Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1986/02/17 00:00

UN KARATEKA EN LA CUERDA FLOJA

Los militares aspiran a ser "el poder detrás del trono" de Vinicio Cerezo, primer presidente civil en tres décadas.

UN KARATEKA EN LA CUERDA FLOJA

"Estaba apoyado en un árbol observando y llorando mientras los aviones volaban en círculo sobre la ciudad. No tenía un concepto muy claro de lo que estaba pasando pero sentí que estábamos perdiendo el sentido de la libertad y del derecho y decidí que debíamos luchar por recuperar ese sentido
La evocación corresponde al abogado democristiano, Vinicio Cerezo Arévalo, primer presidente civil de Guatemala, tras 31 años de dictaduras militares o efímeros gobiernos títeres. El recuerdo se refiere precisamente a la caída del último gobernante democrático de su país, Jacobo Arbenz, que Cerezo presenció desde el candor y la confusión de sus 12 años de edad.
Durante esas tres décadas, que median entre la anécdota y el comienzo de una problemática presidencial Guatemala vivió un terrorismo de Estado que llevó a la tumba a 150 mil ciudadanos. Una violencia sin límites, que en 1981 producía 480 asesinatos políticos por mes y que aún hoy, en medio de esta incierta apertura, suprime 48 vidas cada treinta días.
Violencia que el propio Vinicio tuvo que desafiar con indiscutible coraje cuando, en cumplimiento de la promesa que se hizo en 1954, eligió la profesión de político. Un oficio que suele ser letal en Guatemala, que lo fue para el centroizquierdista Alberto Fuentes Mohr, para el progresista alcalde de la capital, Manuel Colón Argueta, y para cientos de correligionarios de Vinicio Cerezo. Destino casi inexorable de la inmensa mayoría de los líderes reformistas de su generación, al que logró escapar milagrosamente -en tres oportunidades- el flamante Presidente.
Cinturón negro de karate, hombre de pistola al cinto ("porque al fin, qué caray, seguimos viviendo en Guatemala"), este político astuto, que sabe combinar el carisma popular con las negociaciones de gabinete, no ignora que además de suerte y valor hay otras claves para la supervivencia física y política. Desde sus tiempos de dirigente estudiantil en la Unión Social Cristiana, cuando iba fabricando su espacio entre líderes universitarios radicalizados, que pronto darían origen a varias formaciones guerrilleras, hasta su ascenso a las máximas posiciones de una Democracia Cristiana fundada por elementos conservadores, Vinicio ("Nicho", como lo llama el hombre de la calle) apostó en forma permanente al equilibrio y la concertación.
Estas dotes de equilibrista, que fueron necesarias para ascender, le van a resultar imprescindibles para mantenerse sobre la cuerda floja del poder.
Aunque declaró hace poco que estas elecciones, donde se impuso plebiscitariamente, "no eran una concesión graciosa de los militares", sabe que llegaron a realizarse porque los sectores más astutos del Ejército evaluaron -con el concurso de la embajada norteamericana y dirigentes lúcidos del empresariado, como el ex canciller, Fernando Andrade- que había llegado el momento de dar un paso atrás, lo que permitiría a las fuerzas castrenses y al sector más dinámico de la iniciativa privada obtener diversas ventajas simultáneas: legitimidad democrática en la lucha contra una insurgencia que sigue activa en las montañas del norte, superación de un añejo aislamiento internacional; obtención de crédito y ayuda económica para una economía agobiada por la inflación y la recesión. Sabe, por tanto, que los militares tratarán de ser el "poder detrás del trono" listos para regresar al primer plano cuando lo consideren necesario o propicio.
Por eso se ha apresurado a contestar a los periodistas que "Guatemala no es Argentina" y que "Vinicio Cerezo no es Alfonsín", anticipando que no habrá juicios "del siglo" a los genocidas. También ha marcado diferencias con José Napoleón Duarte y la Democracia Cristiana salvadoreña adelantando que, por ahora, no si embarcará en reformas agrarias o bancarias como las emprendidas por sus vecinos.
Sus reformas, de momento, parecen centradas en aspectos políticos, tanto internos como internacionales. En lo interno ha puesto el énfasis en la consolidación de una convivencia democrática y el respeto a los derechos humanos. En lo internacional pretende otorgar a Guatemala un rol más activo en la región centroamericana. Aunque rescata aspectos positivos de la línea emprendida por el canciller Andrade en el gobierno del general Mejía Víctores, sostiene que el planteo de neutralidad que acercó a su país al Grupo de Contadora, debe profundizarse. Preconiza una "neutralidad activa" y propone iniciativas audaces, como la creación de un Parlamento centroamericano, con parlamentarios elegidos directamente por los distintos pueblos.
Por eso, aunque es un adversario decidido de la revolución nicaraguense, no vaciló en visitar Managua en diciembre pasado y en recibir en Guatemala al presidente Daniel Ortega, pese a las críticas y amenazas de la derecha terrorista.
En ambos terrenos se presentan agudas contradicciones y escollos que parecen insalvables. En el plano interno no le será fácil revertir la militarización del territorio, que se expresa en "aldeas estratégicas" copiadas de las que estableció Estados Unidos en Vietnam, o las patrullas de vigilancia civil que han puesto sobre las armas a medio millón de campesinos, a los que el Ejército obliga a comportarse como auxiliares en la contrainsurgencia.
Para demostrar que hay espacios no negociables, el presidente saliente, Mejia Víctores, se apresuró a firmar -48 horas antes de que Vinicio asumiera la primera magistratura- sendos decretos creando el Consejo de Seguridad del Estado y la Secretaría de Inteligencia y Seguridad Nacional.
En ese marco le resultará difícil al Mandatario civil cumplir con su promesa de entablar -en el momento oportuno- un diálogo con la guerrilla. Tampoco le resultará fácil concretar sus proposiciones en materia de política exterior, con las inevitables presiones de un Departamento de Estado que ha saludado alborozado "el retorno de Guatemala a la democracia", pero que intensifica el hostigamiento a Nicaragua. O conciliar la "neutralidad activa" con las intenciones de la Democracia Cristiana salvadoreña (y no sólo salvadoreña) que lo ayudó a subir para crear una -entente- de ese signo en Centroamérica. Entente, a la que podría sumarse el costarricense Rafael Calderón Fournier, si llegara a imponerse en las próximas elecciones de Costa Rica.
Como conocedor de las artes marciales, Cerezo ha dado varios golpes certeros, encaminados a ir aumentando progresivamente el poder civil; pero sus adversarios son muy poderosos y el carisma y la astucia no bastan para hacerlos retroceder.
Cuando asumió, habló desde esa plaza donde en los años de la colonia se quemaba a brujas y hechiceros. Habló de exorcizar al diablo del pasado, como los guatemaltecos humildes queman al demonio en las fiestas religiosas populares. A su lado estaba la madre de sus cuatro hijos: una mujer que hasta el 14 de enero vistió ropas negras en señal de luto por la "tragedia guatemalteca".
Es probable que mientras Cerezo apelaba a los símbolos del exorcismo, haya reparado en que al diablo sólo se lo puede quemar entre muchos; que el carisma de los líderes es un capital que tarda mucho en acumularse pero se volatiliza con facilidad. Sobre todo cuando los carismáticos se encierran en sus gabinetes, cuando se vuelven sordos a las voces de la calle y sólo prestan oídos a los poderes consabidos.

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