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| 3/26/2011 12:00:00 AM

¿Un país sin futuro?

Una semana después de iniciados los ataques, la intervención deja más preguntas que respuestas. La comunidad internacional no tiene objetivos claros y Gadafi no da su brazo a torcer.

El sábado de la semana pasada, los comentaristas del mundo entero se vieron sorprendidos ante la prontitud con la que los aliados empezaron a atacar las bases aéreas del régimen de Muamar Gadafi. Nunca antes la comunidad internacional había lanzado una intervención militar tan solo horas después de ser aprobada. El afán, sin embargo, ya le está pasando factura a la misión de Naciones Unidas, que ha visto limitada su acción por la falta de liderazgo y de objetivos claros.

Desde un principio se hizo evidente que uno de los problemas más graves era la ausencia de un líder que coordinara las acciones. Una vez aprobada la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU -que autorizaba una zona de bloqueo aéreo sobre Libia-, cada uno de los países aliados empezó a enviar aviones por su cuenta y riesgo. Esto hizo que con el paso de los días se fueran haciendo más claras las fisuras en la coalición.

La más notoria giró en torno al papel de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan). El Reino Unido pidió desde el comienzo que este organismo asumiera el control total, lo que fue rechazado por Francia, cuyo gobierno proponía que la Otan únicamente tuviera un "liderazgo político". París sostenía que su posición iba encaminada a mantener el apoyo de la Liga Árabe, fundamental para que el Consejo de Seguridad aprobara la operación, que de otra forma habría sido visto como un proyecto puramente occidental y "colonialista".

Pero finalmente la Liga Árabe reiteró su apoyo y, el jueves, autorizó que la Otan asumiera el control, lo que sacó de una enorme encrucijada al gobierno norteamericano, que tenía un afán particular de ceder su limitado liderazgo en cuestión de días y necesitaba que la Otan pudiera asumir el reto de coordinar la misión.

En efecto, el principal interés del presidente Barack Obama era reducir al máximo su protagonismo en esta guerra, a la que quiere mantener dentro del concepto que el comentarista Ross Douthat llamó en The New York Times "una intervención liberal": debidamente autorizada por el Consejo de Seguridad, con el apoyo de los árabes, y, sobre todo, verdaderamente multilateral en el sentido de dejar en hombros de los europeos la solución de un problema que les atañe principalmente a ellos.

Sin embargo, sus problemas domésticos tienen otras dimensiones, como le explicó a SEMANA Robert Naiman, director de Just Foreign Policy, "el Congreso norteamericano estuvo en receso la semana pasada, pero hay una molestia muy grande porque Obama se fue a la guerra sin su autorización. Es una posición política incómoda por varias razones: hay dos frentes de guerra abiertos, se está debatiendo el presupuesto interno y la gente se pregunta por qué Estados Unidos emplea tantos esfuerzos contra Gadafi mientras apoya a otros gobiernos brutales y corruptos en otras partes, como Bahréin, Yemen, Irán y Afganistán".

Pero la posición de Obama es mucho más compleja, porque también hay quienes, como el senador republicano John McCain, le objetan que no hubiera actuado antes para impedir la muerte de más civiles. Por el momento, el debate no ha tenido mucho impacto en la opinión pública norteamericana, aunque en una encuesta realizada por CNN la zona de exclusión aérea sobre Libia obtuvo un 70 por ciento de apoyo.

De cualquier forma, Obama necesita que la comunidad internacional se ponga de acuerdo. Pero la misión ha estado tan desorganizada que solo el martes habrá una nueva reunión en Londres para coordinar las operaciones. Allí estarán presentes los aliados y algunos representantes de la Unión Africana y de la Liga Árabe. Se espera que en ese encuentro, además de consolidar el liderazgo de la Otan, se aclaren cuáles son los objetivos y las limitaciones de la resolución del Consejo de Seguridad.

Hasta el momento, la falta de claridad también ha limitado los avances de los aliados. Estados Unidos ha insistido en que el objetivo de la misión es crear una zona de bloqueo aéreo para frenar los ataques del régimen contra la población civil, y que la caída de Muamar Gadafi es un propósito a largo plazo. El problema de esto es que los militares no tienen claridad sobre los blancos legítimamente atacables y han tenido dificultad para distinguir entre las fuerzas leales al régimen y las de oposición, por lo que han recibido la orden de ser extremadamente prudentes. Y entre los expertos hay consenso en que ese propósito es imposible sin enviar tropas de tierra y armar a los rebeldes, medidas que están expresamente prohibidas por la Resolución.

Por eso, la pregunta de qué va a pasar con Libia no tiene respuesta. Las zonas de exclusión aérea aplicadas en el pasado reciente, en Yugoslavia, Kosovo e Irak, no lograron evitar las masacres y, como en el último caso, tuvieron que mantenerse por más de diez años, algo que pondría a prueba el compromiso de los aliados. Por otra parte, estudios recientes, como uno realizado por Alexander Downes, de la Universidad de Duke, sobre cien casos desde 1816, demuestran que, en circunstancias como las de Libia, la posibilidad de instalar un régimen democrático es muy baja, y en cambio es muy alta la de dejar en el lugar una guerra civil prolongada. Eso suena aun peor ante el hecho de que el dictador ha intensificado los ataques a pesar de la orden de cese al fuego y el bloqueo que le impuso la comunidad internacional mientras advierte que está preparado para mantenerse en la lucha, sin importar si es corta o larga. Y si no es posible derrotarlo, siempre queda abierta la opción de que el país termine dividido en dos sectores, y presa del terrorismo.

Como si fuera poco, para varios comentaristas, como Micah Zenko, de Foreign Policy, tampoco es claro, más allá de proteger a la población civil, quiénes son los rebeldes a quienes beneficiarán las acciones militares. Aunque no hay un liderazgo fuerte, ellos parecen tener muy claro lo que les conviene: su vocero habla perfecto inglés, los combatientes son obligados a afeitarse para no parecer fundamentalistas islámicos y, en vez de referirse a sí mismos como muyahidines, insisten en que son revolucionarios democráticos. Sin embargo, el hecho de que ningún país contribuya con más milicianos a Al Qaeda hace que muchos sospechen de esa actitud.

En todo caso, la oposición intenta organizarse para un hipotético futuro sin Gadafi. El Consejo Nacional Libio (CNL), que reúne a los opositores, decidió autodenominarse Gobierno Interino, presidido por Mahmud Jibril. El dirigente, quien ya había liderado un proyecto para establecer la democracia en Libia hace algunos años, venía desempeñándose como representante del CNL ante la comunidad internacional. Los rebeldes han asegurado que si vencen, formarán un gobierno "democrático y secular", pero esta tampoco será una tarea fácil, pues después de 42 años de dictadura no tienen ninguna experiencia en ese campo. Las opciones están abiertas para Libia, y ninguna parece esperanzadora.
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