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| 10/13/2012 12:00:00 AM

Un ángel en peligro

El mundo reza por la vida de Malala Yousafzai, una bloguera y activista pakistaní de 14 años a quien extremistas islámicos le dispararon por defender el derecho de las niñas a estudiar.

"En el camino entre la escuela y la casa, escuché un hombre diciendo: 'Te voy a matar'. Me apresuré...para mi alivio, estaba hablando por su celular y debía estar amenazando a otra persona", escribió Malala Yousafzai hace tres años, en la primera entrada de su blog de la BBC. Ahí contaba el aterrador día a día de una niña de 11 años en el Swat, un idílico valle pakistaní dominado por los talibanes. Escudada bajo el seudónimo de Gul Makai, rompía con muchos tabúes: era mujer, iba a la escuela y denunciaba las barbaridades de los extremistas islámicos.

Desde entonces la zozobra nunca dejó de acompañarla e intuía que en cualquier momento tratarían de matarla. El miércoles pasado, cuando iba al colegio, un hombre se subió a su bus. Gritó su nombre y le disparó un balazo que le atravesó la cabeza y se incrustó en su hombro. Al cierre de esta edición, Malala, una niña luminosa e inteligente, luchaba por su vida después de varias operaciones.

En 2007, después de tomarse el valle, los talibanes impusieron la sharia, la ley islámica. Ejecutaban "infieles" en público, prohibieron vender música, forzaron las mujeres a usar el velo e incendiaron escuelas femeninas. Después de haber destruido 150 de ellas, en 2009 emitieron un decreto religioso para prohibir a las niñas ir al colegio. En medio de este horror Ziauddin, el padre de Malala, director de una red educativa, fue uno de los últimos en resistir. Su hija empezó a escribir en ese momento: "Tuve un sueño terrible, de helicópteros militares y talibanes. Desayuné y fui a la escuela, pero estaba asustada, pues los talibanes lo prohibieron. De los 27 alumnos que iban solo quedan 11, todos se fueron por culpa del edicto".

Con el tiempo, la situación de Malala empeoró. Contó que el miedo la rondaba todo el tiempo, incluso en el momento de vestirse. Para ir al colegio, dejó de usar el uniforme para no llamar la atención de los extremistas. Se puso un día una túnica rosada, su preferida. Pero le dijeron que ese color llamaba demasiado la atención. También escribió que al acercarse las vacaciones se sentía deprimida, pues sabía que probablemente "no volvería a la escuela de nuevo".

El blog se acabó brutalmente cuando la familia Yousafzai abandonó Mingora, la capital de Swat, por los fuertes combates entre tropas gubernamentales y talibanes. Malala vivió varios meses lejos de su casa. En el documental Class Dismissed (Termina la clase) del estadounidense  Adam B. Ellick dijo que lo peor del desplazamiento fue no tener libros. Del exilio interno salió determinada: "Quiero ser política para salvar este país". Su identidad salió a la luz, la entrevistaron, hicieron documentales sobre ella, habló con embajadores, le dieron varios premios e incluso nombraron una escuela en su honor. Pero la notoriedad no fue suficiente para protegerla.

No hay nada más peligroso para el modelo medieval, fanático y psicópata de los talibanes que la cultura, la inteligencia y la libertad. Con sus argumentos primarios, los extremistas revindicaron los ataques: "Es una niña con mentalidad occidental, se la pasa denunciándonos. Cualquier persona que nos critique le pasará eso. No creemos en los ataques contra las mujeres, pero aquel que haga campaña contra el Islam y la sharia morirá".

Todo Pakistán rechazó el acto. Como escribió en un editorial el diario pakistaní The News'. "Malala está en estado crítico, al igual que Pakistán. Estamos infectados por el cáncer del extremismo, y si no lo cortamos de tajo, vamos a deslizar cada vez más hacia la bestialidad".Y el viernes, día de oración del Islam, todo el país se arrodilló para pedirle a Dios que salve la niña. Sin duda, muchos recordaron estas palabras del profeta Mahoma, que los talibanes en su ceguera olvidaron: "El que no es bueno con los niños, no está con nosotros".
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