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| 8/6/2011 12:00:00 AM

Todos pierden

La batalla por la deuda nacional dejó maltrechos tanto al presidente Barack Obama como a sus opositores republicanos. Pero a la larga, estos podrían ser los mayores damnificados.

"Veinticuatro horas después de que se alcanzara un acuerdo en Washington para aumentar el techo de la deuda nacional, el presidente Barack Obama les agradeció especialmente a los congresistas del Partido Demócrata, así como también a los congresistas del Partido Demócrata, por haber hecho semejantes concesiones". La frase anterior no es un error. Es una broma que apareció el miércoles pasado en las páginas del periódico satírico The Onion (La Cebolla), que resume lo que mucha gente piensa en Estados Unidos luego de que Obama pactó con la oposición republicana para evitar que el país entrara en suspensión de pagos. Lo que piensa esa gente es muy simple: que los grandes perdedores del episodio fueron el propio Barack Obama y su colectividad política, el Partido Demócrata. La pregunta ahora es si eso los conducirá sin remedio a una derrota en las elecciones presidenciales que tendrán lugar dentro de 15 meses. La respuesta es ambigua, como todo lo que ha pasado en las últimas semanas en Washington: no necesariamente.

La discusión para aumentar el monto de la deuda en Estados Unidos fue una pelea de perros y gatos en la que perdieron todos, pero, sobre todo, el prestigio de Estados Unidos como faro de la economía mundial. El lío, que se calentaba día a día, se puso al rojo vivo cuando Obama, los demócratas y los republicanos vieron cómo se acercaba el miércoles 3 de agosto, fecha en la que el país iba a entrar en suspensión de pagos a menos que las dos bancadas llegaran a un consenso para autorizar el aumento de la deuda nacional. La cosa era clarísima: si para entonces no se firmaba una ley por la cual el gobierno podía pedir préstamos por encima de los 14,3 billones de dólares, que era el tope establecido, Estados Unidos iba a entrar en cesación de pagos por primera vez en su historia, con consecuencias imprevisibles para el mundo entero. La negociación habia sido más difícil que nunca. Para darle luz verde al asunto, Obama y los demócratas querían que en el presupuesto de los próximos diez años se bajaran los gastos estatales y se les subieran los impuestos a los más ricos de modo que al país le quedaran cuatro billones de dólares. Los republicanos se oponían. Para ellos el ahorro debía ser de 2,4 billones sin que se aumentara un centavo a los impuestos.

Tras muchos ires y venires, y luego de que la economía planetaria comenzó a tambalearse ante la amenaza que emergía de Washington, la sensatez se impuso. Los demócratas, representados por Obama, por el vicepresidente Joe Biden y por el líder de la mayoría en el Senado, Harry Reid, y los republicanos, encabezados por el presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, y por el jefe de la bancada minoritaria en el Senado, Mitch McConnell, produjeron humo blanco. Fue así como entre el lunes y el martes el Senado y la Cámara dieron el sí. ¿En qué quedó el asunto? Primero, el techo de la deuda se incrementó en 2,4 billones de dólares. Segundo, se autorizó al gobierno a pedir prestados 400.000 millones de dólares inmediatamente y otros 500.000 millones en siete meses. En tercer lugar, habrá recortes al gasto por 917.000 millones de dólares en los próximos diez años, especialmente en el Pentágono y en el Medicare, el plan de ayuda médica a los mayores de 65 años. Finalmente, lo consensuado establece que a finales de noviembre un comité bipartidista de 12 miembros debe decidir qué otros sectores sufrirán tijeretazos.

Pero, entonces, ¿quién ganó la partida y quién la perdió? Algunos podrán argumentar que Obama se salió con la suya porque, como escribió The Washington Post, "eliminó una pelea parecida a lo largo de la campaña presidencial para las elecciones de noviembre de 2012". Además, no se convirtió en el primer presidente bajo el cual el país deja de pagar las deudas, lo que habría sido deshonroso. Y eso tiene mérito, sin duda. El caso, sin embargo, es que aunque Obama haya logrado ganar tiempo, no salió indemne de esta batalla. Voces muy prestigiosas lo dan como un perdedor absoluto. "Hay pocas cosas atractivas del acuerdo como, por ejemplo, que evita la suspensión de pagos. Porque el resto no es más que una capitulación absoluta ante las exigencias hechas, con un estilo de toma de rehenes, por los extremistas republicanos. El pacto perjudicará los programas en favor de los pobres y de la clase media, y retrasará la recuperación económica", advirtió The New York Times en un editorial de título contundente: Para huir del caos, un acuerdo terrible.

Por si fuera poco, un sondeo elaborado por el Centro de Investigaciones Pew, publicado el martes en el Post, dejó claro que el 37 por ciento de los ciudadanos tiene ahora una imagen menos favorable de Obama que antes de la crisis. El dato debe inquietar a la Casa Blanca si se agrega al resultado de las últimas encuestas sobre la popularidad del presidente y sobre el rumbo del país. Según la última, hecha por Gallup, mientras el 41 por ciento de los ciudadanos aprueban la gestión de Obama, el 51 por ciento la desaprueba. Y según las últimas cuatro consultas computadas por RealClearPolitics.com, mientras solo el 24,5 por ciento de la gente cree que Estados Unidos va por buen camino, un altísimo 68,3 por ciento piensa que las cosas van mal. Con esas estadísticas, cabe preguntarse nuevamente quién ganó entonces la disputa sobre la deuda. A juzgar por diversos análisis, todo indica que el Tea Party (Partido del Té), el ala ultraconservadora y nacionalista de los republicanos, que solo con 60 escaños de los 435 de la Cámara les torció el brazo no solo a la Casa Blanca y a los demócratas, sino también al sector moderado de los seguidores de Ronald Reagan y George Bush padre.

Pero esa conclusión no es rotunda. Es cierto que Obama cedió terreno y por eso ha recibido varillazos de personalidades como el premio Nobel de Economía Paul Krugman, que en The New York Times esta semana lo pinta como más blando que una gelatina. Pero ni el Tea Party ni sus líderes, como la precandidata presidencial Michele Bachmann, sacaron una mejor reputación en semejante rifirrafe. Según el sondeo del Pew, la imagen de esa colectividad cayó 37 por ciento, cifra idéntica a la del presidente. Y eso no molesta en absoluto a los asesores de Obama, que andan ya en campaña, tal como quedó claro en Chicago el jueves pasado, donde el presidente celebró su cumpleaños número cincuenta. David Axelrod, principal estratega de Obama, lo resumió así: "Lo que ha hecho el Tea Party es aclarar el debate y diferenciar las distintas alternativas. A largo plazo, les ha hecho un gran daño a los republicanos, que ahora se definen por sus voces más estridentes". Eso, por supuesto, no les ayuda, porque les ha complicado muchísimo encontrar un candidato capaz de proyectar una imagen de confianza que pueda ganar votos en el sector de los indecisos, sin el cual no es posible hacerse a la Presidencia.

Hoy día, en Estados Unidos solo se habla de la guerra entre los partidos por la deuda, un tema que seguirá vigente en los meses que vienen, y ha hecho pasar a segundo plano lo que ocurre en Irak y Afganistán y noticias como la muerte de Osama bin Laden. Lo que viene en la política gringa es un debate muy interesante en torno a la verdadera función del Estado; al tono con el que se hace la política, y a lo que son realmente los demócratas, considerados de centroizquierda y partidarios de los programas sociales, y los republicanos, grupo conservador que se opone al alza de impuestos como mecanismo para que la economía crezca. La pregunta es si los republicanos, que dejaron una imagen de pugnaces e insensibles ante la enorme crisis que estuvieron a punto de provocar, pueden a la larga ganar esa batalla ideológica.

Entre tanto, Obama ya es candidato, pero lo está pasando mal. Tanto que, según la broma de David Letterman el jueves pasado, "celebró el cumpleaños muy feliz porque consiguió falsificar una partida que certifica que sí nació en Kenia".
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