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| 11/19/1984 12:00:00 AM

TRAGEDIA EN LA SUITE NAPOLEON

Margaret Thatcher estuvo a punto de morir a manos del IRA

Es la medianoche del jueves 11 de octubre. Los huéspedes del Gran Hotel de Brighton departen alegremente durante un baile ofrecido en su honor en los salones del hotel. El evento marca la víspera de la clausura de la asamblea conservadora. Entre los asistentes se encuentran la primera ministro Margaret Thatcher, la totalidad de su gabinete y la mayoría de los parlamentarios conservadores. Los comentarios se centran en el rotundo éxito obtenido por el secretario de Industria y Comercio, Norman Tebbit, en el curso de la asamblea y quien se perfilaba como el hombre de mayor jerarquía en las filas conservadoras después del indiscutible liderazgo de la Thatcher. Se especula sobre lo que será la agenda del siguiente día: en las horas de la mañana se debatirá el espinoso problema de Irlanda del Norte y en la tarde el discurso que pronunciará la primera ministro servirá de plataforma conservadora para el próximo año. A las 2:54 de la mañana del viernes la gran mayoría de los asistentes se ha retirado a sus habitaciones. El segundo piso del hotel es cuidadosamente vigilado ya que en él se hospedan los principales dirigentes. En la elegante suite Napoleón la señora Thatcher escribe las últimas partes del discurso que pronunciará doce horas después. De repente, un fuerte estallido sacude el hotel y destruye las ventanas, interrumpiendo la labor de la señora y obligándola, horas más tarde, a variar sustancialmente su contenido.
"Mi primera reacción fue pensar en los policías que custodiaban el hotel", manifiesta la primera ministro con calma excepcional. "Uno lee sobre estas cosas pero no cree que van a sucederle en persona", dice. Toda una columna de habitaciones se ha venido al suelo y los habitantes de los pisos tercero al sexto, que ocupan esos cuartos, han caído en pocos segundos al espacio que separaba la habitación de los esposos Thatcher y la de sir Geoffrey Howe. Entre los escombros quedan aprisionados cuatro cadáveres: el del parlamentario conservador Sir Antony Berry, 58 años, el de Roberta Wakeham, 45 años y esposa del parlamentario John Wakeham y los de otras dos personas cuya identificación se demora. Entre los heridos, 34 en total, se encontraban Tebbit, el triunfador de la vispera, y su señora, así como el chieff whip Wakeham.
Casi que desde las mismas ruinas del edificio, los dirigentes conservadores adoptan la posición que posteriormente sería aplaudida por sus colegas y opositores: la agenda del viernes no se alterará y "el show continuará su curso", bajo una mayor vigilancia de la policía. Hacia las horas del mediodía el Ejército Revolucionario Irlandés (IRA) se atribuye el atentado, y la prensa comienza a recordar actos terroristas similiares del mismo grupo como el asesinato en 1979 del Lord Mountbatten, tio de la reina Isabel y último virrey de la India.
También se evoca la bomba a los almacenes Harrod's en diciembre último que cegó la vida de varios ingleses, y la serie de atentados en lugares céntricos ocurridos en los últimos dos años. "Thatcher se dará cuenta de que Gran Bretaña no puede ocupar nuestro país, torturar a nuestros prisioneros y arrestar a nuestra gente en sus propias calles impunelnente dice el IRA en un comunicado dado a conocer en Belfast, que termina con estas apocalípticas palabras: "Hoy no hemos tenido suerte, pero recordad, solamente necesitamos tener suerte una vez, ustedes tendrán que tener suerte siempre. Dad paz a Irlanda y no habrá guerra". El insuceso, había ocurrido, de hecho, a sólo un mes de una "cumbre" entre la Thatcher y el primer ministro de la República de Irlanda, Garret Fitzgerald, en donde se revisarán los acuerdos constitucionales mediante los cuales Irlanda del Norte fue anexada al Reino Unido. Los comunicados que da la cancillería indicarían más tarde que no se alterara el curso de esas negociaciones.
En las horas de la tarde, la Dama de Hierro pronuncia un discurso en el que la expresión "business as usual" se convierte en el tema dominante por reflejar el deseo de la primera ministro de mostrarse no intimidada por el atentado. Cuando ella termina su oración, el auditorio prorrumpe en aplausos que se prolongan durante varios minutos.
Las consecuencias políticas del incidente no tardan en mostrarse. Dos ideas centrales salen de los varios reportajes que ella concede tras el bombazo. La primera es la de su eventual reelección y la segunda es la de la pena de muerte. "Estoy en el cargo que más me gusta", señala la Thatcher luego de indicar que desea "repetir" otro gobierno. Si se recuerda cómo su dura postura ante la guerra en las Malvinas la catapultó para un segundo periodo gubernamental, no podría descartarse que el atentado de Brighton pueda reforzar tales aspiraciones.
Y consonante con el espíritu de revancha que la acción del IRA suscitó entre la prensa conservadora, especialmente en el The Sun, quien exigió que el IRA "sea cazado sin piedad y exterminado como una rata", la primera ministro declaró que el restablecimento de la pena de muerte --abolida en Inglaterra desde 1969, excepto para caso de traición a la patria-- era una solución adecuada. "Creo que aquellas personas que salen preparadas para privar de la vida a otras deben renunciar a su propio derecho a la vida", dijo ante la televisión.--
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