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| 3/15/2008 12:00:00 AM

Un dilatado desangre

Al cumplirse cinco años de la invasión a Irak, y a pesar de lo que diga el presidente Bush, ese país sigue sumido en el caos, sin que haya una solución a la vista.

La caja de pandora Irakì sigue abierta. Los ataques de las últimas semanas, por si hiciera falta, se empeñaron en contradecir el discurso victorioso de la administración Bush sobre el progreso alcanzado en el país tras el famoso incremento de tropas estadounidenses del año pasado, y la violencia parece estar de nuevo al alza. En febrero los números aumentaron por primera vez en meses y el pasado lunes, en un solo día, se reportó la muerte de por lo menos 44 personas, entre civiles y militares, en ataques separados. Para rematar, el jueves fue hallado muerto con varios disparos en el cráneo el arzobispo caldeo de Mosul, secuestrado en febrero. Al llegar el quinto aniversario de la invasión a Irak, el rompecabezas de la violencia está lejos, muy lejos, de ser resuelto.

El 20 de marzo de 2003 el gobierno de George W. Bush puso en práctica el concepto de 'ataque preventivo'. Cuando se había cumplido el ultimátum de 48 horas que el Presidente les había dado a Saddam Hussein y sus hijos para abandonar Irak, los primeros mísiles estadounidenses cayeron sobre Bagdad. El tono desafiante de los funcionarios del régimen iraquí parecía un stand up comedy a medida que, en contra de la evidencia, se negaban a admitir el rápido y contundente avance militar de las tropas de la coalición, que en cuestión de semanas llegaron a la capital. A pesar de las advertencias de aquellos que conocían la historia iraquí, los estrategas norteamericanos estaban intoxicados por un optimismo desmedido.

Aunque hoy parezca un chiste de mal gusto, el primero de mayo Bush declaró la victoria norteamericana en Irak a bordo del portaaviones "Abraham Lincoln". Antes de que terminara ese año, el 'carnicero de Bagdad' había sido capturado, y sus dos hijos, Uday y Qusay, estaban muertos. El partido Baath, que constituía la estructura institucional del antiguo régimen, fue desmantelado y prohibido. Pero muy pronto quedó claro que el ataque, más que a una marcha victoriosa, se iba a parecer al peor fantasma de Washington: la guerra de Vietnam.

En efecto, las multitudes jubilosas que la emprendieron a zapatazos contra las figuras caídas de Sadam eran un espejismo. La "desbaathización", es decir, la proscripción de todos aquellos que hubieran pertenecido al partido de Saddam, y el desmantelamiento del Ejército, dejaron el país con miles de iraquíes entrenados pero desempleados y molestos que se entregaron a los brazos de la insurgencia.

Ejecutado antes de que pudiera defenderse con los secretos acumulados en los tiempos en que era socio de la CIA, Saddam es hoy una vaga memoria. Y pocos recuerdan que para atacar Irak, el gobierno arguyó que tenía armas de destrucción masiva y vínculos con la organización terrorista Al Qaeda, de Osama Bin Laden. Ambos pretextos resultaron falsos, y la administración Bush los reemplazó con la meta de establecer un gobierno prooccidental que se convirtiera en el faro democrático de la región.

Pero ese objetivo tampoco se cumplió. Dividido entre la mayoría chiíta y las minorías sunita (acostumbrada a detentar el poder en tiempos de Saddam) y kurda, Irak cayó pronto en una espiral de violencia sectaria. Ahora las tropas de ocupación parecen resignarse a combatir a Al Qaeda (que no tenía presencia alguna antes de la invasión) y estabilizar el país. El problema de la estrategia para la retirada, en cualquier caso, recaerá en los hombros del sucesor de Bush.

Contra viento y marea, el Presidente norteamericano decidió autorizar el famoso incremento de tropas. Y aunque las cifras siguen siendo escalofriantes (más de 100.000 muertos en total), desde mediados del año pasado han mejorado los indicadores de seguridad, lo que ha dado un respiro al impopular mandatario texano. Las razones no se limitan al número de soldados. Otro factor es el llamado "despertar sunita", como bautizaron el cambio de bando de varios grupos de esta etnia que pasaron de atacar a los norteamericanos -y al gobierno de Bagdad liderado por chiítas- a atacar a otros grupos sunitas vinculados a Al Qaeda.

El tercer elemento importante es la tregua decretada por el clérigo chiíta Muqtada al Sadr y su ejército del Mahdi, uno de los jugadores más poderosos en el tablero del Irak pos Saddam. Inicialmente el plazo se cumplía en febrero, pero al Sadr, quién tiene un claro acento antinorteamericano, decidió extenderla otros seis meses, un paso más en su transformación de cabecilla guerrillero a líder político. En el camino ha estudiado para convertirse en ayatollah, lo que podría catapultar su autoridad política y religiosa. Sin embargo, ya no puede contener a todos sus combatientes y es impredecible anticipar que pasaría si decidiera quebrar el cese al fuego. A esto habría que agregar el argumento de varios analistas: quizá la violencia sectaria ha descendido simplemente porque en muchos lugares la 'limpieza étnica' ya tuvo lugar.

"Los militares estadounidenses exhiben gráficos y tablas para mostrar su progreso, pero el iraquí promedio no los necesita para saber si su vida está mejor. Lo que ellos ven es que servicios básicos como la electricidad y el agua todavía no funcionan después de cinco años", dijo a SEMANA Mohamad Bazzi, experto en Irak del Council on Foreign Relations.

En efecto, como dijo a SEMANA Raed Jarrar, un consultor nacido y criado en Irak que ha rendido testimonio en audiencias del congreso norteamericano, "la limpieza sectaria está ocurriendo y la administración Bush la pone en práctica para cumplir sus metas. No veo ningún cambio estratégico en el último año. La ocupación hace la reconciliación imposible. Los iraquíes la consideran ilegal y no son bienvenidos". "La mayor causa para la violencia no está basada en razones étnicas y sectarias. Es política y económica. No estamos hablando de dos grupos. Hay una gran mayoría que quiere su país de vuelta y está dispuesta a conseguirlo por cualquier medio", asegura.

Incluso quienes reconocen logros en seguridad critican la falta de avances políticos. El propósito del incremento de tropas, según argumentó la Casa Blanca en su momento, era crear un espacio en el que las facciones iraquíes pudieran zanjar sus diferencias. Eso no ha ocurrido. El Parlamento iraquí ni siquiera ha podido ponerse de acuerdo en la vital ley de petróleo que permitirá normalizar la economía y aumentar el presupuesto.

Y los problemas no se quedan, por supuesto, en el frente interno. La guerra trajo un efecto desestabilizador a lo largo de Oriente Medio. Para empezar, sólo en Siria y Jordania se cuentan dos millones de refugiados. En Ankara también preocupa la inestabilidad del vecino del sur y el Ejército turco lanzó recientemente ataques al territorio iraquí para contener a los separatistas kurdos, una minoría con presencia en Turquía y Siria. Y lo que es peor, la creciente influencia de Irán, que es chiíta como la mayoría de los iraquíes, y el mayor enemigo declarado de Washington en la región, es innegable. Teherán es el gran ganador del polvorín que levantó Bush, y este es un resultado que, por encima de todas las demás consideraciones, convierte la invasión a Irak en el fiasco que marcará el veredicto histórico de la gestión de Bush en la Casa Blanca.
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