Domingo, 22 de enero de 2017

| 2009/07/12 00:00

A tres bandas

Con una hábil jugada, Hillary Clinton puso a dialogar a las partes y abrió la posibilidad de que la crisis política hondureña se solucione sin Hugo Chávez a la vista. , 105084

Manuel Zelaya, el depuesto presidente de Honduras, de sombrero, se reunió en San José con el mandatario costarricense Óscar Arias, encargado de mediar con el gobierno de facto

Sonó a fracaso el intento del primer cara a cara entre el depuesto presidente hondureño Manuel Zelaya y el nuevo, Roberto Micheletti, que encabeza el régimen de facto tras la torpe acción militar del pasado 28 de junio. El encuentro, que se iba a llevar a cabo el jueves en la residencia en San José del presidente de Costa Rica, Óscar Arias, no tuvo lugar. Zelaya y Micheletti llegaron a la casa, hablaron por separado con Arias y al cabo de un rato decidieron marcharse. Pero sus delegaciones conversaron por varias horas y la mediación del Presidente costarricense sigue en pie. La apertura de este diálogo, sea cual sea su desenlace, es una victoria de la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, que de un solo plumazo le quitó el protagonismo en este embrollo al presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

El hecho de que la gestión de Arias siga con vida se deduce de las declaraciones y las actitudes de Zelaya y Micheletti después de haberse reunido con él. Zelaya, que llegó a la cita de sombrero blanco, agradeció los esfuerzos del Presidente costarricense y no le cerró ninguna puerta. Y Micheletti, que al día siguiente dijo en Tegucigalpa que su régimen está “de acuerdo con el regreso de Zelaya, pero directamente a los juzgados”, no se opuso a la apertura en San José de una comisión de diálogo entre ambos bandos. También manifestó que por ningún motivo adelantará las elecciones presidenciales que se deben celebrar el 29 de noviembre. El viernes pasado, 75 académicos de universidades estadounidenses le pidieron a Hillary que rechazara la posibilidad de que se anticipen los comicios como un compromiso con los golpistas y le pidieron que exija el retorno inmediato de Zelaya. Entre esos académicos se encontraban algunos de gran prestigio como Noam Chomsky, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT); John Womack, profesor emérito de la Universidad de Harvard, y Héctor Perla, de la Universidad de California en Santa Cruz.

A Chávez no le gustó nada la tarea que emprendió Arias en su propia casa. “Nunca antes se había visto lo que pasó el jueves en Costa Rica. Con todo respeto por el presidente Óscar Arias, qué horrible se vio a un Presidente recibiendo a un usurpador. A éste ha debido ponerlo preso”, dijo en alusión a Roberto Micheletti. Pero la cosa no paró ahí. Chávez se fue lanza en ristre contra Hillary Clinton por haber respaldado las conversaciones. “Ese diálogo es un muerto. Es un error craso de la diplomacia estadounidense”, agregó. Según él, el presidente Zelaya, al no aceptar el cara a cara con Micheletti, “se salió de la trampa de quienes utilizaron a la Secretaría de Estado”. Chávez señaló, además, que espera que a su regreso de Europa el presidente Barack Obama ponga orden en la sala.

La molestia del Presidente venezolano, especialmente con Hillary, era más que comprensible. Desde el momento en que los militares empacaron a Zelaya en un avión en Tegucigalpa y lo enviaron a la fuerza a Costa Rica, Chávez ha querido erigirse en la voz de quienes apoyan al Presidente depuesto. Primero dijo que estaba listo a enviar tropas para defender la democracia y después comandó a un grupo de naciones como Bolivia, Ecuador, Argentina y Nicaragua para lograr que la Organización de Estados Americanos (OEA) suspendiera inmediatamente a Honduras como país miembro. Nada de eso le funcionó: no hubo que mandar soldados a ninguna parte y la OEA decidió concederle al régimen hondureño un margen de 72 horas para restituir a Zelaya.

Un tercer intento no sólo no le surtió efecto, sino que terminó convertido en una patética tragicomedia con saldo de un muerto en los disturbios que propició. Ocurrió el sábado 5 de julio, cuando ordenó que un avión de la Fuerza Aérea de Venezuela transportara a Zelaya hasta Tegucigalpa mientras que Telesur, el canal de su propio país, entrevistaba en directo al depuesto Presidente. Fue un verdadero show mediático que no pudo concretarse porque las tropas bloquearon con vehículos armados la pista de aterrizaje.
Pero la situación dio un giro el martes 7, al término de la reunión en Washington entre Zelaya y Hillary. Ese día, ella anunció que Óscar Arias iba a servir de mediador, y que lo apoyaba. No sólo eso. Si bien condenó el golpe de Estado, no se atrevió a exigir la inmediata restitución de Zelaya en el poder. “Aún hay cosas por resolver”, dijo de forma muy diplomática. No olvidaba que su huésped había tratado de organizar una consulta popular contra la orden de la Corte Suprema y del Parlamento. Lo llamativo es que su tono fue muy distinto al de Obama, que desde la cumbre del G-8 en Rusia había dicho en referencia a Zelaya: “Estados Unidos apoya la restauración del Presidente democráticamente elegido en Honduras, a pesar de que se opone a las políticas norteamericanas”.

Hillary ha tomado la delantera y le ha quitado todo espacio al Presidente venezolano en la solución de la crisis de Honduras. Como le dijo a SEMANA Michael Shifter, profesor de la Universidad de Georgetown y vicepresidente del Diálogo Interamericano –el instituto de estudios sobre la región más prestigioso de Washington–, “el presidente Chávez debe estar frustrado porque el imperio no está actuando como imperio, con lo cual lo tiene descolocado. La secretaria de Estado, Hilary Clinton, ha tomado la iniciativa. Tanto, que el presidente Zelaya, que es próximo a Chávez, viene a Washington a pedir ayuda. Es irónico”.

Ni la situación está lejos de resolverse ni está en un punto muerto. Muchos creen que la solución sería el regreso de Zelaya con la garantía de que cite a elecciones en noviembre, todo ello con supervisión internacional. Es verdad que el trabajo del secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, no dio frutos, pero el de Arias, cuya paciencia como negociador puede ser clave, sirve para que haya avances. Si los logra, confirmará que el Nobel de la Paz que recibió en 1987 fue más que merecido y hará que Hillary, como dice The Economist, se anote su primer hit en la política exterior hacia Latinoamérica.

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