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| 3/3/1986 12:00:00 AM

ULTIMOS DIAS DE BEBE DOC

Una infidencia prematura de la Casa Blanca precipita el fin de la dinastía de los Duvalier.

A las nueve y media de la mañana del viernes 31 de enero Larry Speakes, portavoz de la Casa Blanca, soltó una chiva a la prensa: el presidente vitalicio de Haití, Jean Claude Duvalier, más conocido como Bebé Doc, hijo y heredero de Francois Duvalier, más conocido como Papá Doc, había sido derrocado y había huido del país con rumbo desconocido.
Las nutridas colonias haitianas de Nueva York y Miami se echaron a la calle a celebrar. Fue necesario enviar a la Policía a cercar los barrios donde se hacinan los exiliados haitianos que en los últimos años han abandonado la isla por millares, huyendo de la represión política y de la miseria que los agobia en su país, el más miserable de toda América Latina. Pero el verdadero problema fue que también en Haití se había escuchado la noticia. Y también en Haití salió la gente a la calle a festejarla. Civiles entusiasmados se apoderaron de la emisora nacional y se pusieron a transmitir merengues de alegría. La gente bailaba en las calles.
Lo malo es que la noticia no era cierta. El propio Bebé Doc salió a desmentirla por la radio, interrumpiendo brevemente la transmisión jubilosa de la música, y aseguró inclusive que él mismo había estado bailando merengue en las calles con su fiel pueblo haitiano. Lo cual parece poco verosímil, si se tiene en cuenta que en las últimas semanas, a partir de noviembre del año pasado, las manifestaciones contra su régimen se han sucedido tanto en la capital, Puerto Príncipe, como en la segunda ciudad del país, Cabo Haitiano. El saldo ha sido, hasta ahora, de por lo menos siete muertos y varias docenas de heridos, pero la represión ha corrido fundamentalmente a cargo de los temidos tonton macoutes, la guardia pretoriana organizada por el presidente Duvalier-padre para consolidar su poder personal. El Ejército se ha contentado con disparar al aire, y las muchedumbres, por su parte, han acompañado los gritos de "¡abajo Duvalier!" con otros de "¡Viva el Ejército!".
Bebé Doc, que en 1971, apenas salido de la adolescencia, heredó el poder a la muerte de su padre, se ha mantenido desde entonces sobre dos patas: los tonton macoutes y el apoyo decidido de los Estados Unidos, que sostuvieron también a su padre durante sus catorce años de dictadura, después de haberlo impuesto por las armas en 1957. Los macoutes siguen firmes; pero el precipitado anuncio del portavoz de la Casa Blanca muestra en cambio que el apoyo de los Estados Unidos ha dejado de existir, y es posible que incluso los servicios norteamericanos y su Embajada en Haití hayan llegado a la conclusión de que es hora de cambiar de protegido. Al cierre de esta revista las noticias que ilegaban de Haití seguían siendo confusas: merengues, informaciones en patois haitiano, que el Embajador de Haití en Bogotá traducía para la radio como favorables a Duvalier, y rumores sobre la suspensión de las conversaciones en Washington sobre la ayuda económica de los Estados Unidos a Haití (53 millones de dólares para el 86) mientras se aclaraban las cosas. Al parecer en las calles de Puerto Príncipe los manifestantes agitaban banderas de los Estados Unidos y pedían a gritos la intervención de los marines. Pero Bebé Doc seguía en su palacio, aunque el consulado haitiano en Nueva York revelaba que su gobierno había solicitado de un golpe trescientas visas para los Estados Unidos, de las cuales sólo habían sido concedidas treinta.
Los merengues de la radio y los bailes callejeros pudieron ser, pues, prematuros, pero de ninguna manera son infundados. Están contados los días de la más pintoresca, y una de las más crueles, dinastías de déspotas del Caribe.
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