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| 11/8/1993 12:00:00 AM

TODOS PIERDEN

Aunque el humo del incendio del Parlamento se disipe, el panorama ruso seguirá oscuro.

UNA NUBE DE PESADUMBRE CAYO SOBRE Moscú después de los hechos del 3 y el 4 de octubre. Hoy en día en la ciudad se siente un ambiente extraño, de congoja, de preocupación, de desconcierto. La Casa Blanca, ahora negra, es el mudo testimonio de la locura que durante dos días se apoderó de una de las más importantes capitales del mundo. Extraño triunfo este que nadie festeja. "Esta no es una victoria; es una tragedia", tituló al día siguiente el oficialista diario Izvestia. Para ese medio, el fantasma de la guerra civil, antes tan lejano (en Nagorno-Karabaj, en Sujumi, en Tadjikistán), se acababa de posar sobre Moscú.
De pronto, los moscovitas se vieron caminando entre las balas. En la madrugada del lunes 4 de octubre, mientras los combates en la torre de la televisión oficial dejaban decenas de muertos, la amplia avenida Tverskaia, en pleno centro, se llenaba de barricadas de partidarios del presidente Boris Yeltsin llamados a proteger el Kremlin. La gente se alistaba en batallones de voluntarios, se encendían fogatas, se improvisaban mesitas con el tradicional vodka, el pan y los pepinos, mientras que las abuelitas seguian allí, o paradas como siempre, ofreciendo un a pan o un cartón de leche. A pocas cuadras, en otra gran avenida, la Nueva Arbat, una muchedumbre de curiosos saltaba por entre las balas de los francotiradores y del Ejército.
En el balance, son 142 muertos reconocidos, 876 heridos y un número indeterminado de víctimas en el asalto a la Casa Blanca. ¿Había que llegar a esto?
DEMENCIA Y CIUDAD
El asalto al edificio de Ostankino, sede de la cadena central de TV, que dejó más de 60 muertos y centenares de heridos, fue una aventura irresponsable provocada por los líderes de un Parlamento aislado y en agonía. Demostrando una enajenación total de la realidad, los dirigentes Aleksandr Rutskoi y Ruslan Jasbulátov consideraron llegada la hora del asalto final. El volante de invitación a las manifestaciones, firmado por el Partido de los Comunistas de Rusia y del Frente de Salvación Nacional decía que Yeltsin "cayó en su propia trampa, y se encuentra en el aislamiento político. La mayoría de las organizaciones sociales, de las repúblicasy regiones, declararon su descontento con la dictadura de Yeltsin, así como muchos destacamentos militares y toda la flota. A los putchsistas (golpistas) de Moscú solo les queda la televisión y la radio (...). Moscovitas: llegó vuestra hora. De ustedes depende la suerte de la sociedad".
Esta pintura de la realidad era delirante, pues el Parlamento se encontraba cada vez más aislado del conjunto de la sociedad. Día a día decenas de diputados abandonaban el edificio, hasta que sólo quedaron un poco más de 100 representantes. Al mismo tiempo, la Casa Blanca se llenaba de hombres armados de las más variadas vertientes: desde fascistas, anticomunistas y antisionistas, hasta partidarios del régimen comunista.

TRIUNFO PIRRICO
Pero hoy, después de los trágicos hechos, Boris Yeltsin, el vencedor, empieza a ser cuestionado en Occidente y en Rusia, no sólo por haber lanzado sus tropas de élite, la famosa división Alfa, contra el edificio congresional. Ahora se le critica por haber provocado la crisis con su decisión unilateral de cerrar el Parlamento. El héroe de 1991, que se subió a los tanques para defender la Casa Blanca, pasará a la historia por haber ordenado a esos mismos tanques atacarla. Peor aún, porque lo hizo cuando políticamente venía ganando la batalla, y cuando había logrado controlar el ataque a la televisión oficial. Como señala un diario europeo "la visión de los tanques disparando al Parlamento en el centro de una de las grandes capitales de Europa es horrible y aterrorizante".
Las críticas se extienden hacia atrás, hasta 1991. Yeltsin, el demócrata, gobernó durante dos años con el Parlamento que hoy destruyó, negociando permanentemente en las alturas y buscando a toda costa prevalecer en una lucha interna entre fracciones del viejo régimen. Hoy crecen los temores por el curso que le dé a su gobierno, que se aleja de lo que puede denominarse democracia. En primer lugar disolvió el Parlamento, electo, aunque le pese, bajo la misma constitución con que lo eligieron a él. Convocó a elecciones para un nuevo organismo que nadie aprobó. Está gobernando por "úkases" o decretos. Y aplazó hasta mediados del próximo año las elecciones presidenciales.
Los pasos posteriores fueron aun más preocupantes. Removió al gobernador de Bryansk por oponerse a él y destituyó a los administradores de Novossibirsk y de Ambursk. Prohibió varios diarios de la oposición, así como algunos partidos. Forzó la renuncia de Valery Zorkin, presidente de la Corte Constitucional. Removió al procurador general Valentin Stepankov el mismo día en que se iniciaba la investigación de los hechos de lunes y martes. Diarios independientes tan importantes como Nezavisimaya Gazeta aparecieron el martes con grandes espacios en blanco. El alcalde de Moscú disolvió el Soviet de la ciudad, y Yeltsin pidió su autodisolución a los Soviets regionales que apoyaron al Parlamento.
Y AHORA, ¿QUE?
Mucho se discute hoy si, como sostiene Yeltsin, el país más grande del mundo ha dejado atrás el espectro de la guerra civil. Lo cierto es que algunos se inclinan a juzgar más por lo que Yeltsin hace que por lo que dice, y advierten sobre los demonios de despotismo y la dictadura que pesan tanto en la historia de Rusia.
Lo primero que hay que descartar es lo que Yeltsin dice. Rusia no tiene ante sí el aterciopelado camino de una estable democracia europea. Las elecciones prometidas nacen viciadas, pues con escasos meses de plazo, varios partidos proscritos, los medios de prensa censurados, y las normas que aún no son claras y definitivas, no hay un buen panorama para garantizar un proceso nítido.
Pero también es muy temprano prever la instauración de una nueva dictadura. Con todos los peligros que encarnan las medidas, la población rusa viene de sacarse de encima décadas de poder totalitario, y es de una sensibilidad extrema ante cualquier intento de volver a las mismas andanzas. La censura de prensa, por ejemplo, tuvo que ser levantada a los dos días de instaurarse.
Si de algo ha servido el enfrentamiento entre Yeltsin y el Parlamento, ha sido para liberar las riendas de las repúblicas autónomas, de las regiones y territorios de Rusia, que, mientras el caos se apoderaba de Moscú, pescaban en río revuelto. En plena crisis, 14 regiones de Siberia se reunieron en Novossivirsk y proclamaron su intención de formar una nueva república si Yeltsin no anulaba su decreto proscribiendo el Congreso. La región de los Urales, cuna del presidente, votó en estos días su Constitución como república. Tatarstán, la república musulmana ubicada en el centro de Rusia, declaró su independencia, así como Chechenia en el Cáucaso.
LA SOLEDAD DEL PODER
Y, por último, al haber resuelto una polémica política con armas y con sangre, los odios y los rencores tarde o temprano resurgirán con pasión, sobre todo si se le suma a todo esto una economía sin guía ni control, una explosión de desigualdades sociales, con Mercedes y limusinas chocando en las calles a los viejos y maltrechos Zhigulis, y una población cada vez más pobre y descontenta. Quizás el futuro sea un coctel inestable de todos estos factores, crisis económica, desintegración creciente de la Federación Rusa, medidas autoritarias, elecciones, descontento social y un sentimiento a favor de una democracia que ni se entiende ni se practica, como quedó demostrado la semana pasada.
Hasta hoy, Boris Yeltsin tuvo el chivo expiatorio del Congreso para culparlo de la crisis política y del estancamiento económico. Una vez eliminado violentamente su adversario queda sólo el, omnipotente propietario del Kremlin, para ser culpado por todos y cada uno de los males de Rusia.
Según "el padrecito" Yeltsin, la democracia se ha salvado. Pero lo cierto es que los hechos del tres y cuatro de octubre cierran el periodo iniciado por Mijail Gorbachov en 1985. La ironía es que en el poder esta un hombre hecho para oponerse y destruir, cuando lo que se necesita es un personaje dotado para construir. La duda es si una nueva gran tragedia rusa solo acaba de empezar.

¿DISOLUCION?
LA FEDERACION RUSA ESTA compuesta por 89 "sujetos" territoriales de diferentes categorías, según el tipo de acuerdo suscrito entre ellos y el poder central. De esa forma, el país abarca a las ciudades federales de Moscú y San Petersburgo, las 21 "repúblicas soberanas", seis kray (territorios), 49 oblast (regiones) y las 10 okrug (circunscripciones) autónomas.
Aun en condiciones ideales, la enorme superficie y la diversidad poblacional atentan contra la federación. Rusia tiene más de 17 millones de kilómetros cuadrados que comprenden 11 zonas horarias. Los casi 150 millones de habitantes abarcan más de 100 grupos étnicos o "nacionalidades", de las cuales la rusa es cerca del 80 por ciento.
La federación se rige por un Tratado firmado en marzo de 1992, que se celebró en parte por el clamor de las repúblicas y regiones por tener una mayor autonomía y control sobre sus recursos naturales. Al promoverlo, Yelstin lo consideró "una garantía para que a Rusia no le suceda lo que a la Unión Soviética". Pero en la realidad lo único que se parece a una garantía en ese sentido es la interdependencia económica.
Aparte de ello, algunas regiones, en particular, acusan grandes dificultades. La más inestable de ellas es el norte del Cáucaso, donde los rusos representan sólo el 20 por ciento de la población frente a pueblos originarios como, entre otros, los de Chechenia, Daguestán, Kabardino y Osetia del Norte. Allí las deportaciones masivas de la epoca de Stalin siguen generando sentimientos antirusos, hasta tal punto que la república de Chechenia fue una de las dos que no suscribieron el Tratado de 1992 (con Tatarstán, también productora de petróleo). Las autoridades rusas, que enviaron tropas tras la declaración de independencia de 1991, tuvieron que retirarlas ante la presión popular, y cambiar la presión militar por la económica.
Entre los pueblos caucasianos corre la sangre. En octubre de 1992 se desató el primer conflicto interétnico en territorio ruso desde la desintegración de la URSS, cuando los ingush (quienes aspiran a recuperar sus tierras tras la expulsión de Stalin en 1944) y los osetios del norte se enfrentaron con saldo de más de 500 muertos y el inicio de una "limpieza étnica" contra los primeros. En el intento por mediar, los rusos ocuparon parte de Chechenia, la que denunció el hecho como una agresión.
Otros 16 pueblos caucasianos crearon una "Confederación de los Pueblos del Caucaso", que, con el apoyo del presidente de Chechenia, ocultan sus intenciones de separarse la larga de Rusia.
En cuanto a Tatarstán, ha venido negociando durante dos años su vínculo con Rusia, pero hay quienes proponen una entidad federal Idel-Ural, una unión de tártaros desde el Volga hasta Kazakstán. Su posición estratégica y su producción petrolera lo convertirían en un país clave, pero hay sectores como los bashkir, que se opondrían violentamente a su existencia.
En el caso de Siberia, en su extremo norte hay muchos grupos pequeños que son toda una nacionalidad en sí mismos. En el sur, el pueblo de ascendencia turca y mongola de los tuvanos tiene gran sensibilidad ante la explotación de sus recursos por parte de la gran inmigración rusa, que fue objeto de sangrientas agresiones en 1990.
La república siberiana de Yakutia, con más de 3,1 millones de kilómetros cuadrados y menos de un millón de habitantes, proclamó su soberanía en 1990, pero sus móviles son económicos antes que políticos, pues allí se produce el 99 por ciento de los diamantes de Rusia. Buriata y Kajasia también tienen movimientos secesionistas que han desatado la violencia de los cosacos.
En este panorama, del que apenas se han citado algunos ejemplos, la situación militar es un ingrediente que empeora el pronóstico. Despojadas de un objetivo claro y sumidas en la falta absoluta de recursos, el estamento militar ruso está en muchas de las regiones convertido en pequeños ejércitos particulares que se venden al mejor postor.

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