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| 10/17/2004 12:00:00 AM

'Tête à tête'

Los debates dejaron claro quién era John Kerry, pero no quién será el ganador en noviembre. Al contrario, los días que restan de campaña prometen un duelo a muerte.

Hasta antes del 30 de septiembre lo que la mayoría de los estadounidenses sabían sobre John Kerry era lo que decía George Bush. La imagen de Kerry de ser un político indeciso y oportunista había sido creada laboriosamente a través de una multimillonaria inversión en publicidad de la campaña republicana. Ahora Kerry tuvo la oportunidad de confrontar esa imagen prefabricada por la campaña de su opositor en tres ocasiones de 90 minutos cada una, en vivo y en directo, frente a una audiencia combinada de más de 150 millones de espectadores. Es algo que ningún presupuesto de publicidad habría podido comprar.

Hoy en día se especula sobre si la campaña de Bush se equivocó en desacreditar al candidato demócrata y no calcular que esa imagen negativa se desmoronaría frente a las cámaras de televisión. Y a pesar de las cuidadosas reglas del juego con las que los negociadores del Partido Republicano trataron de proteger a su candidato en los debates, también se considera que haber escogido el tema internacional para el primer encuentro fue un error. Con ello Bush quiso empezar golpeando con el que consideraba su punto más fuerte. Pero las constantes imágenes y noticias negativas de Irak terminaron apoyando los argumentos de Kerry, a quien la gente vio en el primer enfrentamiento televisivo como un candidato aplomado y agresivo, sin temor de desmentir a su oponente y atacarlo vigorosamente en sus puntos débiles.

Al final, quedó en claro que lo que haya dicho o hecho Kerry en su carrera política, si cambió de opinión sobre la guerra de Irak -si votó por elevar los impuestos- pesa menos que los resultados de casi cuatro años de la presidencia de Bush.

Además, en los debates hay una mayoría que cree que el Presidente fue indeciso, desenfocado y temperamental. Algo de crédito hay que darle a la televisión, que se atrevió, contra las reglas establecidas, a mostrar tomas simultáneas de los dos candidatos. Mientras que Kerry mantuvo su compostura y la expresión impasible por la que tanto se le ha criticado, Bush, en el primer debate, dejó ver con su lenguaje corporal y facial una impaciencia y falta de control que la televisión, y la audiencia, no perdonan. En el segundo debate quiso proyectar una imagen decidida y enérgica, y en el tercero mostró una sonrisa forzada que dejaba ver el inmenso esfuerzo por hacer lo que seguramente sus asesores le habían aconsejado. Al final, es como si la gente hubiera visto a un Kerry tranquilo y seguro de sus respuestas, y tres aspectos de Bush que reforzaron los argumentos de su oponente sobre el que sin duda es su punto más débil: la falta de credibilidad.

Aparte de las apariencias, que tanto importan en estas ocasiones, Kerry ofreció respuestas más puntuales y articuladas y mejor informadas. Esto fue especialmente evidente en el tercer debate, en el que el Presidente tuvo que lidiar con las preguntas incómodas que soltó el moderador, el periodista Bob Shiefer, de CBS, sobre temas internos como los costos de la salud, el desempleo, los impuestos, la educación, el aborto, el matrimonio entre homosexuales y la inmigración. Temas en los que Kerry llevó al Presidente a ofrecer explicaciones más que a proponer alternativas de futuro. El único punto que los analistas le abonaron a Bush fue cuando habló de sus convicciones religiosas y dijo que rezaba todos los días.

Aunque los comentaristas coinciden en que Bush perdió los tres debates, hay mayor consenso aún en la impresión de que los ataques agresivos entre uno y otro candidato dejaron a los electores más confundidos que antes. Tanto Bush como Kerry soltaron numerosas cifras al aire que muchas veces resultaron ser, si no falsas, por lo menos ambiguas o sesgadas. Y también se quedaron temas en el tintero. Por ejemplo, casi no se mencionaron el 11 de septiembre de 2002 ni el escándalo por la tortura de prisioneros de guerra en Guantánamo, Abu

Ghraib y Afganistán, como tampoco se habló de los derechos humanos, la confrontación entre Israel y Palestina, la guerra contra las drogas -completamente reemplazada por la guerra contra el terrorismo-.

Como resultado de los debates, John Kerry consiguió cerrar la distancia que tenía con Bush en las encuestas en casi nueve puntos. Hoy la campaña por la presidencia de Estados Unidos está empatada. Eso significa que los días que faltan para las elecciones del 2 de noviembre van a ser definitivos y que de ahora en adelante los dos partidos van a quemar todos los cartuchos que les queden.

En adelante, Bush parece enfocado en definir a Kerry como un liberal, comparándolo con Ted Kennedy, el otro senador de Massachussets, con la esperanza de que el electorado lo asocie con el aumento en los impuestos, el mayor control del gobierno y la amnistía a los inmigrantes, entre otras medidas. Kerry, por su parte, se concentrará en refinar un discurso centrista y populista, basado en la larga lista de puntos débiles que ha dejado George Bush en su paso por la Casa Blanca: el desempleo, la educación, los costos de la salud y la devolución de impuestos a los ricos, entre otros. En cuanto a Irak y la guerra contra el terrorismo, es la realidad la que habla por sí sola más que cualquier ataque que pueda hacer Kerry.

Por esto será difícil que alguno de los dos candidatos logre ponerse claramente a la delantera, y la carrera será ganada por una nariz. Eso, a menos que suceda un 'milagro', como la captura de Osama Ben Laden.
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