Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1990/12/17 00:00

UN AÑO DESPUES

Tras la caída del comunismo, los países de Europa oriental parecen más desorientados que nunca.

UN AÑO DESPUES

Lenin solía decir que para preparar una omelette hay que romper los huevos. Los países de Europa oriental están tratando desde hace un año de reconstruir los huevos a partir de la omelette. Semejante tarea se antoja imposible, y ello parece reflejarse en la realidad. Hoy, un año después de que estallara la "Revolución de Terciopelo", son muchos -sobre todo los jóvenes quienes opinan que no hubo tal revolución, y que si la hubo, no fue tan suave como para justificar el remoquete. Y en medio de todo, los pueblos se despojan de la euforia inicial para entender que sus objetivos de libertad y democracia están más lejos de lo que pensaron al comienzo.
Una opinión negativa dice que en algunos gobiernos siguen en el poder los comunistas disfrazados de renovadores.
Otra, que no se ha castigado a los gobernantes corruptos que llevaron al subcontinente al desastre. Y existe una preocupación universal por las dificullades que representa la inserción de las economías, en un sistema de oferta y demanda.
Lo cierto, sin embargo, es que pocos procesos históricos han tenido un desarrollo tan inesperado, acelerado y dramático como el que se desencadenó hace un año en Europa oriental. El estancamiento de 40 años de comunismo dio paso a elecciones libres, en las que muchos disidentes accedieron al poder. La libertad de expresión se generalizó, el debate público se apoderó de las calles y las fronteras se abrieron.

Pero mientras el comunismo estalinista se mantuvo en el poder, la inquietud social no era problema. Los servicios de seguridad del estado se encargaban de todo. Ahora que han desaparecido, los resentimientos guardados durante tantos años salen a la luz sin remedio. Los viejos regionalismos europeos, latentes tras el "internacionalismo" marxista, estallaron con la violencia de una caldera sobrecalentada durante muchos años.

SOCIEDAD EN CRISIS
Desde que se abrieron las fronteras, una avalancha humana se precipitó sobre Europa occidental. Primero fueron los alemanes orientales, que se avalanzaron sobre la República Federal, luego los polacos inundaron a Berlín Oeste, los húngaros a Viena, y más tarde los rumanos y los búlgaros comenzaron su éxodo. El fenómeno alcanzó tales proporciones, que la mayoría de los países ha reinstaurado las restricciones para el cruce de fronteras, sobre todo las que comunican con el oriente. El temor de los europeos occidentales es que las primeras oleadas de contrabandistas y de refugiados sean apenas la vanguardia de una migración masiva, que podría producirse sobre todo si la URSS se desintegra.
En loda la región, esas sociedades se ven de un momento a otro por fuera del capullo proteccionista del comunismo.
Los fantasmas de la recesión, el desempleo y la inseguridad gravitan sobre todas las cabezas. Las industrias obsoletas se ven amenazadas por las exigencias del mercado libre y los cortes de energía se multiplican, mientras la crisis del golfo Pérsico se convierte en una amenaza que podría ser fatal.

Pero la mayor variable en todas las predicciones está dada por la eventual caída de la URSS. La dependencia en mayor o menor grado de los suministros soviéticos, hace que el panorama sea oscuro. En el caso de petróleo, no sólo se trata de saber cuánto estará en capacidad de venderles, sino cuánto les cobrará, ahora que los subsidios deberán desaparecer. Un estudio de un instituto de Praga afirma que por cada dólar de aumento en el precio del barril, las economías ex socialistas perderán entre 70 y 80 millones.

DIRIGENCIA INEXPERTA, CASTIGOS INCOMPLETOS
Por todas partes existe la sensación de que los dirigentes de los países recién liberados no resultan suficientemente profesionales como para dirigir un estado.
Eso se nota sobre todo en Checoslovaquia, donde el dramaturgo Vaclav Havel no ha tenido inconveniente en nombrar en los puestos claves a sus camaradas de Carta 77. Lubos Dobrowsky, disidente obligado a lavar ventanas por el antiguo regimen, se convirtió en ministro de Defensa. Jiri Dienisbier, ministro de Exteriores, era fogonero.
Pero por otro lado, la caída súbita del comunismo dejó en muchos la sensación de que no se hizo todo lo que había que hacer. En particular, los rumanos se quejan de que, por ejemplo, los responsables de la masacre de Timisoara no han sido castigados. Algunos apuntan además que en toda la región, los únicos que han enfrentado cargos judiciales son Erich Honecker en Alemania Oriental, Miroslav Slepan, el antiguo jefe del partido en Praga. Pero ninguno de los dos ha recibido castigo alguno.

NACIONALISMOS EXTREMADOS
Las explosiones nacionalistas no se limitan a la URSS, donde los azerbaijanos, armenios, mezkhelianos, georgianos, moldavos, mogoles y muchos más quieren regresar a sus antiguas identidades, en las tierras ancestrales. En Europa oriental, la redistribución de las fronteras tras la caída de los imperios Austrohúngaro y Otomano, dejó a 30 millones de personas en la condición de minoria racial en los paises. Hoy, como consecuencia de las migraciones y las ejecuciones masivas de la Segunda Guerra Mundial, esa población se ha reducido a 14 millones, pero es el 10% del total.
Ese 10% mantiene viva en Europa oriental la tradición de que la nacionalidad se define más por la herencia cultural y de sangre que por las fronteras territoriales. Las fuentes de tensión se entremezclan hasta hacerse incomprensibles para el observador occidental. El progobierno yugoslavo, por ejemplo, no se define por los problemas entre Serbia y Croacia, sino por los serbios que viven en Croacia y los croatas que viven en Serbia. Los 600 mil húngaros que viven en Checoslovaquia son fuente de conflictos para los eslovacos y los checos que componen el resto del país. Dos millones de húngaros que viven en Rumania, en la región de Transilvania, producen una reacción visceral de darle de los rumanos, quienes se empeñan en sostener que los húngaros quieren recuperar la región para su país. Y; todas las diferencias parecen dirimirse por la violencia y la intolerancia, estimuladas por el odio ancestral.

PRIVATIZACION PROBLEMATICA
Tal vez el problema más complicado que ha tenido que enfrentar Europa oriental en sus reformas económicas es la privatización de actividades y bienes estatales. En Hungria, por ejemplo, el proceso tuvo que suspenderse tras las protestas de amplios sectores de la población que se quejaban de que algunos estaban adquiriendo propiedades de gran valor como hoteles y edificios de oficinas por precios irrisorios. En Polonia el proceso legislativo se estancó durante seis meses mientras el Parlamento decidia el porcentaje de acciones reservadas a los empleados.
Aunque la idea al menos en Hungria es producir tan pronto como sea posible la propiedad estatal de las empresas en un 50% los comienzos han sido tímidos. Para este año Budapest se ha puesto como meta privatizar 20 de las 2.000 empresas mayores mientras Polonia sólo ha señalado 12 de sus 7000 grandes establecimientos.
Los problemas no son pocos. Por un lado no hay suficientes compradores sencillamente porque nadie tiene dinero. Por el otro es difícil establecer un valor adecuado para las acciones. Los subsidios en los insumos y los precios controlados junto con los métodos contables del socialismo hacen que esa tarea sea casi imposible. Y por último la inexistencia de bancos y bolsas de valores juega en contra de la privatización.

Algunos apuntan a un ejemplo muy diciente. Aun contando con esas instituciones Margaret Thatcher tardó 10 años en privatizar el 5% de la economia británica. Si se aplicara el ejemplo Europa oriental tardaría más de un siglo en llegar a sus metas. Y ese es un plazo que muy pocos están dispuestos a esperar.

ALBANIA SE ENTREABRE
La semana pasada, el Parlamento albanés ordenó una reforma a la Constitución y la creación de una nueva ley electoral, que prevé el voto secreto y las candidaturas múltiples. Estas disposiciones, adoptadas por unanimidad por la Asamblea Popular, marean un nuevo paso en la prudente democratización del régimen. En perspectiva, el comienzo de revolución que se ha dejado entrever en Albania parece todavía embrionario.
El viento del cambio se ha hecho sentir en tres campos. En primer lugar, Albania ha comenzado a salir de su aislamiento. No solamente se ha asociado en pactos multilaterales de envergadura, como cuando pidió formar parte de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE). Este hecho estuvo coronado por la participación del número uno del régimen, Ramiz Alia, en la Asamblea General de la ONU en otoño de 1990. Paralelamente, Albania expresó su voluntad de reanudar las relaciones no sólo con la mayoría de los países europeos, sino también con los Estados Unidos y la URSS, los dos países más duramente criticados por el regimen, alineado con Pekín desde 1960.

En el plano económico, un vocabulario hasta ahora herético parece haber aparecido en el lenguaje del partido. En el se incluyen terminos tales como "mercado", "oferta y demanda" y "explotación individual". En vista de la imposibilidad de desarrollarse en forma aislada, Albania ha realizado grandes esfuerzos para establecer o extender sus relaciones económicas con los países extranjeros, tales como Polonia, Bulgaria, Hungría y Japón. Al mismo tiempo ha ido produciéndose un llamado a la inversión extranjera, para corregir los efectos de lo que los propios dirigentes albaneses califican de "incompetencia y mala administración". En todo caso, este nuevo aliento resulta poco compatible con el duro aislamiento que preconiza, por razones ideológieas, el régimen de Tirana.
En el plano político las reformas realizadas y anunciadas han sido mucho más modestas. Como prueba de ello está la verdadera crisis que se ha desatado en las sedes de las embajadas occidentales, a donde han ido a refugiarse varios miles de albaneses poco convencidos de que se produzca un verdadero cambio. Pero, el hecho mismo de que se haya aceptado su partida, es un comienzo importante.

Por otro lado, la despenalización de la propaganda religiosa, la posibilidad de la reapertura de iglesias y mezquitas cerradas desde 1976, el derecho a obtener un pasaporte, y las intenciones de crear un ministerio de Justicia, son un primer esbozo de un Estado de Derecho. Pero Albania nunca ha tenido una experiencia democrática, ni siquiera la del juego político restringido al cual lograron llegar los partidos de algunos países comunistas.
En Tirana, la cuestión es saber cuál será el precio de esta revolución, y si el número uno albanés, Ramiz Alia, podrá pagarlo. Sin embargo, resulta difícil imaginar que los vientos de cambio cesen ahora, especialmente porque por primera vez en muchos años, los albaneses, bajo el último régimen estalinista, están al tanto de lo que sucede en los otros países de Europa del este. Sus aspiraciones de libertad serán difíciles de acallar.

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