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| 10/2/2000 12:00:00 AM

Un paso adelante, dos atrás

Ecuador se ve enfrentado a una nueva espiral de inestabilidad política cuyo desenlace puede ser grave.

Con pocos días de diferencia los ecuatorianos han vivido dos momentos que ahora tienen a unos polarizados y a la mayoría desconcertados y con rabia. El acuerdo con los tenedores de Bonos Brady para renegociar los términos de pago y reducir la deuda; la aprobación de la carta de intención con el Fondo Monetario Internacional, por fin, luego de más de nueve años de perseguirlo; la reactivación de varios sectores económicos... alegró a muchos y los hizo pensar en el fin de una década perdida.

Pero, acto seguido, el primero de agosto se desató una lucha de intereses en el Congreso que lo dividió en dos y dejó sin sustento político al gobierno. Y mientras se esperaba y pedía sensatez de los políticos, el martes pasado volvió la amenaza de los movimientos indígenas y sindicales de bloquear el país desde este 4 de septiembre hasta tanto no se hagan realidad sus peticiones.

“El conflicto presente lo distingue el hecho de que no está en cuestión la supervivencia del Ejecutivo”, dijo César Montúfar, decano de la facultad de ciencias políticas de la Universidad Andina. En las coyunturas de febrero de 1997 y enero de 2000 todo el descontento se desfogó en contra de los presidentes Abdalá Bucaram y Jamil Mahuad. “Ese no es el caso en este momento; o, al menos, no lo es aún. El presidente Noboa cuenta todavía con el capital político de los ecuatorianos, que en su mayoría no se ven cambiando de gobierno”, dijo Montúfar.

Pero la de ahora es una mezcla que parece altamente explosiva. Por un lado está el interés de los principales partidos políticos en crear un vacío que les permita recomponerse de cara a las próximas elecciones. Por el otro, la histórica disputa regionalista. Se le suman ahora las exigencias de los movimientos indígenas y sindicales que han planteado la disolución de todos los poderes.

Son ya siete meses desde que Gustavo Noboa Bejarano asumió la presidencia del Ecuador. Nadie discute que le tocó asumir una complicada responsabilidad en uno de los momentos más delicados de la historia republicana. Así, entre agosto de 1998 y enero de 2000, durante el gobierno del demócrata popular Jamil Mahuad, se registró una dramática devaluación de la moneda nacional frente al dólar al pasar la cotización de 5.400 sucres por dólar a 25.000 sucres. A eso se sumó una aguda crisis bancaria que, ese mismo gobierno, intentó sortear inyectándole más de 2.000 millones de dólares en créditos solamente a dos bancos. También congeló los ahorros de los ecuatorianos y, para completar la escena de pesadilla, más de dos millones de personas perdieron sus ahorros luego de varias quiebras bancarias. En el informe 1999 se le anunció al país que la devaluación había llegado al 198 por ciento y la inflación era la más alta del continente: 60,7 por ciento.

En 1998, según cifras de Unicef sobre la pobreza, el país registraba 255.500 desempleados en las ciudades. A diciembre del 99 eran 507.000. De ahí la diáspora de ecuatorianos hacia España y Estados Unidos en busca de una oportunidad de trabajo: se estima que 1,3 millones han abandonado el país, eso significa el 15 por ciento de la población económicamente activa.



Los ‘gustavinos’

Bajo esa herencia nefasta comenzó, a mediados de febrero, el mandato de Noboa. Era apenas obvio que muchos temieran que los hechos, especialmente el entrampamiento político, superaran la capacidad de un hombre que hasta ese momento el país sólo conocía por ser el vicepresidente del derrocado Mahuad. ¿Quién le iba a apostar a alguien sin más antecedentes políticos que haber sido gobernador hace más de 20 años? Tenía a su favor, sin embargo, haber sido profesor universitario, administrador y un buen rector de la principal universidad de Guayaquil.

A medida que pasaban los meses y se avanzaba en algunos temas que hasta entonces parecían malditos Noboa comenzó a alentar esperanzas. “El principal sustento de Gustavo Noboa ha sido un sentido común primario que supera a la tradicional lógica y entuerto político al que estamos acostumbrados”, explica el empresario Henry Raad.

Ha conformado un gabinete en el que se ven caras sin desgaste y, hasta el momento, hojas de vida limpias, posiblemente con alguna excepción. Los ‘gustavinos’, como se llama ahora popularmente a su grupo de apoyo, es un equipo reclutado por él hace años, desde su época de maestro. Su punto de encuentro, según lo ha dicho el mismo presidente, es un conjunto de convicciones morales, académicas y religiosas.

En poco tiempo se vieron resultados: mejores indicadores económicos, buenas relaciones con los acreedores internacionales, el acuerdo con el FMI y un golpe de suerte: altos precios del petróleo, primer producto de exportación del país. Por eso, para los analistas y los presidentes de los gremios económicos, se equivocan quienes piensan que es la ocasión de pedir la caída del presidente o el adelanto de las elecciones.



El negocio del bloqueo

El desgaste del Congreso sí preocupa a los observadores. El martes, minutos después de que el Congreso protagonizara por segunda vez, en menos de un mes, una sesión bochornosa para elegir al presidente del Parlamento que ahondó más la polarización de fuerzas, la encuestadora Cedatos midió la reacción popular, con un resultado que ya no sorprende a nadie: 67 por ciento pide que se cierre el Congreso. Noboa ha respondido que no respaldará ninguna salida fuera de la Constitución pero anunció que convocará a una consulta popular nacional para lograr los grandes cambios del país. No dijo cuáles.

Para un sector de la opinión lo que sucede en su país es que casi todas las fuerzas políticas le apuestan a la inestabilidad porque es lo que más conviene a sus intereses electorales. Montúfar considera que partidos como el PSC, la DP, el PRE y movimientos sociales como la Conaie, no quieren superar la crisis porque no tienen expectativas reales de poder en el mediano plazo.

Aquí estaría una de las causas fundamentales del desquiciamiento político nacional. A la fecha la mayoría de fuerzas políticas carecen de opciones presidenciales serias para las elecciones de 2002, y sin ellas lo que mejor calza a sus intereses coyunturales es resolver el escenario político lo más pronto posible y lograr que la crisis cambie la correlación de fuerzas.

Lo que desató la nueva crisis al parecer fue la decisión del gobierno de permitir que la Ley para la Promoción de la Inversión y la Participación Ciudadana entrara en vigencia sin debate.

La oposición no tenía argumentos muy fuertes para atacar. La dolarización, aunque criticada, ya es admitida como un proceso irreversible que arroja efectos concretos y positivos. “Tampoco se podía tratar de estigmatizar al gobierno por corrupción puesto que hasta el momento no hay razones para ello”, explica el analista político Manuel Terán. Pero el gobierno hace este movimiento y la ley surge como un elemento que les brinda a varios bloques opositores los argumentos necesarios.



El regionalismo

No obstante hay un factor de peso en la crisis: el regionalismo, una tara omnipresente en toda la historia del país. En las recientes disputas en el Congreso el director del bloque de la Democracia Popular, Ramiro Rivera, dijo que se elegiría como presidente del legislativo a un diputado de la sierra (de Quito) y no a un costeño (de Guayaquil) como proponía el PSC, al que le correspondía presentar el candidato.

Un legado del gobierno de Mahuad exacerba aún más los ánimos regionalistas. Se trata de las consultas populares que permitan las autonomías municipales. Las cinco provincias costeñas están realizando sus consultas.

El historiador y analista político Eduardo Castillo Barredo advirtió el riesgo que se corría. “Esas consultas nunca debieron realizarse; tenían problemas constitucionales. Por ejemplo, una provincia decidía sobre impuestos nacionales, o si entraba o no a un reparto de rentas nacionales. Cuando eso tenía que ser decidido por el conjunto de la nación”.

Estas consultas han potenciado el antagonismo regional. Y en la costa se piensa en separatismo mientras en la sierra se habla de frenar totalmente la descentralización.

Es aquí donde se acaba de desarmar la plataforma política del gobierno que pretenda emprender un proceso de modernización estructural del país. Sólo sería viable en la medida que dos bloques afines, como la Democracia Popular y el Socialcristianismo, logren un mínimo de acuerdo. El primero con su mayor peso en la sierra y el segundo en la costa. Hoy los puentes están rotos.

Así las cosas, el Ecuador político se desfasa cada vez más del económico y social. La brecha se muestra peligrosa porque sus consecuencias son impredecibles.
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