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| 4/26/2008 12:00:00 AM

Toda una pesadilla

De todos los resultados posibles para el partido demócrata, el de las primarias en Pensilvania es el peor.

Hace un mes y medio, muchos analistas creyeron que las elecciones primarias de Pensilvania, previstas para el 22 de abril, iban a definir el nombre del candidato demócrata a los comicios presidenciales en Estados Unidos, candidato que, según las encuestas de ese entonces, lo iba a tener fácil frente al republicano John McCain. Seis semanas después ha quedado claro que esos analistas se equivocaron y, lo que es más grave para la oposición gringa, que se quedaron cortos. Ahora resulta que, tras la votación del martes pasado en Pensilvania, la pelea entre Hillary Clinton y Barack Obama, los dos aspirantes a disputar la Casa Blanca el 6 de noviembre, no sólo sigue al rojo vivo, sino que podría terminar en algo que parecía impensable: sirviéndole la Presidencia en bandeja de plata a McCain y garantizando la continuidad de los republicanos en el poder.

El escrutinio en Pensilvania fue todo menos que sorpresivo. Luego de hacer campaña en las cuatro esquinas del Estado, y de echar discursos aquí y allá, Hillary Clinton obtuvo el 54 por ciento de los votos y superó a Obama por un considerable margen de casi 10 puntos. Las encuestas de opinión lo habían previsto de esa forma. Es verdad que los sondeos realizados dos semanas antes le atribuían a la senadora de Nueva York una ventaja de más de un 20 por ciento, pero la diferencia final le permite a ella continuar con vida en la lucha. Lo dijo la propia Hillary cuando les dio el parte de victoria a sus huestes en Filadelfia: "Mucha gente pensó que yo me iba a retirar. Pero no. Los estadounidenses no renuncian y merecen tener un presidente que no renuncia".

El caso es que la guerra por la candidatura demócrata no da tregua. Según la agencia The Associated Press, Obama cuenta tras las primarias de Pensilvania con 1.714 delegados a la convención nacional del partido, que terminará el 27 de agosto en Denver (Colorado). Hillary, por su parte, tiene 1.589. Ambos buscan alcanzar el número mágico de 2.025, que es el mínimo de delegados que se requiere para convertirse en candidato. El problema es que, tal como están las cosas, no parece posible que ni el senador de Illinois ni la ex primera dama logren llegar a ese número. Como sólo faltan ocho primarias que valgan la pena (la otra es la de Guam), es prácticamente imposible que alguno de los dos se salga con la suya.

Eso no significa que no se vayan a jugar el todo por el todo. La próxima batalla será el 6 de mayo, en Carolina del Norte y en Indiana. En el primero de esos estados hay 115 delegados en juego y las encuestas apuntan hacia una victoria de Hillary. En Indiana el tema es distinto. Allí, con 72 delegados en disputa, Obama confía en que hará valer la vecindad con Illinois, que es su estado y su patio. Luego vendrán la primaria de West Virginia, prevista para el 13 de mayo y con 28 representantes a la convención, y una semana más tarde las de Oregon y Kentucky, con 52 y 51 delegados. Las últimas tres votaciones se producirán el primero de junio en Puerto Rico, y el 3 en Monana y Dakota del Sur. Habrá 55, 16 y 15 delegados por elegir, respectivamente.

La gran pregunta es si Hillary piensa tirar la toalla antes de que todo eso pase o si espera batirse a duelo contra Obama el último día en Denver. Nadie sabe la respuesta. En las últimas décadas, sólo Edward Kennedy se ha atrevido a hacer algo semejante, cuando ignoró el resultado de las primarias, decidió ir hasta final y desafió en la convención demócrata de Nueva York al mismísimo presidente Jimmy Carter, que buscaba la reelección. No tuvo éxito y perdió estruendosamente. Es por eso que muchos demócratas, e incluso diarios que la habían respaldado como The New York Times, le piden a Hillary que se haga a un lado y apoye a Obama. Pero ella cree que podrá dar un golpe certero en el último instante si convence a los superdelegados, que son 796 notables de partido, desde ex presidentes hasta ex ministros y ex congresistas, con voz y voto en la convención.

Para conseguirlo, se ha valido de una serie de argumentos interesantes. En primer término, ha dicho que Obama no ha sido capaz de derrotarla en ninguno de los estados grandes y muy poblados, como California, Nueva York, Pensilvania y Ohio o inclusive Texas, donde en plata blanca hubo una especie de empate. Y en segundo lugar, ha insistido en que a Obama le faltan el carácter y la experiencia para enfrentar una crisis internacional, por lo cual sería presa fácil en las elecciones de noviembre frente a los republicanos. Que los superdelegados le hagan caso y voten en contra de la mayoría de los demócratas que se han arrimado a las urnas desde el 3 de enero no es pan comido. "Si lo hicieran, destruirían la legitimidad del proceso de las primarias y escandalizarían a los votantes jóvenes y negros que repaldan a Obama", dijo acertadamente en su editorial del jueves pasado el Financial Times.

Un lío adicional para los demócratas es que Obama no ha logrado cautivar la base del partido, los blue collar, obreros que ganan un salario por horas y que son llamados así por el overol azul que han vestido desde hace tiempos. Tampoco ha podido seducir a las mujeres, que en un 56 por ciento está con Hillary, ni a los bachilleres, el 64 por ciento de los cuales la respalda; ni a los blancos, que en un 60 por ciento se han alineado con la ex primera dama, según un sondeo reciente de Edison Media Research. Por si fuera poco, en varios de los estados donde ha salido airoso en las primarias hay mayorías republicanas y podría perderlos frente a McCain en noviembre. Esto indica que a Obama, como dicen en boxeo, le falta pegada. "La idea de que no puede terminar las cosas se abre camino", ha dicho Simon Rosenberg, del think tank neoyorquino New Democrat Network. Y eso que para conseguir plata es un mago. En marzo reunió 42 millones de dólares, es decir, el doble de lo que consiguió Hillary.

En resumidas cuentas, todo lo ocurrido en las últimas semanas no ha hecho sino prolongar una situación muy complicada en el bando demócrata, con dos candidatos tirándose los trastos a la cabeza y haciéndole el trabajo a un John McCain, que va en coche. Razón tuvo el diario The Boston Globe al titular el miércoles pasado un editorial sobre ese tema con el nombre de una célebre película de Led Zeppelin: La canción es la misma. Lo más difícil es que lo sucedido en Pensilvania, lejos de aclarar el panorama para el partido de Hllary y Obama como habían pronosticado algunos entendidos, se convirtió en lo que el célebre columnista David Broder calificó en su artículo de The Washington Post como "la peor pesadilla para los demócratas" les puede costar, nada más y nada menos, que la Presidencia de los Estados Unidos de América.
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