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| 1/19/2004 12:00:00 AM

"Un ciego entre sordos"

Escándalo en Estados Unidos por las revelaciones nada halagadoras del ex secretario del Tesoro Paul O'Neill sobre el presidente Bush.

George W. Bush tenia planeado derrocar a Saddam Hussein desde antes que se produjeran los atentados del 11 de septiembre de 2001, y desde el primer día ordenó a la cúpula de su gobierno que buscara la forma de lograrlo. O al menos esa es una de las perlas que confiesa el ex secretario del Tesoro estadounidense Tom O'Neill en el libro El precio de la lealtad, que salió a la venta el martes de la semana pasada. Del libro también ha escandalizado la descripción que hace O'Neill de Bush. Según él, el Presidente no estaba comprometido con los asuntos domésticos, no tomaba decisiones de forma metódica y no permitía un libre flujo de ideas. En el apartado que ha causado más controversia, O'Niell describe a Bush en su Consejo de Ministros como "un ciego en un cuarto lleno de sordos". El autor del libro es el ex colaborador de The Wall Street Journal Ron Suskind, y su principal fuente es O'Neill, que además le entregó unos discos compactos con 19.000 documentos del departamento de Estado. O'Neill y Suskind aparecieron en el programa 60 minutes con algunos de los documentos y la cámara mostró la primera página de un informe del departamento de Estado marcado como secreto sobre los planes para el Irak post-Hussein realizado en enero de 2001. Cuando los funcionarios del departamento del Tesoro vieron esto, ordenaron una investigación para aclarar si O'Neill filtró información confidencial del departamento. Pero según O'Neill, la página era solamente la cubierta de un informe que no figuraba entre los datos del departamento. O'Neill afirma que fue el propio consejero general del Departamento del Tesoro quien le mandó los documentos en dos discos por petición suya, y que de acuerdo con la ley, este último no estaba autorizado a mandarle nada confidencial. O'Neill dice que ni siquiera leyó los CD y que se los envió a Suskind tal como le fueron entregados. Los críticos del libro no han faltado y varios republicanos acusaron a O'Neill de traicionar al Presidente, que lo despidió en diciembre de 2002. Su salida se debió a sus numerosos desacuerdos con Bush. La prensa criticaba las 'embarradas' del secretario cada vez que contradecía al presidente en temas como el dólar, las tarifas del acero y la reducción de impuestos. Además, en una oportunidad en que hubo un desplome de acciones y Bush necesitó hablar con O'Neill, éste se encontraba en una gira por Africa con el cantante irlandés Bono. Para disgusto de O'Neill Bush lo empezó a apodar 'el gran O' (que es un eufemismo estadounidense para orgasmo). La oposición de O'Neill a la segunda reducción de impuestos de Bush fue la gota que rebasó el vaso. O'Neill dice que esta medida fue "irresponsable" pues aumentó el déficit presupuestario, que ya era grave después de la guerra en Afganistán, e impidió una urgente reforma de la seguridad social. Según él, el actual déficit presupuestario de 400.000 millones de dólares prueba que tenía razón. Para muchos, O'Neill está respirando por la herida. Sin embargo, la Casa Blanca no ha desmentido gran cosa de lo que dice el libro. En una rueda de prensa, el vocero de la Casa Blanca, Scott McClellan, no quiso entrar en detalles y le contestó a un reportero que su trabajo no era hacer críticas de libros. McClellan no negó que desde la primera reunión del gabinete de Bush se hubiera hablado de acabar con Hussein, pero aclaró que la guerra sólo se dio después de que el Presidente agotó todas las posibilidades de razonar con Hussein y que este último violó la resolución 144. En la Cumbre de las Américas de Monterrey, Bush fue un poco más concreto y aseguró que con respecto a la búsqueda de cambio de liderazgo en Irak, lo que hizo fue continuar con una política heredada de su antecesor, Bill Clinton. "Como todos los gobiernos anteriores, estábamos a favor de un cambio de régimen y por eso se elaboraba una política ajustada a ese criterio. Y entonces, de repente, llegó el golpetazo del 11-S", aseguró. Así mismo, varios allegados a Bush aseguraron que la descripción que hace O'Neill del presidente no corresponde a la realidad. Según el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, que trató de convencer a O'Neill de que no publicara sus confesiones, el retrato del Presidente "es tan lejano de la realidad como la noche del día". Por su parte, el propio O'Neill aclaró que volvería a votar por Bush y que si pudiera se retractaría de algunas de las palabras que usó para caracterizarlo. El ex secretario se quejó de que la prensa distorsionó el sentido del libro al insistir en el asunto de Irak. Para él la obra, más que un reportaje de chismes tras bambalinas, es un análisis de los problemas de toma de decisiones en un sistema bipartisano en crisis. En todo caso, fuese cual fuese la intención de O'Neill, y lo más probable es que no se trataba de enaltecer el carácter de su antiguo jefe, las confesiones parecen ser ciertas, pues no han sido desmentidas por la Casa Blanca ni el departamento del Tesoro. En esa medida, el escándalo que se ha desatado por las confesiones sobre los tempranos planes de acabar con Hussein se suman a todas las otras pruebas de que hubo engaño en la justificación de la guerra como parte de la campaña contra el terrorismo.
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