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| 11/12/2016 10:00:00 PM

Ganó el ‘Brexit’, el No, Trump… ¿Y ahora qué?

La rebelión contra la política tradicional está abriendo un camino riesgoso: el del populismo, las campañas engañosas y el cuestionamiento a los valores democráticos.

Después de las victorias del brexit en Reino Unido y del No en el plebiscito de Colombia, más de un opinador en las redes y en la prensa, antes del martes pasado, expresó pánico por la eventualidad de un triunfo de Donald Trump. Era lo último que se podía esperar. El lunes siguiente a la debacle de Hillary Clinton, el conocido periodista español Miguel Ángel Bastenier escribió en su Twitter: “Con encuestas o sin ellas, creí que ganaría el Sí en Colombia; que no habría ‘brexit’;’ y que Hillary sería presidenta”.

Que muchos hayan cometido el mismo error en las predicciones electorales abre un gran interrogante: ¿hay un hilo conductor entre lo que acaba de pasar en países tan distintos y distantes como el Reino Unido, Colombia y Estados Unidos? Hay elementos comunes en los tres procesos: la sorpresa con el resultado y la sensación de que el voto ciudadano optó por alternativas de cuestionable racionalidad. Al día siguiente en Londres, Bogotá y Washington aparecieron imágenes similares: incertidumbre, zozobra y marchas en las calles contra el dictamen del electorado.

Los analistas también han encontrado explicaciones comunes. La interpretación fundamental es que se produjo una rebelión electoral contra el establecimiento político tradicional, encabezado por los partidos. Una inconformidad también expresada en España, donde el avance de Podemos y Ciudadanos, a costa de los tradicionales Partido Popular (PP) y Socialista (PSOE), produjeron un limbo de casi un año sin gobierno. La política está cambiando. Trump pateó la mesa en Estados Unidos para sacar del tablero al poderoso clan de los Clinton, y tampoco estuvieron de su lado las figuras más representativas del poder republicano: los Bush y los excandidatos Mitt Romney y John McCain. Los políticos de siempre, en distintas latitudes, están de capa caída. La crisis de los partidos es universal.

El problema es más amplio. Los encuestadores fracasaron rotundamente en Reino Unido, Colombia y Estados Unidos. La gran mayoría había pronosticado victorias del remain, del Sí y de Hillary Clinton. En este último caso, se podría decir que las encuestas acertaron en predecir una victoria por estrecho margen de la candidata demócrata –así ocurrió en el total de votos a nivel nacional–, pero fracasaron en ver el ascenso del magnate Trump en los estados claves. En los tres casos, las expectativas generadas por los encuestadores tuvieron efectos en el comportamiento de los electores: muchos no se acercaron a las urnas porque creyeron que todo ya estaba resuelto. Y cuando el resultado final se definió por ventajas tan estrechas, el nivel de abstención fue definitivo. En Colombia y en Estados Unidos, un mayor nivel de participación habría cambiado el nombre de los ganadores.

También hubo una reacción frente a la corrección política. En los tres electorados calaron afirmaciones falsas o políticamente incorrectas –como que la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea afecta el presupuesto nacional, que todos los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos son criminales o que el acuerdo de paz con las Farc acabaría con la familia–, y tuvieron menos impacto los tecnicismos y argumentos académicos de quienes defendían las posiciones contrarias. “Con Trump quedó en evidencia que cada vez más gente prefiere las afirmaciones simplonas y brutales, que considera francas, a la preparación y la experiencia”, dice Ángel Beccassino, quien pronosticó el triunfo del magnate. Según esta tesis, como en las encuestas hay una tendencia a que la gente responda lo políticamente correcto, las verdaderas preferencias no quedan registradas en las mediciones. “Es como tirarle una piedra a lo socialmente aceptable, pero esconder la mano”, dice.

Si los encuestadores quedaron contra las cuerdas, los medios de comunicación tradicionales parecerían estar dejando de ser ‘el cuarto poder’. En 2016, los periódicos más prestigiosos apoyaron abiertamente, y con mayor vehemencia que la usual, las causas derrotadas en los tres países. Los editoriales y las columnas de los más reconocidos periodistas defendieron la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea, el acuerdo con las Farc y la aspiración de Hillary Clinton, con lenguajes y argumentos apocalípticos. Según la opinión calificada, el brexit, el No y Trump eran un salto al vacío con riesgos de proporciones históricas. Así lo plantearon, pero las mayorías no los escucharon pues los vieron como parte del establecimiento. De paso, en los tres casos el margen de victoria fue muy estrecho: menos de 1 por ciento en Estados Unidos y Colombia y 4 por ciento en Reino Unido.

La gran pregunta, ahora, es hacia dónde soplarán los vientos de la política. La insatisfacción de los ciudadanos es un fenómeno mundial. La política se mira con hastío y ha perdido credibilidad. En los fenómenos mencionados –el referendo del brexit, el plebiscito de la paz y la elección estadounidense– hay comportamientos diferenciados en la población más joven, caracterizados por la apatía, la abstención y las ganas de patear la política tradicional. Si algo está en crisis es el concepto de la representación política. Las opciones que apoyaban los aparatos burocráticos gubernamentales fracasaron. La gente no quiere intermediarios y quienes han tenido esa función en las democracias representativas –los Congresos y los partidos– lo están pasando peor que nadie.

Más aún en un universo tecnológico que les permite a los individuos participar en los debates de la sociedad –sobre todo a través de las redes sociales– sin depender de otros. En el ciberespacio todo el mundo puede opinar sin filtros. Los mensajes del brexit, del No y de Trump impactaron las redes, y los medios tradicionales nunca los recogieron. Aunque los defensores de las redes insisten en que ellas democratizan la información, también algunos han expresado preocupaciones por los peligros que podrían tener. The Economist alertó hace poco sobre la llegada de una “política de la mentira”, propia de las sociedades en las que la verdad ya no es un valor fundamental. Las redes y los sentimientos antiestablecimiento permiten un discurso engañoso –y hasta mentiroso–, que ha demostrado rentabilidad electoral y que ya no parece tener las sanciones sociales de otra época.

Donald Trump no tuvo que pagar un precio por violar la tradición de publicar sus declaraciones de renta ni por mentir, durante meses, sobre el lugar de nacimiento de Barack Obama, entre otras muchas aseveraciones falsas. En el plebiscito colombiano hubo una campaña expresamente dirigida a crear imaginarios inexistentes sobre las consecuencias de un eventual triunfo del Sí, reconocida por el gerente de la campaña del No, Juan Carlos Vélez, quien la dio a conocer con un tono de satisfacción por la efectividad de su estrategia. En los tres procesos el recurso engañoso no tuvo las connotaciones negativas de otros tiempos.

El otro riesgo de la política tipo Trump es el populismo. Con la bandera de la rebelión contra el establecimiento, esos candidatos hacen promesas que pueden atentar contra valores y costumbres construidas durante décadas. Una cosa es la hipocresía de la corrección política y otra, muy distinta, derrumbar de la noche a la mañana el establecimiento al promover la intolerancia hacia la migración, volver a peligrosos sistemas de proteccionismo, desconocer acuerdos de cooperación internacional y desechar los esquemas multilaterales.

Podría ser prematuro pronosticar catástrofes. En Reino Unido están suavizando el brexit, en Colombia se busca un nuevo acuerdo con las Farc, y Donald Trump podría ser un presidente diferente al candidato extravagante que ganó la Casa Blanca. Pero soplan vientos de cambio en la política que, al menos hoy, parecen un huracán.

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