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| 4/27/1987 12:00:00 AM

UN ESCANDALO EN BUSCA DE AUTOR

Jomeini, cerebro del escándalo Irán Contras, la última teoría de la prensa norteamericana

UN ESCANDALO EN BUSCA DE AUTOR UN ESCANDALO EN BUSCA DE AUTOR
Como en el caso de los 13. millones, cuya autoría intelectual se disputan ahora los colombianos con dos ingeniosos italianos que intentaron el golpe un año antes, al escándalo del Contra-Irangate le salió un segundo dueño. Se trata nada menos que del Ayatollah Jomeini, quien según la revista norteamericana U.S. News and World Report, fue el verdadero cerebro de toda la operación que ha colocado en entredicho al presidente Ronald Reagan y su administración.
En un extenso artículo de once páginas, la revista asegura que fue Jomeini, en su afán por conseguir las armas y los repuestos de fabricación norteamericana necesarios para su equipo militar, el que ideó toda una campaña de desinformación que finalmente llevó a la Casa Blanca a vender las armas.
La historia comenzó en enero de 1985, cuando Jomeini se reunió en su casa al norte de Teherán con alguno de sus asesores más cercanos, entre ellos, el primer ministro Mir Hossein Moussavi, el vocero del Parlamento iraní Hashemi Rafsanjani, y Mohammed Karubi, otro parlamentario escogido como el principal ejecutor de plan. La idea era hacerle creer a los norteamericanos que Jomeini se encontraba en precario estado de salud y que dentro de la lucha por su sucesión se estaba gestando un movimiento proamericano. Este grupo era el anzuelo que los iraníes necesitaban para interesar a los norteamericanos en la venta de las armas, bajo la promesa de constituirse en sus aliados y ayudarles en la liberación de los rehenes en el Líbano.
Pero el plan de Jomeini no involucraba solamente a los Estados Unidos. Incluía además, una estrategia para detectar los agentes soviéticos en Teherán. El truco consistió en hacerle creer también a los soviéticos que en Irán se estaba dando una apertura hacia los Estados Unidos. Frente al hecho, los soviéticos tendrían que reaccionar. Efectivamente, según la revista, la URSS decidió tomar cartas en el asunto y cuando el entonces asesor de seguridad de los Estados Unidos, Robert McFarlane, visitó Teherán en mayo de 1986, organizó una marcha frente al Hotel Hilton, donde McFarlane se encontraba reunido con altos funcionarios del gobierno iraní discutiendo sobre la liberación de los rehenes. El propósito era convertir la marcha en un ataque a los desprevenidos norteamericanos. La Policía iraní terminó arrestando a los manifestantes, entre los cuales había varios miembros de la KGB y otros agentes soviéticos. Así, Jomeini terminó por desmantelar buena parte de la inteligencia soviética radicada en Teherán.
El artículo señala que los iraníes tenían, además, un tercer objetivo: obtener pingues ganancias del negocio de la venta de armas, con el fin de financiar varios de sus propios grupos terroristas. Para ello, los intermediarios iraníes accedieron a incrementar el precio de las armas en cerca de 85 millones de dólares, suma que finalmente fue a parar a distintas facciones iraníes.
Aunque naturalmente el artículo omite mencionar las fuentes, que sólo describe como "provenientes del Medio Oriente", la historia coincide con muchos de los datos que gota a gota han ido revelando otros medios periodísticos de los Estados Unidos. Precisamente la semana anterior, el New York Times publicó un artículo en el que asegura que parte del dinero de la venta de armas fue a parar a manos de los mismos grupos que mantenían en su poder a los rehenes norteamericanos en el Líbano, como el Partido de Dios, perteneciente al Movimiento Islámico Global, en cuya cuenta en Suiza se depositaron entre dos y tres millones de dólares (ver SEMANA N° 255).
El plan de Jomeini fue tan perfecto que según U.S. News and World Report, "embaucó no sólo a los norteamericanos, sino también a los isralíes, los traficantes de armas y hasta a los soviéticos".

El caso Casey
Además de este artículo, que hasta ahora no ha merecido comentario alguno de la Casa Blanca, dos hechos más contribuyeron la semana pasada a aumentar el suspenso que ha generado el Contra-Irangate. El primero fue la posible vinculación de la primera dama británica Margaret Thatcher al escándalo (ver recuadro), y el segundo, la del ex director de la CIA William Casey.
Casey, quien actualmente se encuentra recluido en un hospital con un tumor en el cerebro, fue --según un artículo del New York Times-- quien organizó toda la operación de ayuda a los "contras". De acuerdo con miembros de los comités del Congreso que adelantan la investigación sobre el escándalo, Casey convenció al coronel Oliver North para que ejecutara las distintas operaciones, haciéndole creer que ese era el deseo del presidente Reagan. Así, la CIA logró su propósito de apoyar a los "contras" sin verse involucrada y sin tener que informar de ello al Congreso.
De resultar verdadera la historia, explicaría cómo un funcionario de segundo orden como North pudo llevar a cabo una operación de tal envergadura tan fácilmente, y por qué el coronel llegó a pensar que tenía autoridad suficiente para desviar el dinero de la venta de armas a Irán para financiar a los "contras".
Aunque las tres historias no cuentan todavía con ningún tipo de confirmación oficial, lo cierto es que ponen en evidencia una vez más que el escándalo del Contra-Irangate es un libro del cual quedan aún muchas páginas por escribir y muchos personajes por mencionar.--

¿Se marchita Margarita?
Mientras la primera ministra británica Margaret Thatcher, se dedicaba a recoger las impresiones de sus colegas de Francia y Alemania sobre la propuesta de desarme de Gorbachev antes de su encuentro con el líder soviético en el Parlamento sus enemigos políticos aprovecharon su ausencia para meterla en un lío de la madona. George Foulkes, vocero del Partido Laborista, la acusó ante la Cámara de los Comunes, nada menos que de haber participado en el Irangate, que tiene en vilo a su gran amigo, el presidente Ronald Reagan. Según Foulkes, la Thatcher autorizó la entrega de misiles antiaéreos portátiles "Blowpipe" a los "contras" nicaraguenses a través de un país latinoamericano, al parecer Chile.
Las revelaciones de Foulkes, en medio de una acalorada sesión de la Cámara Baja que se extendió hasta las tres de la madrugada del miércoles 25, desataron una verdadera tormenta política. No tanto porque la Thatcher haya estado actuando en contra de la política británica de no intervención para favorecer a uno de sus aliados, sino porque lo hizo sin informar de ello al Parlamento y, sobre todo, porque, según Foulkes, la Primera Ministra se habría entrevistado para ello varias veces con el coronel Oliver North, considerado la figura más siniestra en todo el escándalo.
Las entrevistas, a las que North habría asistido en compañía del entonces director de la CIA, William Casey, se habría efectuado en el domicilio oficial del 10 Downing Street, entre junio y octubre del año pasado, lo que prácticamente convierte a la Thatcher en una especie de cómplice de alto vuelo de las misiones encubiertas de la inteligencia estadounidense.
Para sustentar su versión, Foulkes se apoyó en apartes del informe de la Comisión Tower, según el cual en un memorándum incluido dentro de los documentos de la investigación, se menciona que Estados Unidos estaba recibiendo de un país europeo aliado misiles "Blowpipe" para enviarlos a los "contras". Este tipo de misiles es fabricado en Belfast (Irlanda), con patente británica.
Aunque el Ministerio de Relaciones Exteriores británico rechazó categóricamente la versión, lo cierto es que independientemente de que sea cierta o no, ningún bien le hace a la Thatcher el aparecer vinculada al mayor escándalo político de la década y menos estando ad portas de entrevistarse con Gorbachev. No sólo mina su imagen de independencia frente a las dos potencias, sino que además podría dar al traste con los intentos de la Dama de Hierro de asumir el liderazgo en las conversaciones sobre desarme en Europa, tan en boga últimamente, y de los cuales la Primera Ministra espera obtener sus buenos dividendos políticos.--

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