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| 10/8/1990 12:00:00 AM

UN FANTASMA RECORRE EUROPA

Mientras el progreso del Viejo Continente sube, el racismo llega a límites insospechados

Casi todos los europeos sueñan con la idea. Los visionarios sostienen que a la vuelta de unos años, el Viejo Continente será una federación de países en los cuales el progreso y el liberalismo democrático serán una realidad.
Pero en torno de esta ilusión de unidad, ronda de nuevo y con desmesurada fuerza un también viejo fantasma: el del racismo, el chauvinismo y la xenofobia.
Los extracomunitarios de todos los colores, están ahí en medio de los odios. Está el "sudaca" sospechoso de narco por las calles de Madrid, el polaco que limpia parabrisas de carros en las esquinas de Roma, el gitano que roba en los metros, los árabes magrebinos rebuscando por la calle, el vietnamita que vende repollos en Berlín, el africano que ofrece chucherías a los turistas en Florencia. Ya no se piensa en los tercer mundistas, y sobre todo en los latinoamericanos, esos simpáticos seres morenos, tropicales y rumberos, antes aceptados por extravagantes, perezosos y folclóricos. Ahora todos son enemigos potenciales...
Y como desarrollo de viejas teorías ya practicadas, Alemania y Austria son identificadas como el nuevo "eje" de la doctrina racial. Los neonazis, junto con las gentes del Frente Nacional de Jean Marie Le Pen, en Francia, son la expresión organizada que cada vez gana más "conciencias" en Europa. Su deseo no lo ocultan: expulsar a todos los tercermundistas del continente, aun cuando les toque otra vez lavar las calles, recoger las basuras, cuidar a sus ancianos, o servir como cobayas de laboratorio para la investigación científica, papeles hasta hoy realizados por los inmigrantes. Para los neoderechistas, el Tercer Mundo no es más que mugre, miseria y delincuencia.
Y la represión se expresa cada vez con mayor fuerza: en Alemania es ya costumbre salir a matar asiáticos o hacer verdaderos raids contra las barriadas de extranjeros de piel oscura. Hay una amplia escuela de violación de los derechos humanos. Los asilados políticos ya no son tolerados como antes, y la muestra más reciente es el repudio occidental a las gentes venidas a borbotones del Este . No son para ellos más que parasitos. En Austria se ha tipificado de nuevo el ideal racial: un hombre rubio, regordete y colorado, vestido con calzoncito y sombrero tirolés.
Pero la verdad monda y lironda, es que las gentes del Sur no son propiamente parasitos. Los millones de inmigrantes en un trabajan en su gran mayoría, consiguen su sustento, hacen parte del proceso económico, pero aun así se les niega la seguridad social, porque son ilegales. De ese trabajo realmente sólo se benefician los europeos. Los inmigrantes apenas sobreviven. Las estadisticas demuestran que entre ellos, sólo algunos logran enviar a sus países sumas mínimas, briznas en el huracan del poderio económico europeo.
Pero las reacciones sociales son contradictorias: a mayor poderio y riqueza de los europeos, mayor xenofobia. Es el caso de Italia, un país antaño pobre (como que han comido pastas durante centurias que no es propiamente una dieta de ricos) que ahora desborda de nuevo riquismo y racismo... Ahí están en Roma los habitantes de las estaciones de trenes perseguidos y humillados, los turcos señalados por que huelen a ajo. Ultimamente en Yugoslavia, específicamente en Bratislava, los linchamientos de gitanos están a la orden del día. En Viena hay un servicio de taxi por radioteléfono, con choferes rubios. Para ellos lo blanco es la luz y lo negro necesariamente la oscuridad. Y las cosas llegan hasta extremos delirantes. Los italianos, machistas por antonomasia, últimamente por miles se van a Cuba, consiguen novia, se casan y se la llevan a Italia para tener una buena mujer, dócil. Es la moda.
En España la Ley de Extranjería para expulsar a los negros es la más dura de Europa. En Alemania e Inglaterra los hoolligans del fútbol, son neonazis. Los skinheads se dedican a un juego terrible: planchar al turco, o sea apalearlo. El muro de Berlín ha caído, pero de la impresión de que en Europa occidental se ha levantado uno más fuerte construido con los materiales sutiles e invisibles del racismo. Este se palpa en todas las ciudades europeas, en las miradas de odio, los empujones, en el aire de superioridad en la incomprensión total de otras culturas en el europeo centrismo llevado a la ene, en la descalificación absoluta de los del Sur como seres humanos, por no tener poder económico y por tener en su piel pigmentos más fuertes.
Por eso la "culpa" de casi todo es de los extranjeros. El desempleo, la droga, las grafitos, la falta de vivienda.
En el último año en Francia se han producido 250 asesinatos racistas, orquestados por los grupos de limpieza de extrema derecha. Ya a ningún político le interesa en Europa hablar de integración: perdería clientela. Por eso los negros de Senegal o de Gabón en Francia se sienten cada vez más apartados. Uno de ellos le decía a SEMANA: "Nosotros fuimos los que construimos el suntuoso barrio de negocios de La Défense. Y en la calle nos escupen".
En este marco terrible, tan sólo los grupos de verdes y ecologistas se atreven a decir la verdad: la única solución es ayudar a sus países de origen, para que sean más ricos.
Mientras tanto se conforman nuevos ghettos. Tanto, que el célebre cazadorjudío de nazis Simón Wiessenthal no vacila en decir: "Hace más de medio siglo en la civilizada Alemania, subieron los alemanes al poder y nos tomaron desprevenidos. Que no nos vaya a pasar lo mismo ahora, con esta nueva Europa, donde las víctimas no seríamos solamente los judíos".
Por todo esto no era sorprendente escuchar hace algunos días en París una discusión entre un árabe y unos perfumados jovencitos rubios de ex trema derecha. El árabe, poco antes de voltearles la espalda, les espetó:"Crucen la frontera y seran tan extranjeros como yo".
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