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| 2/28/2005 12:00:00 AM

Un océano de diferencias

La visita del presidente estadounidense George W. Bush a Europa dejó en evidencia que los intereses de unos y otros en el mundo siguen siendo distintos.

George W. Bush llegó a Bruselas el lunes repartiendo abrazos, haciendo bromas y soltando frases conciliadoras. Sin embargo, después de su regreso del Viejo Continente, queda la sensación de que aunque las relaciones entre Estados Unidos y Europa se habían relajado, las diferencias entre ellos siguen siendo profundas.

Aunque el viaje de Bush tenía el objetivo de curar las tensiones que habían quedado tras la guerra de Irak, el mandatario también viajaba para tantear el terreno. Quería saber hasta qué punto Europa estaba dispuesto a secundarlo en los temas internacionales que serán prioridad en su segundo período: el programa nuclear iraní, la paz entre Israel y Palestina, la democratización de Oriente Medio, el fin del bloqueo de armas a China y el afianzamiento de la democracia en Rusia.

Pero sólo en pocos puntos encontró un punto de unión. Tal vez el más importante fue el proceso de paz entre Israel y los palestinos. Respecto a este tema, Bush dio esperanzas a los europeos al decir: "Los esfuerzos mutuos están guiados por una visión clara: estamos decididos a ver dos Estados democráticos viviendo en paz y seguridad".

Sin embargo, respecto del resto de Oriente Medio la brecha es profunda. Mientras los estadounidenses buscan su democratización -el El País de Madrid dijo que Bush era el "apóstol de la propagación democrática"-, los europeos sólo pretenden su estabilidad.

Por otro lado, Washington es intransigente en los temas que afecten su seguridad nacional. Por eso uno de los puntos más difíciles fue la propuesta europea de poner fin al embargo de armas a China, impuesto en 1989 después de la masacre de Tiananmen. Los europeos dicen que China no tendrá disculpa para ampliar su industria militar si tiene la posibilidad de comprar armas. Estados Unidos, a su vez, cree que una carrera armamentista de China romperá el balance con Taiwán, hecho que amenaza los intereses estadounidenses. Bush incluso advirtió a sus contrapartes que de levantar el embargo, él no podría detener la propuesta de su Congreso de frenar el traspaso de tecnología militar a Europa.

Bush fue a mejorar relaciones con los grandes opositores a la guerra de Irak, el alemán Gerhard Schroeder y el francés Jacques Chirac. Pero con el presidente rusoVladimir Putin su propósito anunciado era jalarle las orejas por el retroceso de la democratización en su país. No obstante, después de la reunión de ambos, algunos analistas dijeron que Bush había perdido la oportunidad, pues Putin no cedió en ningún aspecto.

Son muchas las conclusiones. Una, que no hay una política exterior común en la Unión Europea. Es diciente que Bush no visitó a sus aliados por separado sino que se dirigió a Bruselas y con ello asumió por primera vez a la UE, más que como un proyecto, como una contraparte. Pero aunque los europeos intentan hablar con una sola voz, es claro que los intereses de cada uno siguen siendo una prioridad.

La segunda está relacionada con Rusia. Aunque Bush quiera presionar a Putin para que respete su concepción de democracia, el ruso es demasiado importante. Ambos comparten, por razones diferentes, la lucha contra el terrorismo; tienen como enemigo el islamismo extremista y rechazan la proliferación nuclear en Irán y Corea del Norte.

Por otro lado queda la conclusión de que aunque las relaciones trasatlánticas se han restablecido por ahora, no serán lo que eran. A Europa le queda al menos la tranquilidad de que Estados Unidos ya no acude a dividirlo como en el anterior período, cuando el secretario de Defensa Ronald Runsfeld se refería a los países en Vieja y Nueva Europa.
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