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| 11/10/2012 12:00:00 AM

Tras pesados cortinajes

Comenzó el Congreso del Partido Comunista Chino, el evento político en el que cambiará la dirigencia del país más poblado del mundo. Nuevo presidente y nuevos desafíos se abren para el imperio central.

Con el inicio del XVIII Congreso del Partido Comunista, China se prepara para cerrar la 'década dorada' en la que bajo el mando del dúo Hu Jintao-Wen Jiabao, pasó de ser la sexta economía mundial a ser la segunda. En esta ocasión el interés mundial es mayor que nunca, no solo por esa circunstancia, sino porque en los meses anteriores una inusual serie de rumores e intrigas hicieron pensar a los observadores internacionales que en la hermética cúpula del partido se desarrollaba una dura batalla por el poder.

En efecto, solo un par de semanas antes del magno acontecimiento, un informe del diario The New York Times hizo espectaculares revelaciones, según las cuales Wen y su familia habrían amasado varios miles de millones de dólares como producto de operaciones corruptas. El hecho produjo reacciones airadas en la alta dirigencia, que bloqueó la página web del diario mientras hacía correr la versión de que podría tratarse de una reacción de los partidarios de Bo Xilai, el carismático dirigente de la provincia de Chongqing caído en desgracia después de que su esposa fue acusada de asesinar a un amigo británico de la pareja por un asunto relacionado con lavado de dinero.

El hecho resultó particularmente inquietante porque mientras Wen, como miembro del actual Politburó, es un adalid de la China reformista y liberal, el carismático Bo representaba una facción contraria que aboga por un cierto regreso al pasado, por una especie de neomaoísmo cuyos alcances no están suficientemente claros. Todo ese asunto hizo pensar a muchos en Occidente que tras los pesados cortinajes del establecimiento chino, se abre paso una facción profundamente descontenta con el derrotero del gigante asiático, pero silenciada por completo.

Pero detrás de esa maraña de intrigas, que seguramente seguirá en la oscuridad por mucho tiempo, los reflectores del espectacular auditorio se centraron en la dupla en el poder, bajo cuya gestión de diez años el país cuadruplicó su producto interno bruto y quintuplicó sus exportaciones. Se consolidó como potencia al esquivar la crisis financiera global de 2008, ayudando a reactivar las economías de sus principales socios, y reforzó su imagen internacional con eventos como los Juegos Olímpicos y la Expo de Shanghái.

Con la inauguración del jueves se abrió el periodo transicional en el que la cúpula de poder se jubila y la quinta generación de líderes entra a tomar las riendas del país asiático. Siete de los nueve puestos del Comité Permanente del Politburó -el órgano donde se toman todas las decisiones importantes de China- quedarán libres, incluidos aquellos que corresponden al presidente, primer ministro y jefe del Legislativo. Es decir, los tres cargos más importantes de China recaerán, a partir de la próxima semana, en nuevos nombres.

No solo habrá cambios en la cúpula. En total, se renovarán dos terceras partes de todos los altos cargos del Partido Comunista, la organización política más grande del mundo, con 83 millones de miembros.

Los 2.268 delegados se reunirán en Beijing hasta el 14 de noviembre para discutir los proyectos y reformas para los próximos cinco años. Pero más que un debate, será simplemente la confirmación formal de las decisiones tomadas ya por el Comité Permanente. Igual sucederá con los nombres de quienes heredarán el poder, que solo se revelarán el próximo jueves y que ya han sido elegidos por los veteranos del partido.

La nueva cúpula

Hasta el momento, los únicos dos que parecen confirmados son el vicepresidente Xi Jinping y el vicepremier Li Keqiang, quienes son los únicos miembros del Comité Permanente que no han llegado a la edad de jubilación.

Desde hace dos años se cree que Xi será el posible futuro presidente de China, desde que fue nombrado vicepresidente de la Comisión Central Militar, un cargo que le permite conocer integralmente a todos los entes del gobierno chino. Hoy en día Xi es, a nivel del partido, el número 6 del Comité Permanente; a nivel del Estado, el vicepresidente; y del Ejército, el segundo en mando después del presidente Hu. Los demás candidatos son una baraja de propuestas de las dos facciones del partido: la reformista, alineada con Hu y Wen, y la conservadora, comandada por el expresidente Jiang Zemin.

La falta de concertación es un reflejo del debate en el que se ha sumido el partido desde hace unos años. Un lado presiona por la transición completa del país hacia una economía de mercado y por una apertura política, mientras que el otro considera que se debe liberalizar la economía sin poner en riesgo el actual orden político.

El peso de Jiang se hizo evidente cuando se sentó junto a Hu durante la ceremonia de inauguración del Congreso, en un país donde los símbolos son igual de importantes que las palabras. El tire y afloje ha sido tan tenso que posiblemente el Comité Permanente se reducirá a siete miembros, pues no ha habido consenso sobre los dos últimos candidatos. Con el manto de poder de Jiang -incluso a pesar de su avanzada edad- la nueva cúpula se perfila como una muy conservadora.

Entre tanto, Hu estaría buscando un acuerdo, que le permita promover a sus protegidos y continuar su proyecto reformista. En su discurso inaugural, entendido como una "entrega de cuentas" de su gestión, el concepto "reformas políticas" se repitió constantemente, casi como si Hu buscara fijarlo en los demás delegados. "Debemos continuar haciendo esfuerzos activos y prudentes para reformar la estructura política y desarrollar una democracia popular más extensa, plena y sensata", dijo.

Tanto Hu como el premier Wen son partidarios de una apertura política gradual, que no apunta precisamente a la instauración de una democracia popular, sino a una ampliación en la base de toma de decisiones dentro del gobierno. Es decir, dejar de concentrar el poder en nueve personas.

Hu fue claro en identificar a la corrupción como uno de los males endémicos que afectan a China. "Si fracasamos en el manejo de este problema, podría resultar fatal para el partido, e incluso, ocasionar su colapso y el derrumbe del Estado", expresó.

Sus palabras cobran un significado especial meses después del escándalo de Bo Xilai. Hu fue enfático en que todo funcionario, sin importar su rango, deberá ser castigado si es encontrado culpable de corrupción. Esta sería una decisión clave para retornar la confianza al pueblo, que cada vez protesta con mayor fuerza por los casos de corrupción a nivel local.

Por otro lado, hay señales de que el crecimiento económico disminuirá durante las próximas dos décadas si China no replantea el control del gobierno sobre la economía, ni corrige la creciente desigualdad social. "Para que el desarrollo sea más equilibrado y sostenible, debemos duplicar el PIB y el ingreso per cápita de 2010, tanto en zonas urbanas como rurales", dijo Hu.

La China que recibirá el nuevo liderazgo es más inestable que la de diez años atrás. A medida que la calidad de vida ha aumentado, surgen nuevos factores de descontento social, como el deterioro medioambiental por la industrialización, la seguridad de los alimentos o el déficit en el sistema pensional y de salud pública, fundamental en un país donde la edad media es de 36 años.

Xi Jinping ha buscado perfilarse como un líder que entiende y conoce las necesidades del pueblo, a pesar de pertenecer a la élite por haber nacido en una prominente familia comunista y ser el hijo de un vicepremier de Mao Zedong. Desde el inicio de su carrera decidió trabajar como líder político en pequeños condados, en lugar de ascender rápidamente usando su apellido. También se ha preocupado por proyectar una imagen más humana, distinta al perfil acartonado de Hu o de Jiang. Detalles banales como su gusto por las películas de acción de Hollywood o los partidos de la NBA, lo acercan a la gente del común, en un país donde la política suele ser despersonalizada.

Sin embargo, poco se sabe de su filiación política y de sus ideales, excepto que cuando fue líder del partido de la provincia de Zhejiang -una de las más prósperas de China- combatió fuertemente la corrupción.

Debido al hermetismo de Beijing, los imaginarios públicos sobre los líderes chinos se suelen construir a partir de las impresiones de los políticos extranjeros. Y Xi ha sido uno de los que mejor ha sido retratado. Es descrito como una persona agradable, que prefiere tener una conversación en lugar de seguir el rígido protocolo chino. En palabras de Henry Kissinger, "se siente inmediatamente su presencia cuando entra en el salón". Por lo pronto, ante los enormes retos que enfrenta no solo en el campo de la administración pública, sino de la filigrana política del Politburó, es claro que necesitará mucho más que una personalidad agradable para salir con éxito de la enorme responsabilidad que asume.
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