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| 3/11/1985 12:00:00 AM

TIMONAZO HACIA LA PRUDENCIA

La Habana busca distensionar sus relaciones con Washington.

Aunque a lo largo de los años de su revolución, Cuba ha planteado la posibilidad de normalizar, o por lo menos distensionar sus relaciones con Estados Unidos sin lograrlo hasta ahora, los insistentes esfuerzos actuales de Fidel Castro para avanzar hacia esa reconciliación han llamado la atención. A su vez, el establecimiento washingtoniano también viene dando muestras de estar en la misma onda. Al menos son cuatro los hechos públicos que sustentan esa tesis. En diciembre pasado se firmó un acuerdo sobre migración entre las dos administraciones, el cual fue calificado por Castro como "un hecho constructivo y positivo". Después, a mediados de enero, un grupo de legisladores, científicos, periodistas y hombres de negocios norteamericanos, visitaron durante 6 días la isla. William Alexander (demócrata) y James Each (republicano) dialogaron en esa ocasión con Castro durante más de 30 horas, después de lo cual Alexander indicó que ante los resultados de la visita era posible "lograr más progreso" entre los dos países. Un grupo de obispos católicos norteamericanos que viajó más tarde a Cuba fue abordado por Castro quien les reiteró sus propósitos normalizadores (allí fue donde él declaró que estaría interesado en entrevistarse con Juan Pablo II "si no en Cuba, quizás en Roma").
El motor impulsor de todo esto es, en términos inmediatos, la satisfacción que en Castro ha generado el acuerdo migratorio. A pesar de que, según el acuerdo, Cuba se compromete a recibir de Estados Unidos los molestos 2.746 marielitos que tienen antecedentes penales (de los 125 mil que abandonaron la isla en la llamada "flotilla de la libertad" en 1980), el gobierno de La Habana ha obtenido, a manera de contraprestación, la garantía de que Estados Unidos reconocerá la residencia a los 100 mil o más cubanos que se volcaron sobre Miami en 1980, lo que implicará para esos 100 mil el derecho de traer a Estados Unidos a sus familiares. Cuba concretará de ese modo su programa -aprobado hace muchos meses- de reunificación familiar de sus ciudadanos emigrados a Estados Unidos. La Casa Blanca también gana con el acuerdo. Por primera vez se compromete a recibir una cuota de cubanos, lo que de hecho desalienta las salidas ilegales de Cuba, y se deshace de los marielitos delincuentes, que se habían constituido en una obsesión de las autoridades de Florida.
Castro piensa que el buen ambiente creado por el acuerdo puede conducir a nuevas convergencias: reglamentos bilaterales sobre derechos de pesca, funcionamiento de guardacostas, interferencia radial y piratería aérea, puntos que habían sido materia de convenios en años pasados pero que fueron suspendidos más tarde por incidentes entre los dos gobiernos.
En su entrevista con los visitantes nortamericanos más recientes, Castro advirtió que, de todas formas, él no está demasiado "impaciente" ante una mejora de las relaciones entre los dos países, aunque se declaró dispuesto a discutir cualquier tópico con Washington, desde los limitados puntos ya reseñados, hasta cómo cooperar en el logro de un acuerdo sobre los conflictos armados en Centroamérica y el retiro de las tropas cubanas en Angola. Sin renunciar a su criterio de que la administración Reagan ha sido "una de las más hostiles" de las últimas siete frente a Cuba, él reconoció que, sin embargo, ésta ha sido la primera en detener definitivamente el accionar terrorista de los exiliados anticastristas y en emprender acciones legales importantes contra exiliados que han cometido en territorio estadounidense delitos contra Cuba.
Otro factor que posiblemente cuenta en la evaluación de Castro que él no mencionó, es que el equipo derechista que dominó la política exterior norteamericana durante la primera administración Reagan (Clark Baker, Meese, Haig, Kirpatrick) -quienes habían seguido los lineamientos trazados por el famoso Comité de Santa Fé (que aconsejó una propaganda activa contra Cuba y una guerra de "liberación nacional" contra Castro si esa propaganda fallaba)- se halla hoy prácticamente disuelto, al salir sus integrantes de puestos claves en la administración.
Ello no quiere decir que una normalización plena de las relaciones entre los dos regímenes esté a la vuelta de la esquina. Estados Unidos desde 1959 ha empleado los recursos más "calientes" para oponerse al sistema económico y social imperante en la isla, desde la "guerra encubierta", como consta en actas del mismo Congreso norteamericano, hasta el bloqueo económico más drástico. Sin embargo, Castro insiste. Incluso ha reiterado que podría retirar tropas cubanas de Angola (de hecho ya ha retirado gran número de soldados de Etiopía), si Estados Unidos logra que Sudáfrica se retire de Namibia. A La Habana no le conviene el mantenimiento de las tensiones con USA, y ello podría explicar el interés de Castro. El año pasado millones de dólares fueron gastados en movilización y adiestramiento de las tropas territoriales, ante los signos de peligro que venían de las bases norteamericanas en Centroamérica y de sus naves en el Caribe.
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