todas partes.

La gente ahora prefiere no salir de esos conjuntos. Tienen clubes deportivos con piscina, mercado y todas las comodidades a la mano. El hospital donde trabaja mi marido tiene todo eso, además de una tienda de video y un lugar donde dan clases de pintura. Es una ciudad dentro de la ciudad que recuerda lo que fue El Centro en Barranca. En el barrio diplomático sucede lo mismo. Las actividades sociales también están suspendidas, porque nadie quiere llamar la atención.

A pesar de las medidas de seguridad, todo el mundo está aterrado y son muchos los que han salido del país. En los hospitales el número de occidentales era inmenso y cada vez hay menos. Con cada día que pasa tengo menos amigas con quienes charlar. Con decir que de 10 matrimonios amigos que teníamos hace dos años, sólo queda uno. Y no creo que dure aquí más de seis meses. Nuestros conocidos nos preguntan: "¿Y ustedes no se van a ir?". Para nosotros es diferente. La situación actual no es tan extraña porque nos tocó vivir la época del narcoterrorismo en Colombia y seguimos con nuestras vidas sin encerrarnos, pero para los demás extranjeros es aterrador.

Los terroristas de Al Qaeda dicen que si no hay canje de sus presos por los secuestrados van a venir cosas muy terribles. Pero yo tengo la esperanza de que las cosas mejoren.

* Nombre cambiado por solicitud de la fuente

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